PUBLICIDAD

La Europa que queremos

|

Desde Gran Bretaña hasta Italia, desde Hungría a Polonia, los europeos insatisfechos con la marcha de la Unión se multiplican.

El mensaje inequívoco que los electores lanzaron a los eurócratas es que hay una porción considerable de europeos que han despertado y olido el café. El espectacular crecimiento de los soberanistas, pese al acoso y ninguneo de las élites y sus dóciles grupos mediáticos, es la primera gran noticia que nos han dejado las urnas.

PUBLICIDAD

La segunda es que Bruselas no está dispuesta a escuchar la propuesta de unos europeos hartos de que se haga y deshaga en su nombre, pero en su contra y a sus espaldas. Al revés: los eurócratas han tomado la advertencia como una señal para acelerar el proceso de conversión de un tratado internacional en un nuevo Estado en el que la democracia pinta bastante poco.

En España, la campanada apenas se ha oído, ocupados como estamos en el minué postelectoral de las locales. Porque, no nos engañemos, España es el país más forofo de la Unión, pero también tiene que figurar entre los que menos caso hacen a su política concreta. Su actitud es parecida a la de muchos católicos con el Cielo: son decididos partidarios, pero no dedican mucho tiempo a pensar en él. Es como si de Europa nos entusiasmara la imagen, la idea de que, por fin, nos han dejado entrar en el club y Europa ya no acaba en los Pirineos, como un certificado oficial de modernidad. Y, fuera de esa bonita foto atemporal, lo demás es poco relevante.

Suscríbete a nuestro nuevo canal

Quizá en parte por eso vamos a contrapelo, y mientras los veteranos o los países que vivieron el comunismo llenan el Europarlamento de soberanistas, los ibéricos -en esto, Portugal está a nuestro lado- siguen fieles al viejo y ajado consenso socialdemócrata, sentando en Bruselas a solo tres soberanistas.

Desde Gran Bretaña hasta Italia, desde Hungría a Polonia, los europeos insatisfechos con la marcha de la Unión se multiplican. Pero la Comisión -Juncker: “esos estúpidos soberanistas enamorados de sus países”- hace oídos sordos y aprieta el acelerador, dándose prisa en culminar su proyecto de convertir la UE en una versión rica y amable de la URSS donde solo se deja ver lo bonito, aunque sea de pega.

Para Bruselas, el resultado es un contratiempo, no una advertencia ni un mandato para que rectifique. Las urnas nunca han sido santo de su devoción, y cuando ha sido necesario ha pasado tranquilamente por encima de ellas o ha obligado a repetirlas. Por lo demás, si los partidos de toda la vida, el PP y el PSOE de cada país europeo, para entendernos, empiezan a desinflarse, ahí están los Verdes y los liberales de ALDE para compensar.

PUBLICIDAD

En el peor caso, la UE se escuda en su considerable fuerza de negociación como amenaza y en los intrincados lazos que ya atan a sus miembros. El caso del ‘Brexit’ es sintomático. Se convocó un referéndum vinculante con todas las de la ley en el país más respetuoso con las urnas de Europa, Gran Bretaña, por un gobierno que hizo infatigable propaganda por el “sí”, y salió el “no”. Y ahí sigue, después de arduas negociaciones que Bruselas plantea como un escarmiento para quienes tengan ‘ideas raras’. Como dijo en su día Donald Tusk, las negociaciones del Brexit debían servir como una ‘vacuna’ contra el euroescepticismo.

Pero ha sido más bien un aporte vitamínico, porque ha servido para que muchos se den cuenta de que la UE tiene mucho de cárcel. La paradoja es que todas estas maniobras arrogantes de fuerza no han logrado su objetivo. El ‘Brexit’ es más popular ahora que antes, porque si antes significaba meramente seguir o no en una alianza con sus ventajas e inconvenientes, ahora la apuesta es si los mandarines europeístas van o no a respetar la voluntad popular. Y la respuesta parece ser “no”.

Tampoco es ajena esta chulería comunitaria a la espectacular victoria del Fidesz húngaro de Viktor Orbán, que ya no necesita coaligarse con nadie para llevarse el 56% del voto y 13 escaños en Bruselas. Y otro tanto puede decirse de la Liga de Matteo Salvini, que se ha colocado como primer partido de Italia, con un 34% del voto europeo en Italia.

Van cayendo: Berlusconi, Cameron, May, Hollande… El próximo podría ser el socio de Salvini en el gobierno de coalición, Luigi di Maio, líder del Movimiento 5 Estrellas, que va a someter su liderazgo en el partido a un voto de confianza.

Lo que está desapareciendo a toda prisa es el espacio intermedio, el campo común entre los dos bandos enfrentados por dos concepciones de Europa incompatibles. El bando globalista tiene a su favor los números, la inercia electoral, y el control de toda la maquinaria de poder; los soberanistas cuentan con la tendencia, el crecimiento continuado de sus votos, y el creciente descontento de los europeos. Esa es la batalla desde hoy mismo, y promete ser prolongada, dura y compleja.

PUBLICIDAD