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Pérez Soba lamenta la purga en el JPII

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Por Infovaticana

El profesor del Instituto Juan Pablo II de la Familia, Juan José Pérez Soba, miembro del Opus Dei, ha alegado, en su defensa, tras la purga ejecutada por Paglia, haber interpretado Amoris Laetitia en fidelidad al magisterio de Juan Pablo II, o lo que es lo mismo, haber sorbido y soplado a la vez.

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Es lógica básica: No se puede explicar con fidelidad el magisterio de Juan Pablo II mientras se lee, «a la luz» del mismo magisterio, una exhortación apostólica como Amoris Laetitia.

No se puede leer este párrafo:

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3. A partir del reconocimiento del peso de los condicionamientos concretos, podemos agregar que la conciencia de las personas debe ser mejor incorporada en la praxis de la Iglesia en algunas situaciones que no realizan objetivamente nuestra concepción del matrimonio. Ciertamente, que hay que alentar la maduración de una conciencia iluminada, formada y acompañada por el discernimiento responsable y serio del pastor, y proponer una confianza cada vez mayor en la gracia. Pero esa conciencia puede reconocer no sólo que una situación no responde objetivamente a la propuesta general del Evangelio. También puede reconocer con sinceridad y honestidad aquello que, por ahora, es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios, y descubrir con cierta seguridad moral que esa es la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo. De todos modos, recordemos que este discernimiento es dinámico y debe permanecer siempre abierto a nuevas etapas de crecimiento y a nuevas decisiones que permitan realizar el ideal de manera más plena.

Amoris Laetitia. 303

En fidelidad a este otro:

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56. Para justificar semejantes posturas, algunos han propuesto una especie de doble estatuto de la verdad moral. Además del nivel doctrinal y abstracto, sería necesario reconocer la originalidad de una cierta consideración existencial más concreta. Ésta, teniendo en cuenta las circunstancias y la situación, podría establecer legítimamente unas excepciones a la regla general y permitir así la realización práctica, con buena conciencia, de lo que está calificado por la ley moral como intrínsecamente malo. De este modo se instaura en algunos casos una separación, o incluso una oposición, entre la doctrina del precepto válido en general y la norma de la conciencia individual, que decidiría de hecho, en última instancia, sobre el bien y el mal. Con esta base se pretende establecer la legitimidad de las llamadas soluciones pastorales contrarias a las enseñanzas del Magisterio, y justificar una hermenéutica creativa, según la cual la conciencia moral no estaría obligada en absoluto, en todos los casos, por un precepto negativo particular.

Con estos planteamientos se pone en discusión la identidad misma de la conciencia moral ante la libertad del hombre y ante la ley de Dios. Sólo la clarificación hecha anteriormente sobre la relación entre libertad y ley basada en la verdad hace posible el discernimiento sobre esta interpretación creativa de la conciencia.

79. Así pues, hay que rechazar la tesis, característica de las teorías teleológicas y proporcionalistas, según la cual sería imposible calificar como moralmente mala según su especie —su «objeto»— la elección deliberada de algunos comportamientos o actos determinados prescindiendo de la intención por la que la elección es hecha o de la totalidad de las consecuencias previsibles de aquel acto para todas las personas interesadas.

El elemento primario y decisivo para el juicio moral es el objeto del acto humano, el cual decide sobre su «ordenabilidad» al bien y al fin último que es Dios. Tal «ordenabilidad» es aprehendida por la razón en el mismo ser del hombre, considerado en su verdad integral, y, por tanto, en sus inclinaciones naturales, en sus dinamismos y sus finalidades, que también tienen siempre una dimensión espiritual: éstos son exactamente los contenidos de la ley natural y, por consiguiente, el conjunto ordenado de los bienes para la persona que se ponen al servicio del bien de la persona , del bien que es ella misma y su perfección. Estos son los bienes tutelados por los mandamientos, los cuales, según Santo Tomás, contienen toda la ley natural 130.

80. Ahora bien, la razón testimonia que existen objetos del acto humano que se configuran como no-ordenables a Dios, porque contradicen radicalmente el bien de la persona, creada a su imagen. Son los actos que, en la tradición moral de la Iglesia, han sido denominados intrínsecamente malos («intrinsece malum»): lo son siempre y por sí mismos, es decir, por su objeto, independientemente de las ulteriores intenciones de quien actúa, y de las circunstancias. Por esto, sin negar en absoluto el influjo que sobre la moralidad tienen las circunstancias y, sobre todo, las intenciones, la Iglesia enseña que «existen actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto» 131. El mismo concilio Vaticano II, en el marco del respeto debido a la persona humana, ofrece una amplia ejemplificación de tales actos: «Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los intentos de coacción psicológica; todo lo que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; también las condiciones ignominiosas de trabajo en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes los practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al Creador» 132.

