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La semana demencial de Boris Johnson

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Las vueltas y revueltas de la batalla en torno al ‘Brexit’ parecen tener más del ritmo frenético de un episodio de Bennt Hill que de tragedia shakespeariana, y no dudo que muchos lectores se hayan aburrido del asunto o perdido en sus muchos vericuetos, así que quizá sea mejor proporcionar un rápido resumen de los últimos episodios.

Lo dejamos cuando el Partido Conservador en el poder elige como líder -y, por tanto, primer ministro del Reino Unido- al atrabiliario Boris Johnson, ex ministro de Asuntos Exteriores y ex alcalde de Londres, tras la dimisión de Theresa May, que vio rechazado su acuerdo de desconexión con Bruselas en los comunes por tres veces.

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Johnson venía a llevar a cabo lo que no había podido conseguir May: sacar a Gran Bretaña de la UE con un acuerdo menos leonino para los británicos o hacerlo sin acuerdo. Lo primero quizá hiciera a Johnson pasar a la historia como un segundo Churchill; lo segundo, también, pero en el sentido de ofrecer a sus compatriotas “sangre, sudor y lágrimas”.

Johnson llega al 10 de Downing Street con la promesa clara de respetar el resultado del referéndum, en un momento en que las posiciones sobre el particular se están endureciendo. Si hasta hace poco había dos bandos -‘leavers’ y ‘remainers’-, ahora se pretende que ha surgido uno nuevo: el de aquellos que aceptan el ‘Brexit’ sí y solo sí se llega a un acuerdo con Bruselas. Difícil, porque los eurócratas insisten en no aceptar otra cosa que lo que firmaron con May, quizá con pequeños retoques aquí y allá.

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Hasta ahora, el del ‘Brexit’ ha sido un asunto ‘transversal’, que no oponía tanto a uno de los dos grandes partidos contra el otro como dentro de las propias filas de ambos. Hay laboristas ‘remainers’ y laboristas ‘leavers’, como hay ambas cosas entre los conservadores.

Pero eso está cambiando. El radical líder de los laboristas, Jeremy Corbyn, que dijo aceptar el resultado de las urnas, habla ya de un segundo referéndum; y Johnson, viendo cómo el Partido del Brexit de Nigel Farage le está comiendo la tostada electoral -fue el gran triunfador en las pasadas europeas, dejando a los conservadores con un triste 8% del voto-, está dispuesto a deshacerse de los ‘remainers’ conservadores. Para empezar, forma un gabinete de ‘leavers’, todos supuestamente comprometidos con la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

Pero Johnson sabe que tiene una mala mano, y que para negociar con Europa tiene que marcarse un farol. Y lo hace, anunciando que el país dejará de formar parte del club europeo el 1 de noviembre, con o sin acuerdo. Esto, además de ‘animar’ a Bruselas a negociar, le sirve para dejar de perder votos en favor de Farage en unas hipotéticas elecciones generales.

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Entonces Johnson pide a la Reina, y obtiene de esta, la interrupción de las sesiones parlamentarias, aunque no tanto tiempo que se llegue a la fecha fatal con la Cámara de los Comunes cerrada. Esto hace que los ‘remainers’ suban el volumen antes de que se cierre la sesión, viendo que les queda poco tiempo. Introducen una ley, la Benn-Burt, para obligar a Johnson a aceptar una ampliación del Artículo 50, y Johnson contrarrestra ofreciendo un adelante electoral para antes de la fecha límite y expulsa a los 21 miembros de su partido que han votado en su contra. Los laboristas se niegan a convocar elecciones.

En los medios convencionales, lo que ha hecho Johnson es ‘antidemocrático’, aunque consista en aplicar el resultado de un referéndum -la votación con mayor participación de la historia británica, por cierto- y en ofrecer a la oposición unas elecciones. Pero, bueno, empezamos a estar acostumbrados a que se llame antidemocrático lo que sale de las urnas, y a aplaudir lo que no.

El caso es que Johnson está en una posición endiabladamente difícil. No va a lograr su plan con esta cámara. La oferta de elecciones fue una magnífica jugada, porque ha puesto a Corbyn en el brete de rechazar lo que lleva tiempo diciendo que quiere, y quedando como el hombre que no quiere conocer la opinión de los británicos.

Johnson tiene la posibilidad de no trasladar la ley Benn-Burt a la Reina para su aprobación. Por las buenas, es su perrogativa en el sistema británico. Eso obligaría prácticamente a Corbyn a pedir elecciones. Luego Johnson tendría que presentar candidatos claramente ‘leavers’ para quitarle votos al partido de Farage y cruzar los dedos.  

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