BREXIT

El Parlamento rechaza por tercera vez el plan de salida de May

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Ni siquiera el ‘soborno’ de su propia dimisión ha sido suficiente para que los Comunes aprobaran el plan negociado por la primera ministra, Theresa May, para salir de la Unión Europea. Queda una nueva prórroga y el espectro de que Gran Bretaña salga dando un portazo.

Bien, ¿qué viene ahora? Theresa May ya no sabía cómo superar este impasse imposible: su plan para salir de la Unión Europea había sido rechazado una vez por un Parlamento dominado por su propio partido; entonces se hizo otra votación de “esta sí que sí”, con veladas amenazas en el intermedio, y volvieron a rechazarlo.

Así que se dio un poco más de tiempo, avisó de que ahora sí que no habría ninguna más y que si se rechazaba su plan, aquello iba a ser el acabose. Como caramelo, prometió dimitir si se le aprobaba el plan. La votación era hoy viernes y…

… ¡Volvieron a rechazar su plan! Ni la perspectiva de ver alejarse definitivamente a May era lo suficientemente apetecible para aprobar lo que, para muchos, era quedarse con lo peor de pertenecer al club europeo sin nada de lo bueno, es decir, tener que seguir aceptando órdenes de Bruselas sin poder opinar. ‘Brexit solo en el nombre’, según los ‘leavers’.

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La votación se ha producido solo unas horas antes de la fecha fijada para la salida de Gran Bretaña de la Unión, con o sin acuerdo, aunque en eso sí que hubo acuerdo entre los políticos británicos para alargar la agonía, es decir, para esperar un poco más antes de irse. Todos hemos sufrido alguna vez visitas así.

Y eso que ha habido algunas deserciones de última hora del campo ‘Brexit’, tanto entre laboristas como en el propio Partido Conservador. Pero no han bastado, y el plan de May ha sido rechazado por 344 votos contra 286, un margen de casi sesenta votos. No ha sido dudoso.

La libra se ha hundido al conocerse la noticia y May, en su decepcionado discurso posterior a los resultados, ha abierto la posibilidad a un adelanto electoral, otro. “Estamos llegando al final de este proceso en la Cámara”, ha dicho. “Un modo de desbloquearlo sería convocar elecciones”. Lo que no va a hacer, eso lo ha dejado claro, es dimitir. Todavía espera lograr “un Brexit ordenado”.

Igual podía pedir la luna. May está acabada, es historia, y su plan no se aprobará jamás. Lo dudoso es que pueda aprobarse plan alguno, ya que Bruselas no está dispuesta a volver a sentarse a negociar: los británicos ya conocen sus condiciones, y son lentejas.

¿Entonces? Entonces esta prórroga lograda ‘in extremis’ no parece que vaya a cambiar mucho las cosas, salvo que haya elecciones, ganen los laboristas y cumplan la vaga promesa de volver a consultar a los británicos. Lo que plantea, al menos, dos grandes problemas y muchos problemas menores.

Por un lado, el más obvio: ¿por qué habría de confiar nadie en un referéndum, cuando ya se convocó uno con todas las garantías habidas y por haber, con el Gobierno apoyando la permenancia -el ‘sí’- con la fuerza de todas sus instituciones y las grandes empresas y firmas financieras haciendo de coro, y aún estamos como estamos? ¿Qué sentido democrático tiene que los que se quieren ir tengan que pedirlo dos veces y los que quieren quedarse, solo una? ¿Por qué ahora sí y antes no?

La democracia quedaría tocada de muerte, y los políticos de Westminster lo saben. Como saben muchos diputados laboristas que como prometan un segundo referéndum, estarán tan políticamente muertos como May. Y es que se da la circunstancias de que no pocos parlamentarios laboristas deben sus votos a distritos donde el ‘no’ arrasa. Y eso no es España, allí los diputados se deben a sus representados, que castigan implacablemente las traiciones.

Ese es el segundo problema, unido al hecho, que parece plantearse muy poca gente, de que puede volver a salir el ‘no’. Las encuestas fluctúan y, digámoslo crudamente, hace ya algún tiempo que no son fiables en absoluto.

Como problema menor, o no tanto, es que Bruselas podría no aceptar la vuelta del Hijo Pródigo sino en condiciones algo más duras. Nada de estar sin estar, de estar en esto pero no en esto otro. Sería inevitable que sus socios miraran hacia Londres como un socio poco de fiar, al que hay que atar corto.