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Sobre los actos intrínsecamente malos y refiriéndose a las prácticas contraceptivas mediante las cuales el acto conyugal es realizado intencionalmente infecundo, Pablo VI enseña: «En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien (cf. Rm 3, 8), es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social» 133.

81. La Iglesia, al enseñar la existencia de actos intrínsecamente malos, acoge la doctrina de la sagrada Escritura. El apóstol Pablo afirma de modo categórico: «¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el reino de Dios» (1 Co 6, 9-10).

Veritatis Splendor 56 y 79-81. San Juan Pablo II.

Es sopler y sorbar.

A continuación la entrevista:

El Papa Francisco ha insistido en una visión pastoral sobre la familia. ¿Estaba esta visión ya presente en Juan Pablo II y en el Instituto?

Podemos decir que el Instituto Juan Pablo II se adelantó a la conversión pastoral que ha pedido el Papa Francisco con las familias. Recordemos la frase de San Juan Pablo II: ¡La familia es el camino de la Iglesia!

Juan Pablo II indicó entre los fines del Instituto la formación de agentes de pastoral. Si se compara con otras universidades y facultades de teología, sorprende el gran número de iniciativas pastorales que el Instituto ha emprendido.

El ejemplo más claro es el master universitario en matrimonio y familia dirigido precisamente a las familias. Cientos de matrimonios han acudido a formarse, en varios países de Europa. Lo que aprendían no solo les permitía trabajar en sus parroquias y diócesis sino que, según sus testimonios, potenciaba su vocación familiar.

¡Al estudiar en el Juan Pablo II comprendían el gran don que habían recibido y cómo cultivarlo!

¿De dónde vino esa fecundidad pastoral de un Instituto universitario?

La raíz está en el mismo sacerdote y obispo Karol Wojtyla. «Como joven sacerdote», decía, «aprendí a amar el amor humano». Cuando salió la encíclica Humanae Vitae no se limitó a enseñarla, sino que creó grupos de apoyo y de espiritualidad para poder vivirla porque entendía la necesidad de acompañar el amor verdadero que describe la encíclica de Pablo VI (amor humano, total, fiel, exclusivo hasta la muerte, fecundo).

Wojtyla aprendió además que la clave estaba en la misericordia divina. Solo la misericordia puede vencer al mal y permite al hombre vivir su vocación con dignidad y plenitud. ¿Cuál es el peor mal que aqueja al hombre y del que Dios le libra con su misericordia? Wojtyla respondía: el peor mal es no tener familia o que la familia esté rota. Y la mayor misericordia es reedificar la familia según el plan del Creador. Para eso es necesario reflexionar sobre la verdad del amor, tarea que asignó al Instituto que él fundó.

Otra genialidad de Wojtyla fue su deseo de aprender la vocación de las mismas familias. Por eso no quería un Instituto formado solo por profesores y estudiantes sacerdotes. Incluyó a las familias entre quien enseñaba y quien aprendía.

Se ha dicho que el Instituto Juan Pablo II ha realizado una propuesta demasiado idealizada. ¿Es esto lo que muestra la experiencia con las familias estos casi 40 años?

Juan Pablo II dijo: Familia sé lo que eres. Esta expresión la entendieron algunos como la búsqueda de una familia idealizada. Pero no era así. Juan Pablo II quería transmitir ilusión a las familias. Les decía: el camino depende de vosotras mismas, nadie lo podrá hacer por vosotras. Sois vosotras las que podéis responder a la llamada de Dios.

Así Juan Pablo II se oponía a una pastoral centrada solo en resolver problemas, porque esta es una pastoral miope. Es la mirada de quien ve en primer plano la fragilidad de las familias, y ya no mira a más y, por tanto, trata de excusar los comportamientos. Juan Pablo II, por el contrario, nos ha dicho: hay que estar cercano a la fragilidad de las familias, pero antes de la fragilidad hay algo más importante. ¡Antes de la fragilidad está el don que Dios hace a las familias y la fuerza de Dios para sostener a la familia en su vocación! De esta forma se abría una pastoral atrevida, que no iba a remolque de los problemas de la familia. Se superaba la visión del «Manual de pastoral» de Arnold y Karl Rahner, que desconfiaba de la familia. Fíjese que este manual, de sus 3500 páginas, ¡solo dedicaba 70 a tratar de la familia!

