¿Dónde están las protestas por la libertad en Irán? ¿Dónde se han metido los que hace pocos meses se concentraban en las calles de toda Europa con banderas pro-Palestina? ¿Dónde las pancartas de ‘Abajo el régimen Iraní?
La situación en Irán es, como poco, escabrosa. Organizaciones internacionales alzan la voz denunciando represión, sangre, muertos, detenidos y silencios impuestos a golpe de miedo. La teocracia iraní no es una anécdota exótica ni un matiz cultural: es una vulneración sistemática de los derechos humanos convertida en sistema político, una hegemonía antidemocrática que hace de todo un pueblo rehén de un totalitarismo religioso fundamentalista.
Ha pasado ya más de una semana desde que la revuelta tomó las calles. Y lo verdaderamente llamativo —lo obsceno, incluso— no es solo la violencia del régimen, sino la ausencia de reacción en Occidente. Todavía no se ha alzado ni una sola bandera en defensa de quienes hoy se juegan la vida por aclamar libertad en Irán.
Busco y rebusco en Twitter (ahora se hace llamar X). Paso largos ratos haciendo scroll —ese sucedáneo digital de pasear observando— y tampoco encuentro nada al recorrer las calles reales. No aparecen los perroflautas empoderados, ni los activistas profesionales de la causa correcta. No hay banderas LGTB ondeando por Teherán, ni puños alzados con pañuelos morados. No hay batucadas, ni consignas feministas, ni performances indignadas en favor de las mujeres iraníes que hoy desafían al régimen de los ayatolás con el cuerpo y la vida.
Hay silencio.
Un silencio hipócrita y cobarde, el de una izquierda que no sabe lo que defiende ni defiende lo que predica. El de una ideología que se moviliza no por la injusticia, sino por la consigna; no por la libertad, sino por el marco narrativo. Es la vieja doble vara de medir: se incendian contenedores por Palestina, pero no por Irán; se lloran opresiones selectivas en Occidente, pero se ignoran cristianos perseguidos en África o disidentes asesinados en regímenes no alineados con el enemigo correcto.
Nos han ideologizado no por convicción, sino para dominar. Para que creamos sin mirar, para que sintamos sin pensar, para que indignarnos sea un reflejo condicionado. Y así, con los ojos vendados, aceptamos que la libertad solo merece defensa cuando no incomoda al relato.
Irán arde. Y quienes más hablan de derechos humanos hoy miran hacia otro lado.