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TRIBUNA

La cultura de la muerte

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Ojo cuando opinamos alegremente a favor de despojar al hombre de toda dimensión metafísica y teológica

Decía Epicuro que “la muerte no existe, pues mientras estamos vivos no existe y cuando acontece, ya hemos dejado de vivir”. En nuestra sociedad hedonista, que identifica la felicidad con tener, consumir, ser popular y sentir emociones, no es de extrañar que el individuo huya despavorido frente a la idea de tener que soportar el sufrimiento psíquico o físico.

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Pero si la finalidad del ser humano se reduce a un inmanentismo material que carece de cualquier transcendencia, la vida queda al arbitrio de lo que se considere útil para el individuo. De ahí nace la cultura del aborto y la eutanasia. La cultura de la muerte: una bioideológia que lleva a considerar un derecho eliminar a un ser humano.

Si en el caso del aborto libre se pretende impedir nacer a una persona por razones de pura conveniencia individual, en el caso de la eutanasia se trata de que cuando una persona está sufriendo una enfermedad incurable, terminal o bien cuando ha sufrido un accidente que lo ha dejado en un estado que le produce un gran padecimiento, que no tiene cura, pueda decidir quitarse la vida, es decir, suicidarse. Estamos ante un debate humano, filosófico y ontológico cuyo dilema se basa en determinar si ha de primar la autodeterminación de un individuo sobre la vida o viceversa.

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La eu y thanatos de los griegos, tenía una acepción de “buena muerte” en un sentido moral, que significaba aceptar el hecho biológico de la desaparición como último capítulo del conjunto de vivencias del hombre. En la eutanasia moderna, el significado de “muerte digna”, tan sólo se asocia a evitar la exposición al dolor y el sufrimiento a toda costa, y lo que es más peligroso, a la de acabar con una existencia que se considera ya inútil.

Racionalmente parece que poner fin a la vida de un enfermo terminal cuyos padecimientos van a desembocar indefectiblemente en la muerte es sin duda un gesto de compasión, evitando un encarnizamiento terapéutico que a nada conduce. Pero si se trata de un enfermo incurable, cuya vida no está en riesgo, esta conclusión es más discutible. No es lo mismo dejar morir que matar.

Pero es que aun aceptando que la autonomía de la voluntad del hombre le permita decidir sobre el fin de su propia vida, la muerte como una decisión libre plantea cuestiones de muy difícil solución. ¿Hasta qué punto podríamos considerar válido un consentimiento del que sufre dolores agudos o crónicos, emitido en un más que probable periodo de depresión producida por su enfermedad incurable? Y si se ha manifestado previamente en el llamado testamento vital la voluntad de terminar con la vida ante cualquier enfermedad o accidente incurables, ¿tendrá validez sin más esta consideración emitida ante una hipótesis genérica, improbable y lejana? ¿Y, si se ha previsto la muerte asistida para los adultos, por qué no para menores e incapaces? En Canadá ya se ha suscitado la cuestión en su ley de eutanasia aprobada en 2016. ¿Pueden decidir los padres sobre la muerte de sus hijos, puede el tutor decidir sobre la muerte de su pupilo?

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Esta última cuestión nos lleva a un escenario extremadamente peligroso: que sea el Estado quien decida. Todos recordamos casos en los que las discrepancias entre familiares han terminado en manos de un juez, al que el poder del Estado da la última palabra sobre la vida o muerte de una persona enferma, incluidos niños.

Sin llegar a los extremos de la distopia reflejada en La fuga de Logan, película que retrataba una sociedad biotecnológica donde los ciudadanos aceptaban voluntariamente morir a tempana edad para evitar la carga de la vejez, la tentación de que la administración de la vida forme parte de la política socioeconómica dirigida por el Estado, no es una idea descabellada. Al fin y a la postre, este Estado que nos proporciona tanto bienestar regula cómo se debe educar a los hijos, cómo deben ser las relaciones entre sexos, inventa tipos de familia, nos dice cuál es el lenguaje correcto… y si hemos aceptado el control de la natalidad a través del aborto como un derecho, nada hace suponer que andando el tiempo no se regule la eliminación del ser humano inservible. Sería de necios negar el poso de eugenesia que puede rastrearse en la eutanasia.

De hecho, la eutanasia se presenta como un derecho, e incluso como una obligación profesional ética del médico. Y conviene recordar que la eutanasia nada tiene que ver con la medicina, cuya finalidad es curar, la finalidad de la eutanasia es matar. En ningún caso se puede equiparar a un tratamiento médico.

En el caso de las enfermedades graves incurables, últimas etapas de la vejez o discapacitados seriamente por accidente, los costos de las medicinas y tratamientos suponen una importante carga para el Estado. El dinero que se gasta en el mantenimiento de un paciente terminal, si acudimos a utilitarios criterios economicistas, se necesita para cosas más importantes. Desde este punto de vista, los tratamientos paliativos son caros, así que es mejor primar la eutanasia, e ir consiguiendo que cale entre la opinión pública lo benéfico que resulta quitarse del medio voluntariamente en vez de demandar cuidados que permitan una vida digna.

Así que ojo cuando opinamos alegremente a favor de despojar al hombre de toda dimensión metafísica y teológica, porque si aceptamos sin más la eutanasia como un derecho (sujeto a criterios ambiguos y arbitrarios) significa que, en un futuro, por las mismas razones utilitaristas, altruistas y de humanismo sostenible, podríamos ser obligados.

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