Ha sido usted testigo desde los comienzos de esta fecundidad pastoral del Instituto. ¿Puede hablarnos de esta experiencia?

Familiaris consortio pidió a cada país que elaborara un Directorio de pastoral familiar. Pero esta advertencia cayó en el saco roto de las buenas intenciones. Los que hacían pastoral familiar se desesperaban al ver crecer los problemas, como la falta de preparación de los novios ante el matrimonio o el número de divorcios. Entonces el Instituto, de forma callada, fue pionero de un modo nuevo de presentar la pastoral.

Todo esto lo pude experimentar junto con los profesores José Noriega y Juan Andrés Talens desde 1997 en España. Comenzamos a enseñar directamente a los matrimonios para que empezasen a trabajar en diócesis y parroquias. Se han formado cientos de familias que han vitalizado la pastoral familiar en España. Las personas venían con problemas y después, instruidos en la formación completa del Instituto, salían como verdaderos apóstoles. El enfoque lo han recogido los Sínodos de la familia convocados por Francisco, cuando dicen que la misma familia es el principal agente de la pastoral familiar.

¿Cuál es la clave de esta visión pastoral?

La clave está en partir de la vocación al amor con que Dios llama al matrimonio y a cada familia. Así es como comienza el Evangelio. Hay que empezar siempre con Dios y sus proyectos, no con el análisis sociológico de nuestros problemas. El Papa Francisco ha hablado de esto cuando ha dicho que Dios nos «primerea», es decir, él inicia la obra. El gran reto de la Iglesia nunca serán los problemas que le plantea el mundo, sino ante todo la gran llamada que Dios le hace, la llamada a una grandeza de vida, que contiene la fuerza para superar cualquier problema.

Hemos buscado siempre una pastoral familiar que llamamos «transversal». Quiere decir que la pastoral familiar no es solo un sector de la pastoral, sino que «atraviesa» todos los demás ámbitos. Por ejemplo: la pastoral de jóvenes es pastoral familiar, pues los jóvenes desean formar una familia; la pastoral de ancianos es pastoral familiar porque los ancianos reciben cuidado en sus familias. Y así en todas las demás «pastorales».

De esta visión brotó, mediante la ayuda y dirección del obispo Juan Antonio Reig Pla, el Directorio de Pastoral Familiar en España. A mí me tocó presentar este proyecto a la asamblea de los agentes pastorales de toda España. Mientras los anteriores borradores habían sido desechados, este se aceptó con entusiasmo. Recuerdo cómo todos preguntaban: ¿Por qué no se nos había dicho antes? Desde aquí recobraron los obispos la confianza en la pastoral familiar. Y es que contaban con personas que no les causaban problemas, y que tampoco aplicaban una pastoral rígida que impone normas. Al contrario, eran personas capaces de abrir caminos nuevos, pues acercaban a un amor verdadero capaz de vencer las debilidades humanas.

La verdad del amor es muy importante en esta pastoral, pues no todos los amores son iguales. Hay amores que destruyen y amores que edifican. Esto no significa que se idealice el matrimonio. Si un pastor olvida la verdad del matrimonio, se parece al médico de un hospital de campo que diga: no quiero saber qué es la salud, ni cómo es un cuerpo sano, porque esto me quitaría tiempo para ayudar a las personas. ¿No sería absurdo? Ningún médico obraría así. ¿Y los pastores?

¿Qué iniciativas concretas han surgido?

Han surgido muchas iniciativas pastorales, escuela de padres, formación afectivo-sexual, acompañamiento a novios, modos de educación integral y participativa, equipos itinerantes de pastoral familiar, estudios de políticas familiares que mostraban una creatividad enorme a partir de la luz que había recibido. Se ha conseguido la formación de modelos de Centros de Orientación Familiar evangelizadores de una atención integral y no solo centrados en los problemas.

Un momento precioso de experiencia pastoral fue la Jornada Mundial de la Juventud de 2011, en Madrid, donde por vez primera llevamos a cabo con mucho éxito la formación en la teología del cuerpo a los jóvenes. Ellos descubrían así un lenguaje nuevo para expresar sus experiencias más prometedoras. De este modo la pastoral familiar aparecía en su conexión profunda con la pastoral juvenil y social.

