FRANCIA

La sospechosa ‘alarma contra el antisemitismo’ de Emmanuel Macron

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A Macron le viene como agua de mayo el incidente de Finkielkraut, poder atribuirles todos los demás y declarar una ‘alerta antiantisemita’ con la cara de los ‘gillets jaunes’ en la diana.

Se supone que hay una ‘ola de antisemitismo’ en Francia. Las autoridades denuncian un aumento del 74% de los ataques contra judíos en el último año, y el presidente Emmanuel Macron, en consejo de ministros, comentó el «inaceptable incremento» y añadió que «el antisemitismo es un rechazo a la república, del mismo modo que atacar funcionarios electos o instituciones es un rechazo de la República».

Esta narrativa, sin embargo, presenta algunas dificultades. La primera es que el presidente no se refirió al asunto en abstracto, a cualquier ataque a judíos por el hecho de serlo -una verdadera tradición en Francia, inventora ella, no Alemania, del antisemitismo moderno-, sino a unos incidentes afortunadamente sin víctimas protagonizados por los ‘chalecos amarillos’.

No hay, por ejemplo, incidentes con víctimas mortales, ni siquiera heridos. Han sido casos de acoso e insultos, fundamentalmente. Repasémoslos un instante: Esvásticas pintadas en retratos de Simone Weil, prominente política superviviente del Holocausto. Una tienda de bagels pintarrajeada con la palabra Juden en su escaparate. Un árbol recientemente plantado en el suburbio parisino de Sainte-Genevieve-des-Bois en honor a la víctima judía de un asesinato se ha hallado talado.

Sobre todo, por la prominencia de la víctima, el pensador judío Alain Finkielkraut, insultado con injurias antisemitas en una manifestación de los ‘chalecos amarillos’; de hecho, este es el único incidente de esta ‘ola’ en el que puede culparse a los manifestantes de ofensas antisemitas.

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Desagradable, muy desagradable, pero: ¿una oleada de antisemitismo? ¿Y achacabe a los ‘chalecos amarillos’? El presidente tiene demasiados incentivos para pintar a los ‘chalecos’ con los peores colores ante la opinión pública, porque esta protesta masiva, con la insistencia en la algarada callejera que solo se conoce en Francia, se alarga ya varios meses sin que dé señales de venir a menos.

Sí, ya sabemos que el lector probablemente leyó algunas informaciones y vio algunas fotos y vídeos cuando estalló al principio y no volvió a saber más. Se llama ‘apagón informativo’, y la causa es puramente política. No se ha querido seguir informando, pero los chalecos amarillos han mantenido su revuelta, igual que la policía francesa ha empleado cada vez mayor contundencia en reprimirles, sin que hayamos oído demasiadas (ninguna) denuncias de brutalidad policial.

¿Quiénes son estos ‘chalecos amarillos’? Es difícil identificarlos, porque la protesta, iniciada por la subida del impuesto de los carburantes, ha convocado a millones de descontentos de esa ‘Francia periférica’ a la que nunca se le oye. Son los perdedores de la globalización, la vieja clase media que no sabe dar nombre a su decadencia y que se siente el jamón del sandwich, entre la élite parisina y los inmigrantes e hijos y nietos de inmigrantes que se llevan todos los mimos populistas de los políticos.

Hay de todo, como en botica, aunque solo sea porque hay muchos grupos deseando que haya bronca en la calle para reivindicar lo suyo, incluyendo los pescadores a río revuelto que no les hacen ascos a un poco de pillaje, si se tercia. Es, por tanto, difícil describir a los que no tienen un nombre aún, salvo la prenda que les identifica, pero quizá quien mejor los ha identificado sea José Javier Esparza en ‘Lo que está pasando en Francia no se puede decir’. Léanlo.

Por eso a Macron le viene como agua de mayo el incidente de Finkielkraut, poder atribuirles todos los demás y declarar una ‘alerta antiantisemita’ con la cara de los ‘gillets jaunes’ en la diana.

Pero hay otra dificultad para tomarse en serio esta alarma, y es que sí existe un antisemitismo verdaderamente peligroso en Francia y sí es cierto que los judíos franceses están lo bastante alarmados como para pensar en emigrar. Y si no se habla de este antisemitismo es porque sus perpetradores son los ‘autores equivocados’, los que no encajan en la narrativa: fundamentalmente, de extracción norteafricana y de religión musulmana. Cualquiera que se moleste en reparar en los números comprobará que es de los suburbios de París repoblados por la población de inmigrantes de primera, segunda y tercera generación de donde están huyendo los judíos a toda velocidad. Pero, ¿qué político se atreve a decir eso, pudiendo deshacerse de su quebradero de cabeza acusando a los que protestan contra su mandato?