Fue el amanecer del 7 de octubre de 2023. Miles de familias israelíes dormían, ajenas a que en pocas horas su país viviría el ataque más sangriento desde la guerra de Yom Kipur. A las 6:30 de la mañana, Hamás lanzó más de 3.000 cohetes desde Gaza contra el sur de Israel, mientras centenares de milicianos cruzaban la frontera por tierra, mar y aire.
El enemigo no buscaba una victoria militar. Buscaba sembrar el miedo, destruir la inocencia y humillar a una nación.
Los terroristas irrumpieron en más de veinte comunidades israelíes. En Sderot, abrieron fuego contra familias que intentaban huir en coche. En Kibutz Be’eri, una comunidad agrícola cercana a la frontera, más de cien civiles fueron asesinados, muchos de ellos quemados vivos dentro de sus casas. En Kfar Aza, otro kibutz, las tropas israelíes tardaron días en recuperar los cuerpos de mujeres, ancianos y bebés.
El horror alcanzó su punto más atroz en Re’im, donde se celebraba el festival de música ‘Tribe of Nova’. Allí, jóvenes de todo el país bailaban bajo el amanecer cuando los camiones y las motos de Hamás irrumpieron en el recinto. Más de 360 personas fueron asesinadas, muchas ejecutadas mientras intentaban esconderse en los campos. Otras 40 fueron secuestradas y llevadas a Gaza.
VIDEO OF HAMAS WAR CRIMES: Death Count at Rave Attack is 200 Unarmed Civilians
— Muscular Christian (@BuffedJesus) October 9, 2023
1. Shani Louk with thousands ravers celebrating Sukkot with Peace Love Unity Respect at Tribe of Nova music festival in Negev desert
2. Rave goers catch glimpse of paragliders but keep dancing as if… pic.twitter.com/LtPnr2uv80
Los vídeos difundidos por los propios terroristas mostraron lo impensable: mujeres arrastradas por las calles, cuerpos mutilados, niños asesinados ante sus padres. La crueldad no fue un exceso, sino parte del plan. Hamás quería que el mundo lo viera, que el terror fuera su mensaje.
Israel tardó horas en comprender la magnitud del ataque. Los sistemas de defensa fallaron, las tropas estaban desbordadas y los pueblos del sur quedaron aislados durante más de medio día. El ejército israelí recuperó el control al cabo de 48 horas, pero el precio fue insoportable: más de 1.200 muertos y 250 secuestrados, entre ellos bebés, ancianos y ciudadanos de más de 20 países.
El Gobierno de Netanyahu declaró el estado de guerra. Lo que siguió fue una ofensiva militar sin precedentes sobre Gaza, dirigida a desmantelar el poder de Hamás. Pero mientras Israel se defendía, la opinión pública internacional comenzó a diluir el relato: las imágenes del sufrimiento en Gaza oscurecieron las de los muertos israelíes, y el discurso moral se invirtió. Los mismos que callaron ante el asesinato de civiles exigían ahora a Israel “proporcionalidad”.
Dos años después, el 7 de octubre sigue siendo una herida abierta, un recordatorio de que el terrorismo islámico no busca negociar fronteras, sino borrar del mapa a un pueblo.
Occidente, mientras tanto, se ha acostumbrado al horror. En universidades y parlamentos, algunos justifican la masacre con un cinismo que confirma que la guerra no es solo militar, sino moral. El 7 de octubre fue más que un ataque: fue el retrato del fanatismo enfrentado a la libertad, y dos años después, parece que al fin, la paz asoma.