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Inconsistente y poco creíble: el sucio escándalo montado en torno a Plácido Domingo

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Llevamos muchos años emocionándonos con él. Siguiéndole, admirándole, queriéndole. Le hemos visto pasear por todo el mundo el buen nombre de España. Ha sido embajador, espejo y arquetipo de muchos españoles de bien. Hoy la incuria de algunos pretende derribarlo como si fuera un tótem caído sobre el que verter más tarde nuestra ira, una estatua que todos derribáramos en masa, arrastráramos más tarde por los suelos hasta destruirla en algún oscuro ceremonial de odio y frustración colectivos. Lo han hecho con otros muchas veces. Hay algo escandaloso que tapar –pongamos por caso, el turbio asunto Epstein y sus siniestras implicaciones- y de repente sale un gran escándalo en los medios que tapa todo lo demás.

Por lo que hemos visto hasta el momento, el sucio escándalo montado en torno a Plácido Domingo –apenas la denuncia de algún oportunista interpuesta, soportada o animada por quién sabe que ocultos intereses- no se sostiene en pie. Es inconsistente, es poco creíble y además es extemporánea. Pero el daño ya se ha producido. Plácido Domingo ya ha sido difamado, humillado, desacreditado, desprestigiado y deshonrado. No hay pruebas, pero no importa al parecer. Lo único que existe son las portadas de todos los medios comunicación del mundo haciéndose eco de injustas y graves acusaciones que son intolerables. ¿Dónde quedan la presunción de inocencia, el derecho al honor, a la intimidad personal y familiar, a la propia imagen? Todos esos derechos fundamentales le han sido arrebatados en todo el mundo, repito, en todo el mundo, a Plácido Domingo por una más que oscura denuncia que sin lugar a dudas, si se quiere vivir en un Estado de Derecho, debería haber sido comprobada y tratada por los medios de todo el mundo de muy distinta manera. Hoy, con esa manera de informar, los medios de comunicación se han convertido los grandes enemigos de los derechos humanos, al menos de los que atañen a la esfera individual.

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Lo repito otra vez, por si no hubiera quedado claro, y alguien quiere llamarse a escándalo: esa manera de informar no es solo moral y éticamente reprobable sino que además sitúa la esfera de las libertades individuales en su nivel más bajo desde que se aprobó la Declaración de los Derecho del Hombre y del Ciudadano, ya hace más de doscientos años.

Pero no solo estamos ante una cortina de humo repugnante que los medios han extendido, cayendo como tontos útiles en la trama, por el mundo. Es que, además, han ido a destruir un arquetipo humano, un arquetipo moral cuya función social es evidente. A garrotazos. Plácido Domingo encarna muchas cosas admirables, muchos valores, muchos principios socialmente indispensables para que este mundo siga siendo un lugar habitable.

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Nadie, no lo olviden, nadie, investigará por qué han cometido esta ignominia contra este ilustre español al que, dicho sea de paso, en algún momento de su impecable trayectoria, la Monarquía debería haber reconocido con un título. Llega tarde.

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