La enseñanza de pastoral familiar desde el año 2006 con alumnos de más de 52 naciones ha sido para mí una experiencia inolvidable, por ver la profunda unidad de un plan de Dios en a diversidad fascinante de las diversas culturas.

De aquí han surgido iniciativas interesantes de estudio como la pastoral en los primeros años del matrimonio, la atención de las víctimas del aborto (las madres que abortan) y del divorcio (los hijos de los separados). Hemos visto también cómo las fragilidades humanas pueden ser, como en Caná, un momento de gracia: fidelidad de los esposos separados, adopción en el abandono, fecundidad en la infertilidad… Y, además, estudios sociales en las favelas de Salvador de Bahía, llevadas a cabo por el obispo mons. Giancarlo Petrini, la atención de la familia con padres que están el cárcel…

El Instituto ha extendido su obra a los más diversos países: China, Corea, la India en sus diversas culturas, el mundo árabe, Zambia, Angola y todo el amplio espectro de América Latina. Una riqueza enorme que promete frutos mejores. Es la comprobación de una fecundidad pastoral impresionante, cuyo alcance real es muy difícil de medir.

¿Cómo valora, desde la teología pastoral, los nuevos estatutos?

Es un plan de estudios que se nos ha impuesto desde fuera. A mí, que soy catedrático de pastoral, no digo que no hayan tenido en cuenta mi opinión, sino que ni siquiera me han consultado. Me enteré por la prensa de los nuevos estatutos. Me ha extrañado que en la nueva licencia en Ciencias del matrimonio y la familia la pastoral no aparezca en todo el itinerario académico. Eliminar la pastoral familiar es una carencia muy grave, contraria a lo que dice el Papa en el motu proprio Summa familiae cura. Se refunda el Instituto para ser más fieles a Amoris Laetitia, ¡y se reduce la pastoral familiar, que es clave en Amoris Laetitia! Espero que sea un error por la precipitación con que se han hecho las cosas. Es necesaria una pronta rectificación, si no se quiere que esta nueva licencia tenga esta extrema pobreza.

¿Cómo ha acogido el Instituto la enseñanza de Amoris Laetitia?

El instituto ha desarrollado las intuiciones del Papa desde las claves de acompañamiento, integración y discernimiento. Frente a muchos que han visto una ruptura, hemos leído el magisterio en la necesaria continuidad eclesial. Sin esta continuidad es imposible hacer ninguna reforma. Fíjese: somos la única institución académica que ha hecho y enseñado un comentario a las Catequesis del Papa Francisco sobre la familia. ¿No será que a mucha gente le interesan solo los cambios sociológicos, pero le interesa poco dar vida a las familias?

En su carta dirigida al Gran Canciller y al Presidente del Instituto, los estudiantes aprecian la visión pastoral del Instituto. ¿Cómo se ha vivido este interés por una pastoral adecuada entre los estudiantes del Instituto?

Los estudiantes han percibido siempre que el Instituto, precisamente al ofrecer enseñanza, ofrecía también una visión pastoral. Estos últimos años, como profesor de pastoral en el Juan Pablo II, he experimentado esto. Los estudiantes me pidieron organizar, en sus ratos libres, un Grupo de Acción Pastoral donde compartíamos los enfoques de los distintos países. Incluso acudían alumnos del Instituto Pastoral de la Universidad Lateranense a nuestras clases de pastoral, precisamente por la visión original del Instituto.

Este proyecto se puede ver en el libro preparado por Mons. Livio Melina: «Conversión pastoral, ¡sí! Pero, ¿cuál?» Allí, se profundizaba en la expresión «conversión pastoral» del Papa Francisco en Evangelii gaudiumEste libro ayudó durante el Sínodo 2015, que partía de un Instrumentum Laboris muy pobre desde el punto de vista pastoral. Faltaba sobre todo lo que tocaba a la preparación al matrimonio. Estaba redactado sin duda por alguien que nunca había trabajado en este ámbito. Precisamente en el Instituto se ha dado una riqueza grande de reflexión sobre la familia. Todo esto es la manifestación sencilla y asombrada de la fecundidad de una enseñanza que ha sido fermento de auténtica conversión pastoral dentro de la Iglesia. Y de esto son testigos miles de matrimonios y cientos de pastores.