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53 AÑOS DESPUÉS

Revolución cultural china

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Lo que los comunistas llaman Revolución Cultural se caracterizó por el fanatismo, la brutalidad y la violencia

Ninguno de los regímenes marxistas que ha llegado a triunfar en cualquier lugar del mundo, y que en algún momento se justificaron y fueron populares en Occidente, consiguió otra cosa que arrastrar al pueblo que los sufrió a la miseria y al terror.

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Esta fascinación irracional de jóvenes e intelectuales occidentales por el comunismo resulta paradigmática en la atención que los “sesentayochistas” prestaron al maoísmo y la Revolución Cultural. La coincidencia de fechas entre el mayo del 68 y la Revolución Cultural China, cuyo punto álgido acontece entre 1966 y 1969, quizá tenga mucho que ver. El esnobismo de los niñatos burgueses, que en occidente jugaban a ser revolucionarios, sin duda explica también su atracción por el exotismo del comunismo asiático. Pero la imagen de los jóvenes guardias rojos, arrasando con la tradición, humillando a sus mayores y poniendo patas arriba el Estado con su igualitarismo radical, sin duda representa el principal motivo de admiración para estos hijos de papá reconvertidos en imitadores de la comuna de París de 1871.

Como con casi todo lo relacionado con los ideales en que se basa de la revolución del 68, nos encontramos con una filfa. Los guardias rojos no representan ninguna revolución cultural, ni la lucha de los de abajo contra los de arriba. Desde luego venían de abajo, pero un “abajo” movilizado, manipulado y dirigido por el poder de arriba, el poder del supremo timonel Mao.

Tras el fracaso del Gran salto adelante y las purgas de 1957, Mao es consciente de haber perdido el apoyo de la mayor parte de los cuadros superiores e intelectuales del partido, y el de la masa de los habitantes rurales tras la hambruna de 1959-1961. El 16 de mayo de 1966, –se cumple en estas fechas el aniversario–, Mao aprueba una directiva que daba inicio a lo que sería la Revolución Cultural. Tras la decisión de Mao se encontraba el temor a verse relegado y apartado del poder. Con la disculpa de luchar contra las 4 antiguallas burguesas, el pensamiento, la cultura, la educación y las costumbres tradicionales, que amenazaban la revolución de los trabajadores y campesinos, Mao acusó a sus rivales de revisionistas y persiguió cualquier crítica a las nefastas políticas económicas del Gran salto adelante.

Se valió de los jóvenes de entre catorce y veintidós años: los jóvenes guardias rojos. Enardecidos por un fanatismo dogmático, enarbolaban el famoso Libro Rojo, publicado por aquellas fechas, que recogía en una selección de citas el vago y mediocre pensamiento político de Mao. Las citas cripticas de Mao fueron traducidas a decenas de idiomas y el Libro Rojo circuló entre los estudiantes universitarios de Occidente como si de un texto revelado se tratase.

Las persecuciones realizadas por estos jóvenes guardias rojos que tanta admiración levantaron entre los “progres” europeos, sirvieron a la nueva purga que buscaba Mao. Cayeron el jefe de Estado Liu Shaoqi, a quien Mao veía como su gran rival, y el más moderado Deng Xiaoping. Liu moriría en prisión en 1969. Deng pasó aquellos años en un campo de reeducación. La Revolución Cultural había logrado su propósito a mayor gloria de Mao, pero a costa de más de un millón de muertos.

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Lo que los comunistas llaman Revolución Cultural se caracterizó por el fanatismo, la brutalidad y la violencia, dirigidas sucesivamente contra los intelectuales y mandos políticos (esencialmente entre 1966-1967), los enfrentamientos de facciones entre guardias rojos (1967-1968), y por último el control total del ejército (1968).

