FIDESZ

La expulsión de Orbán del PPE podría convertirlo en líder de una ‘internacional soberanista’

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Viktor Orbán, primer ministro húngaro, tiene la absurda pretensión de que su país ejerza su soberanía sobre las propias fronteras, lo que le ha convertido desde hace años en la ‘bestia negra’ de Bruselas y, ahora, pone al borde de la expulsión del Partido Popular Europeo a su propio partido, el Fidesz.

Orbán ha declarado que preferiría quedarse en el PPE, pero que es consciente de que podrían expulsarle y no le quita el sueño. «Hay otras opciones», ha dicho. Y es lógico que Orbán prefiera quedarse porque el Fidesz responde básicamente a lo que era el Partido Popular hace unos años, un partido conservador normal y corriente.

Pero la consigna de acabar con Orbán y con la rebelión del Grupo de Visegrado al que pertenece -la alianza de Hungría, Polonia, República Checa y Eslovaquia, ahora con el padrinazgo de Austria, para que la UE siga siendo una unión de Estados soberanos- está estrechando el cerco en todos los frentes, y se impone el cordón sanitario. Orbán debe ser derrotado.

Hay solo un punto en la agenda, una única cosa que Orbán propugna con toda firmeza y que el club europeo y sus miñones nacionales no pueden consentir de ninguna manera: el empeño en mantener la soberanía nacional. Es decir, de responder a quienes le han elegido y mantener lo no puede cambiarse con un mero tratado internacional. Lo ha dicho claramente el propio primer ministro húngaro en Radio Kossuth: «Todas las fuerzas que apoyan la inmigración atacan a Hungría». No hay más.

Como ya dije en alguna otra ocasión, lo que hay es prisa. Puede leerse en la patética carta pública de Emmanuel Macron «a los ciudadanos europeos», en el cambio de postura sobre China de Soros y, sobre todo, en la actitud cada vez más intransigente de Angela Merkel con los de Visegrado.

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Los húngaros llevan años advirtiendo que la Unión Europea quiere convertirse en otra cosa, en un megaestado, de espaldas a los europeos, y que la obsesión por abrir las fronteras a la inmigración norteafricana y mediooriental forma parte de esta estrategia para debilitar las identidades nacionales. Y va a más. Recientemente, el ministro húngaro de Asuntos Exteriores, Péter Stíjjártó, alertó en una rueda de prensa con su homólogo polaco, Jacek Czaputowitz, contra la creciente hostilidad de los eurócratas frente a los gobiernos soberanistas de Europa y su negativa a convertirse en meca de la inmigración.

Esa es hoy la única lucha política real. No es ya izquierda y derecha, dos términos cuyo significado se ha diluido y que durante medio siglo han gobernado Occidente en un consenso tácito, con partidos en alternancia que seguían políticas muy similares; hoy lo que se decide es la pugna entre soberanistas y globalistas o, como ha definido un teórico, entre gente de alguna parte y gente de cualquier parte.

Como en España con Vox, en Europa con el Fidesz de Orbán y otros partidos similares puede salirles el tiro por la culata en sus intentos de aislarlos. Y en realidad sería justo y conveniente que el partido de Orbán saliera del PPE porque, si es cierto lo que dijimos antes sobre sus orígenes, ahora es un grupo globalista más comprometido con la creación de un megaestado europeo y servil a un ejecutivo no electo en Bruselas.

Un movimiento así -así de torpe- podría galvanizar la creación de un grupo con verdadero peso en la opinión soberanista, una auténtica ‘internacional soberanista’ dentro de la UE. Y Orbán se ha ganado con creces el mérito para ser su líder.