RETRASO EN LA VOTACIÓN

May pide una prórroga y los ‘leavers’ se huelen juego sucio

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El ‘Brexit’ es, a la vez, el asunto dominante de la escena política y el más transversal. No puede trazarse una línea con respecto a la decisión de salir o no de la UE que deje a los ‘tories’ a un lado y a los laboristas al otro.

Si los Comunes no aprueban en segunda votación prevista para el 12 de marzo el desastroso acuerdo de desconexión que alcanzó con Bruselas, advierte Theresa May después de la descomunal derrota en la primera, la primera ministra británica someterá a votación si la cámara apoya que el Reino Unido abandone la Unión Europea sin acuerdo, que es lo que sucederá por defecto el 29 de marzo, tal y como estaba previsto.

Y si, aun así, la mayoría apoyara salir por las bravas del club europeo, May pediría un «breve» aplazamiento sobre la fecha prevista.

Mientras, los laboristas, que tienen todas las papeletas para recoger el premio de la desoladora gestión que ha hecho May de las negociaciones y gobernar cuando termine su mandato, insinúan su intención, en caso de llegar al 10 de Downing Street y al control de los Comunes, de celebrar el ansiado segundo referéndum, ya que en el primero los británicos votaron mal.

Así las cosas, todo apunta a que la opción menos probable de todas es una despedida a la francesa -frase desafortunada en este caso-, seguida, quizá, de la aceptación del espantoso acuerdo firmado por May y que, como lamentan sus críticos, equivale casi a seguir siendo gobernados por Bruselas pero sin participar en ese gobierno, lo peor de ambos mundos.

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Pero tal vez no. El sistema electoral británico, como se sabe, no es como el nuestro. Allí uno representa un distrito bien definido, un distrito cuyos intereses e inclinaciones debe conocer bien y no desafiar por la cuenta que le trae. Y hay demasiados diputados laboristas que representan distritos donde el «no» a Bruselas triunfó holgadamente.

Eso, por no hablar de que los escándalos que rodean al líder laborista Jeremy Corbyn y su supuesto antisemitismo no han permitido a su partido sacarle todo el jugo a la debilidad de sus rivales conservadores. No, un segundo referéndum no sería coser y cantar en absoluto, por no hablar del demoledor efecto psicológico de desoír una consulta vinculante que convocó un gobierno reticente asegurando una y otra vez que lo que saliera iría a misa.

El ‘Brexit’ es, a la vez, el asunto dominante de la escena política y el más transversal. No puede trazarse una línea con respecto a la decisión de salir o no de la UE que deje a los ‘tories’ a un lado y a los laboristas al otro. No: hay una fuerte ala ‘brexiteer’ entre los conservadores, pero también en sus filas figuran destacados eurófilos (como lo ha sido siempre la propia May), igual que los laboristas están acerbamente divididos en este asunto. Su líder, Corbyn, aunque no especialmente partidario de la desconexión, sí se ha pronunciado a favor de cumplir la voluntad popular.

Todo lo que rodea este asunto ha sido desde el primer momento un ejemplo de historia en la que todo sale mal. El referéndum lo convocó el Gobierno conservador de David Cameron, que hacía campaña por la continuidad con el apoyo de la City y las élites británicas y europeas. Le salió mal, dimitió, y en su lugar se quedó su ministra May, igualmente contraria a la salida pero obligada a negociarla. Con resultados previsiblemente desastrosos, mientras los ‘remainers’ hacían continua campaña para que se repitiera el referéndum (¿hasta que salga el sí?) o, mejor aún, se olvidara todo el maldito asunto.

Mientras la división que el tema ha introducido en los dos grandes partidos aumenta el desconcierto y la sensación de desgobierno. Los ‘tories’, pese a gobernar, desconfían unos de otros, y en el caso del último plan de May, los ‘leavers’ recelan de su jefa de filas más que de sus contrarios. Uno de los grandes campeones del Brexit entre los conservadores, el diputado Jacon Rees-Mogg, declaró en Sky News sobre el anuncio de la primera minista que si el retraso propuesto es un truco para evitar el ‘Brexit’, «sería el error más garrafal que podría cometer un político. Supondría contradecir el resultado de un referéndum y dos elecciones generales -una para convocar el referéndum y otra para respaldarlo- y minaría nuestra democracia».