Las autoridades de Arabia Saudí volvieron a imponer sus estrictas normas religiosas durante la celebración de la Supercopa de España, obligando a ocultar las cruces presentes en equipaciones y elementos gráficos durante el partido disputado en territorio saudí.
Tal y como se ha podido comprobar en la retransmisión televisiva, símbolos cristianos fueron eliminados o difuminados para cumplir con la legislación local, que prohíbe la exhibición pública de iconografía religiosa distinta del islam. Una práctica ya habitual en eventos deportivos internacionales celebrados en el país, pero que vuelve a generar polémica por el choque cultural y simbólico que supone.
El episodio refleja hasta qué punto las competiciones deportivas europeas se adaptan —sin apenas debate— a las exigencias ideológicas de regímenes que no reconocen la libertad religiosa ni los valores que dicen representar estas competiciones. Mientras se blanquea internacionalmente a la monarquía saudí a golpe de grandes eventos, se acepta con normalidad la censura de símbolos culturales y religiosos propios de Europa.
El traslado de la Supercopa a Arabia Saudí, justificado por motivos económicos, vuelve así a evidenciar el precio real de estos acuerdos: la renuncia a la propia identidad a cambio de ingresos, en un escenario donde los derechos y las libertades siguen siendo secundarios frente al negocio.