En plena escalada entre Irán, Israel y Estados Unidos, el diplomático y analista Gustavo de Arístegui ha trazado en una entrevista en Dando Caña un relato de fondo que, en su opinión, explica por qué el conflicto actual no es un episodio aislado, sino la consecuencia de un proceso iniciado hace casi medio siglo.
Para Arístegui, el origen está en la consolidación de la República Islámica tras la revolución de 1979 y en lo que define como “47 años de régimen de terror” que, lejos de moderarse, se habría fortalecido gracias a una respuesta occidental “meliflua, cobardona e hipócrita”.
Arístegui sostiene que durante décadas se intentó encajar a Teherán en un marco de negociación y normalización, pero el resultado, dice, fue el contrario: un régimen cada vez más expansivo, con mayor intervención regional y con una arquitectura de poder diseñada para blindarse frente a cualquier control democrático o institucional.
Un régimen que se “replica” para mandar por encima del Estado
Uno de los ejes centrales de su análisis es la dualidad administrativa del sistema iraní. Según explicó, por cada institución “normal” de un Estado —gobierno, parlamento, poder judicial— existiría una estructura paralela vinculada a la Revolución Islámica con más poder real que los órganos constitucionales. En ese esquema, el presidente no sería verdaderamente el jefe del Estado: el poder último recaería en el líder supremo y su entorno.
En la entrevista, Arístegui subrayó el papel del Consejo de Guardianes, al que atribuye la capacidad de filtrar candidatos y controlar la vida política, incluida la posibilidad de apartar a altos cargos. El parlamento, afirma, quedaría reducido a un papel secundario, mientras los resortes decisivos del Estado estarían en manos del aparato revolucionario. “Para cada órgano normal que cualquier Estado tiene, la Revolución Islámica tiene otro que le replica y que tiene más poder que el órgano constitucional” afirmó.
La sucesión de Jameneí y la “trampa” institucional
Arístegui también cuestionó la legitimidad histórica del liderazgo supremo en Irán, citando el proceso por el que —según su relato— Ali Jameneí habría sido elevado a máximas categorías religiosas en un corto periodo de tiempo tras la muerte de Jomeini, en un movimiento que califica como una vulneración incluso de las reglas internas del propio régimen.
Ese patrón —añade— sería característico de “regímenes torticeros” que no solo vulneran derechos fundamentales, sino que ni siquiera respetan su propia arquitectura legal cuando estorba a la continuidad del poder.
Terrorismo, milicias y operaciones exteriores: del Cono Sur a Oriente Medio
En el plano exterior, el diplomático recordó que Irán no sería únicamente un problema interno, sino un actor con impacto transnacional. En su intervención citó atentados en Buenos Aires y el papel de redes vinculadas a Hizbulá, así como episodios ocurridos en España, como el atentado del bar El Descanso en España, para sostener que Teherán habría operado durante años mediante proxies (milicias y grupos aliados) y estructuras clandestinas.
“Nos olvidamos permanentemente que 18 españoles fueron asesinados por Hizbulá bajo instrucciones, armamento, inspiración y dirección del régimen iraní”, afirmó.
Arístegui defendió que el régimen habría desestabilizado países y respaldado a organizaciones armadas en distintos escenarios, desde el Líbano hasta Irak, además de sostener alianzas con dictaduras regionales, mencionando expresamente al régimen sirio de los Asad como ejemplo de fidelidad a Teherán durante décadas.
Las “líneas rojas” que, según Arístegui, Irán nunca aceptó
El analista enmarcó la dinámica actual en el fracaso de sucesivas rondas diplomáticas —mencionó Omán y Ginebra— y sostuvo que Irán no habría aceptado condiciones básicas para evitar la escalada. Entre ellas, citó la renuncia al desarrollo de misiles de mayor precisión y alcance, el cese del apoyo a grupos armados en la región y el abandono de estrategias de presión sobre países vecinos mediante estructuras afines.
En esa misma línea, vinculó el conflicto a la dimensión energética y al control de los puntos críticos del comercio global, colocando el foco en estrechos estratégicos y en la vulnerabilidad de rutas marítimas esenciales.
China y Rusia: prudencia, cálculo y un aviso inquietante
Arístegui abordó también la aparente contención de China y Rusia ante la escalada. A su juicio, Pekín actuaría con prudencia estratégica, pensando a largo plazo y evitando un choque frontal, aunque advirtió de un elemento que considera especialmente grave: la venta por parte de China de misiles antibuque supersónicos a Irán en plena tensión, un movimiento que, de materializarse operativamente, podría elevar el riesgo de incidentes con fuerzas estadounidenses en la región.
Su conclusión es que el tablero no se limita a Oriente Medio: se cruza con la rivalidad global por rutas, energía y puntos de estrangulamiento comercial, donde cada paso puede tener consecuencias que trascienden el conflicto inmediato.
Para explicar ese contraste entre la inmediatez occidental y el cálculo estratégico de Pekín, Arístegui recordó una máxima clásica del politólogo estadounidense James Freeman Clark: “La diferencia entre el político y el hombre de Estado es que el político piensa en las próximas elecciones y el hombre de Estado en las próximas generaciones.” En su interpretación, China —aunque no sea una democracia— actúa con lógica de largo plazo y mide hasta dónde puede llegar sin provocar una reacción incontrolable.
Un diagnóstico político: “Occidente no aprendió de la historia”
La tesis de Arístegui, en conjunto, apunta a una idea: el régimen iraní no se habría moderado con concesiones o ambigüedades, sino que habría interpretado esa actitud como debilidad. Por eso critica la reacción “a medias” de líderes europeos y denuncia el doble rasero que, según él, condena unas acciones hasta que el fuego alcanza intereses propios.
En su análisis, el conflicto actual no sería un accidente, sino el desenlace lógico de décadas de expansión, impunidad y cálculo político. Y, en ese marco, advierte, cualquier solución que ignore la naturaleza del régimen iraní corre el riesgo de repetir el mismo error: comprar tiempo sin resolver el problema de fondo.