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Entre la leyenda negra y la amnesia borbónica

Entre la leyenda negra y la amnesia borbónica
Entre la leyenda negra y la amnesia borbónica

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En un salón bien iluminado, con la dicción impecable que se le supone a un jefe de Estado, Felipe VI pronunció unas palabras sobre la conquista de América que, sin aspavientos ni estridencias, parecían aceptar, aunque fuese en versión matizada, el viejo relato de la culpa española. Y una no puede evitar preguntarse si no será esa la forma más eficaz de perpetuar un equívoco: repetirlo con buena educación y matices. Hay frases que pretenden cerrar debates y lo único que consiguen es abrirlos de par en par. 

Las recientes palabras de Felipe VI sobre la conquista de América no han servido para reconciliar miradas, mucho menos para defender el honor de una patria como España,  que fue , con sus límites, como toda obra humana, evangelizadora y pionera en la defensa jurídica de los indígenas,  sino para reavivar una cuestión que España nunca ha terminado de explicarse a sí misma: su propia historia.

Y ahí aparece, como una sombra alargada, la dinastía de los Borbones.

La anomalía borbónica

Conviene recordar, porque la memoria histórica, cuando es selectiva, deja de ser memoria y pasa a ser propaganda, que España no fue siempre ese país acomplejado que hoy pide perdón por existir. La España que cruzó el Atlántico era la de los Austrias: una monarquía con vocación universal, sí, pero también con una conciencia jurídica y moral extraordinariamente avanzada para su tiempo.

Fue bajo Carlos I de España cuando se convocó la célebre Junta de Valladolid (1550-1551), donde teólogos y juristas debatieron si la conquista era justa. ¿Qué otra potencia imperial ha hecho algo semejante?

Fue también en ese contexto donde figuras como Bartolomé de las Casas denunciaron abusos… dentro del propio sistema español, no contra él desde fuera. Y exigieron un cambio que se tradujo en leyes favorables y coherentes.

Tras ello, llegaron los Borbones, y con ellos, una mentalidad centralista, afrancesada, burocrática… ¿masónica?

Y aquí la cuestión adquiere un matiz más profundo. Porque quien habla no es sólo un individuo, sino el representante de una dinastía concreta: los Borbones.

La llegada de los Borbones, tras Felipe V, supuso un cambio de paradigma: centralización administrativa, influencia francesa, voluntad de homologación europea. Resulta paradójico que quienes no protagonizaron aquella empresa histórica se sientan hoy en la obligación de interpretarla en clave penitencial. 

La leyenda negra: una invención verosímil

Conviene empezar por el principio, que no siempre coincide con lo que se da por supuesto. La llamada leyenda negra no es una teoría extravagante ni un arrebato patriótico de sobremesa. Es, sencillamente, un fenómeno histórico bien documentado: un conjunto de relatos, imágenes y juicios negativos sobre España, difundidos desde el siglo XVI por sus rivales europeos.

No es casual que su auge coincida con el momento de mayor poder de la Monarquía Hispánica. A nadie le interesa desprestigiar al irrelevante. Inglaterra, los Países Bajos y, en menor medida, ciertos círculos italianos y alemanes, encontraron en la imprenta, el vehículo ideal para fijar una imagen de España como potencia cruel, fanática y atrasada.

Se utilizaron, por supuesto, hechos reales. La historia nunca es completamente inocente: ahí dónde llega la acción del ser humano llega el bien, pero también el mal. Pero se seleccionaron, exageraron y descontextualizaron con una habilidad que hoy llamaríamos estratégica. Las denuncias de Bartolomé de las Casas, nacidas de una conciencia moral interna al propio sistema español, fueron convertidas en prueba universal de barbarie. Como si una sociedad que produce autocrítica fuese, por ello mismo, más culpable que otra que la silencia.

Mientras tanto, España promulgaba las Leyes Nuevas de 1542, debatía en Valladolid la legitimidad de la conquista y fundaba universidades en el Nuevo Mundo cuando otros apenas estaban aprendiendo a administrarlo. No parece el comportamiento de un imperio especialmente interesado en el exterminio sistemático. Más bien el de uno que, con todas sus limitaciones, intentaba dotar de sentido jurídico y moral a su expansión.

La conquista: más compleja que el eslogan

Reducir la conquista de América a una empresa de opresión sistemática es comprar, sin matices, la llamada “leyenda negra”. España prohibió la esclavitud indígena en 1542 con las Leyes Nuevas, reconoció jurídicamente a los indígenas como súbditos de la Corona, extendió un modelo de mestizaje cultural, jurídico y religioso sin equivalente en otros imperios, y un largo etcétera de buenas acciones que han quedado enterradas bajo el fango de la leyenda negra.

Mientras tanto, las potencias protestantes que hoy se presentan como adalides de la modernidad practicaban la expulsión, el exterminio y la segregación.

El complejo como política de Estado

Lo verdaderamente llamativo no es que desde fuera se critique a España, eso es antiguo, sino que desde dentro se asuma ese relato como propio… ¡Y que lo haga el propio monarca! 

Neutralidad institucional, dicen, mientras Felipe VI se alinea con su discurso penitencial con una interpretación concreta y sesgada de la historia: la que presenta a España solamente como culpable.

Eso, en cierto modo, es muy borbónico.

Porque los Borbones, desde Felipe V, han tenido una relación incómoda con la tradición española anterior. Han intentado reformarla, europeizarla… Porque hay quienes defienden que Felipe VI en su discurso sí que defendió el buen hacer español, y no hay que quedarse con el titular. Pero en el siglo de los titulares, un monarca no debería caer en la imprudencia verbal de dejar a la interpretación lo que debería quedar meridianamente afirmado.

Recuperar la mirada propia

España no necesita una historia complaciente, pero tampoco una historia avergonzada. Y menos por su propio Rey.

Entre la propaganda y la penitencia hay un espacio mucho más exigente: el de la verdad. Y ese espacio, por incómodo que sea, no debería serle ajeno a la Corona.

Ni a los españoles.

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