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El muslo número dos. Por Julio Ariza

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Dentro de la esperpéntica caza de brujas que la internacional progresista ha replicado por distintos países contra personajes públicos, hay una que es especialmente chusca: la relativa a los eventuales tocamientos que pudieron haber realizado hace veinte, treinta e incluso cuarenta años. Ahí es nada. Hay memorias realmente poderosas. Desde que pusieron en marcha el circo mediático del “Me too” (curioso boomerang el de que una de sus más significativas lideresesas acabara siendo denunciada por el adolescente del que ella misma abusó), ha habido numerosas víctimas de la difamación, cuando no del choteo, como el presidente Trump (lo que no le hagan a él), el bueno de Plácido Domingo (en un caso demencial que hace daño a un hombre bueno) y ahora Boris Johnson. Curiosamente, los presidentes de izquierdas no realizaban antaño tocamiento alguno sin el debido consentimiento explícito del “tócame, anda” (bueno, salvo Bill Clinton, pero eso no fueron tocamientos sino una relación sexual en toda regla del jefe con la becaria, lo cual le permite seguir por el mundo como si nada, dando conferencias, consejos y abrazos numerosos). 

A Boris Johnson, cuya efigie le ha venido tan bien a Donald Trum para compartir diana mediática, se le acusa ahora, justo ahora, en pleno Brexit, en plena crisis parlamentaria, en plena convención del partido Conservador, oh casualidad, de haberle tocado el muslo a una señora por debajo de la mesa en el transcurso de un almuerzo… ¡hace más de veinte años! Él lo niega en rotundo, molesto, seguramente, de no haber sido mínimamente consciente del momento. La denunciante, una periodista llamada Charlotte Edwards, le acusa, a mayor abundamiento, de haberle tocado el muslo  a otra señora más, cuyo nombre sería Mary Wakefield. No aclara la periodista si el tocamiento pudo ser simultáneo, alternativo o sucesivo.

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El caso es que la señora del muslo número dos ha aparecido. En la conferencia del partido conservador había circulado un rumor de que Mary Wakefield, casada con Dominic Cummings, jefe de gabinete de Johnson, era la otra mujer. Imagínense al pobre Dominic.

Sin embargo, la fiel esposa del jefe de gabinete desmintió en rotundo que ella fuese la mujer cuyo muslo supuestamente apretó el primer ministro a finales de los noventa, con ocasión de un almuerzo: «No soy la mujer mencionada en la columna de Charlotte Edwardes». Dominic salvó en ese momento la testuz. Ella agregó: “Boris era un buen jefe y nunca me pasó nada como esto. Tampoco Charlotte, a quien me gusta y admiro, me comentó nunca nada al respecto”.

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En fin, que al menos el segundo de los muslos no fue tocado. Agua, pues. 

Como todo vale cuando se trata de gente como Boris Johnson o como Donald Trump, no importan ni los daños colaterales sobre las familias ni la erosión que se produzca en la credibilidad de abusos intolerables que sí deben ser perseguidos, a ser posible sin dejar que hayan pasado más de 20 años.

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