UNIÓN EUROPEA

Macron y el olor del miedo por la mañana

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Están desesperados: no se me ocurre una primera deducción más obvia al grandilocuente mensaje del presidente de la República Francesa a «los ciudadanos europeos», es decir, a unos individuos que, oficialmente al menos, no existen.

Están desesperados y tienen prisa, quieren avanzar en una huida hacia adelante porque el proyecto europeo se resquebraja. El verdadero ‘ciudadano europeo’ -es decir, el ciudadano alemán, el italiano, el español, el francés– está, como demuestra la deriva electoral, cada vez más insatisfecho de un tratado internacional que, sin más, quiere pasar a ser otra cosa, convirtiéndolos en ciudadanos de otro Estado a sus espaldas y sin su opinión explícita.

Cita tres ‘ejes’ sobre los que asentar el proyecto europeo que, muy evidentemente, aspira a liderar, que la ‘grandeur’ francesa no se cura por mucho que el sujeto hable de Europa: libertad, protección y prosperidad.
En lo primero es absoluta y desenfadadamente orwelliano. En ese apartado, por ejemplo, escribe que, «a través de reglas europeas, debemos desterrar de Internet el discurso del odio y la violencia». A estas alturas, creo que ya todos y todas sabemos cómo se ‘destierra’ ese discurso -antes tenían la decencia de llamarlo ‘censura’, sin tapujos-, y cuál es la sesgadísima definición que dan las autoridades europeas -la policía británica es líder en esto, habiéndose convertido en el hazmerreír ignorando los crímenes graves y encarcelando tuiteros– a qué constituyen exactamente ‘odio’ y ‘violencia’.

La ‘protección’ es más clara: un ejército paneuropeo, para ir abriendo boca, después de repetir el viejo ‘canard’ -aquí el galicismo está justificado- de que ha sido la Unión Europea lo que ha impedido a los europeos matarnos entre nosotros tras las dos guerras mundiales, sin mención alguna a la causa más obvia: el poderío militar norteamericano y la política de bloques de la Guerra Fría.

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Y la ‘prosperidad’, palabra flexible donde las haya, hace referencia al viejo ‘dirigisme’ francés. Todo el discurso suena a hacer de Europa una verdadera fortaleza, sin explicar en absoluto qué hace que Europa sea un área cultural definida, incluso un continente cuando geográficamente es solo el extremo del continente euroasiático.

Están desesperados. Hasta Soros confiesa con sus decisiones que va perdiendo. El financiero internacional, que gusta de indicar a nuestros líderes políticos lo que tienen que hacer, ha rectificado clamorosamente en su postura frente a China y ahora alerta del ‘peligro amarillo’, en una de sus tribunas para Project Syndicate. Es evidente su miedo a que la UE no llegue a ser la superpotencia soñada que pueda pararle los pies al gigante asiático antes de disolverse como un azucarillo en café caliente.

Aunque los liberales se cuentan entre los más entusiastas defensores del proyecto europeo, lo evidente es que se trata de un club crecientemente colectivista al que se nos pide que sacrifiquemos cada vez más nuestras individualidades.

Soros está perdiendo porque está mostrando sus cartas de modo demasiado evidente y precipitado, algo que no hace ningún líder que sienta que está ganando. Y la carta de Macron es solo el reflejo megalómano de ese miedo.