En su mayoría estudiantes extremadamente jóvenes, los guardias rojos comenzaron no sólo a criticar, sino también a delatar y agredir a maestros, educadores y padres. El uso masivo del terror se tradujo en la celebración de autos de fe contra las costumbres burguesas, la cultura tradicional y la influencia extranjera, ridiculizando, humillando e incluso golpeado hasta la muerte a quien expresara interés hacia cualquier cosa que no fuera la ideología ortodoxa de Mao.

Los Guardias se manifestaban diariamente e incluso cerraron las universidades y colegios para que los alumnos se unieran a las sesiones de autocrítica y las procesiones en las que los elementos reaccionarios eran expuestos ante la población para reconocer sus errores y recibir su castigo. Profesores, intelectuales, titulados superiores, mandos del partido eran paseados entre burlas, con orejas de burro, carteles ridiculizándoles, obligados hacer el avión… y acababan siendo azotados con las hebillas de los cinturones de los uniformes de los Guardias Rojos. El escritor Lao She, quizá el mejor autor teatral chino de su generación, se suicidó en un lago cercano a su casa tras ser sometido a una de esas sesiones. Fu Leí, traductor de Balzac y de Mallarmé, hace lo mismo. Muchos murieron a consecuencia de las palizas, como el autor Teng Toes. Los afortunados eran apartados de sus cátedras y responsabilidades, los más, trasladados a zonas rurales para reeducarse como campesinos, otros internados en campos de concentración. Intelectuales como Wu Ha, Chao Shu-li y Liu Ching murieron en el cautiverio. “El presidente Mao nos había enseñado que la revolución era violencia, y queríamos perpetrar violencia para conseguir la revolución”, confiesa Wang Keming, uno de los miles de jóvenes que participó en la Revolución Cultural buscando en todas partes posibles enemigos de clase. Todo el mundo estaba bajo sospecha. Todo podía ser motivo de acusación. Tener un libro occidental. Haber hablado alguna vez con alguien caído en desgracia. Se llega a considerar como “desviaciones de la energía revolucionaria” los gatos, pájaros y flores y por tanto se vuelve contrarrevolucionario tener mascotas o plantar flores.

El historiador Dikötter cita el caso de canibalismo en Wuxuan, en la provincia de Guangxi, donde los aldeanos consumieron la carne de más de 70 víctimas de la revolución.

En aras de luchar contra las viejas ideas, la vieja cultura, las viejas costumbres y los viejos hábitos, eso que la Revolución Cultural llamaba las 4 antiguallas, se comete el mayor atentado en toda su historia contra el patrimonio cultural chino. Miles de libros quemados, manuscritos destruidos, frescos deteriorados, saqueo de tumbas, esculturas machacadas a golpe de piqueta, templos derruidos, jardines arrasados. Hasta la Gran Muralla es atacada y se desmontan los ladrillos para construir pocilgas.

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El salvajismo de la Revolución Cultural no tiene límites. El historiador Dikötter cita el caso de canibalismo en Wuxuan, en la provincia de Guangxi, donde los aldeanos consumieron la carne de más de 70 víctimas de la revolución. Los jefes comían los trozos más selectos, el corazón o el hígado, y los campesinos corrientes se resignaban con las piernas y los brazos. En abril de 1969, el Partido Comunista Chino procedió a celebrar su IX Congreso. En él se anunció que había terminado la Revolución Cultural y se afirmó el papel moderador del ejército controlado por Mao. La pesadilla tocaba a su fin.

Paralelamente en Europa, intelectuales izquierdistas, como Simone de Beauvoir, justificaban los horrores de la Revolución Cultural. La feminista totalitaria ensalza en su libro La larga marcha la figura de Mao, su igualitarismo radical y las aberraciones de los jóvenes guardias rojos. Más tarde Pol Pot en Camboya y a Sendero Luminoso en Perú seguirán la senda de la Revolución Cultural, sin que una clase intelectual occidental, siempre reacia a condenar el comunismo, reaccione hasta muy tarde, sin ningún remordimiento por sus pasadas simpatías, reconociendo las atrocidades cometidas en nombre de la igualdad campesina y proletaria.