PUBLICIDAD

Más de medio millón de subsaharianos esperan en Libia su entrada en Europa

|

Son 660.000 los subsaharianos que esperan en Libia el momento de lanzarse a la mar para alcanzar los puertos de Europa, en una tendencia que no tiene visos de desaparecer.

No es su país, ni han llegado a él porque les atraiga lo mínimo. De hecho, Libia es ahora apenas un país; más bien, un estado fallido desde la ‘revuelta’ microgestionada desde Washington que puso fin al régimen -y a la vida, en circunstancias espantosas- del líder Muamar Gadaffi. Y, para millones de subsaharianos, especialmente jóvenes y varones, la meta final antes de iniciar el ansiado desembarco en ese espejismo de prosperidad que es para ellos Europa.

PUBLICIDAD

Libia no es, ni puede ser, el destino. Está allí esperando, aguardando a que los traficantes de seres humanos a los que han pagado cuantiosas sumas, verdaderas fortunas para estos desafortunados, les encuentren sitio en una balsa que, a su vez, se coordine con el barco de algunas de las ONG que hacen las veces de auténticos servicios de taxi marítimo, les recojan y les depositen en cualquier puerto de la orilla norte del Mediterráneo, fin de su odisea.

Este contingente, por lo demás, es solo una fracción mínima de quienes, en todo el Tercer Mundo y según los estudios demoscópicos más serios, tienen la intención de mudarse a Europa o Estados Unidos en cuanto surja la ocasión. Hablamos de muchos millones.

Suscríbete a nuestro nuevo canal

Bueno, ¿y cuál es el problema? Por un lado tenemos un continente riquísimo, próspero, con excelentes infraestructuras y probadas instituciones que garantizan libertades y derechos, pero cuya población envejece irremisiblemente y que necesita desesperadamente sangre joven, y por el otro, países pobres con instituciones endebles, pero una población tan joven como abundante. Demanda, te presento a la oferta. Un matrimonio hecho en el cielo, que dicen los anglosajones, ¿no?

Aparentemente, no. En Italia, por poner un ejemplo cercano en el tiempo y en el espacio, bastaron dos años de ‘invasión’ -unos 700.000 subsaharianos entrando ilegalmente en el país- para que el espectro político saltara por los aires y los italianos eligieran a dos partidos ajenos al habitual consenso, dos desconocidos: el Movimiento 5 Estrellas, de reciente formación, que podría compararse vagamente con Podemos, y la Liga, antigua Liga Norte, un partido separatista reconvertido en una especie de Vox, para entendernos. Y esta extrañísima pareja ha podido coaligarse por un solo punto en común: había que poner coto a la entrada de ilegales. ¿Se han vuelto repentinamente racistas los italianos? ¿Lo son más que cualquier otro país de su entorno?

Algo parecido ha sucedido en Gran Bretaña en las últimas europeas, en las que un partido recién creado, el Brexit Party, se ha impuesto sobre otros con siglos de hegemonía, dejando al partido en el poder con un mísero 8% del voto. En Francia, en esas mismas elecciones, el temido Frente Nacional (ahora Rassamblement National) de Le Pen ha superado también al partido de Macron, y el esquema se reproduce en mayor o menor medida en toda la Unión Europea.

PUBLICIDAD

Lo que muchos europeos están descubriendo es que un país no es meramente una economía, y que los individuos no son meras piezas de Lego que puedan sacarse de aquí para ponerse allí sin que afecte a la estructura en absoluto. Los países son, sobre todo, su población. Si la cambias, tienes otra cosa, otro país. Y, al parecer, muchos europeos, quizá una mayoría, no quieren dejar de ser lo que son: alemanes, italianos, franceses, británicos… O españoles.

Para empezar por lo menor, el aporte demográfico no es equilibrado. Ya hemos dicho al principio que se trata, en su abrumadora mayoría, de varones jóvenes, lo que introduce un desequilibrio sexual que nunca ha favorecido a sociedad alguna. Cuando hay significativamente más varones que mujeres, eso significa un buen número de varones sin pareja, y los varones sin pareja constituyen un colectivo especialmente problemático.

Por otra parte, la automatización de la industria hace que los empleos que se necesitan sean cada vez menos los que mejor puede aportar una población extranjera no cualificada. De hecho, los estudios hablan de una proporción mayoritaria de recién llegados que no trabaja… Y a los que hay que alojar, vestir, alimentar y ofrecer sanidad y educación. Incluso si a largo plazo se cumplen las previsiones más halagüeña, lo cierto es que no vivimos en el largo plazo.

PUBLICIDAD