PUBLICIDAD

¿Qué pasó en Tiananmen?

|

Se cumplen treinta años del fin de las revueltas estudiantiles de la Plaza de Tiananmen, en Pekín, a las que el gobierno comunista puso fin con una masacre que no pudimos ver. O, quizá, no.

Imagine que esa película minoritaria de culto, ya descatalogada, de la que tan bien le han hablado y que no encuentra por ninguna parte, la halla al fin, dividida en dos partes, en Youtube. Empieza a ver la primera, y cuando la acción alcanza su clímax, en su punto más emocionante, en el momento en que el drama roza su resolución, el vídeo se acaba. Y al poner el siguiente, la escena es completamente inesperada, calma, sin relación alguna con esa crisis inevitable que se anunciaba al final de la primera. Es evidente que a la película le falta un trozo clave.

PUBLICIDAD

Esa fue la situación del mundo entero ante la crisis de la plaza de Tiananmen, en Pekín, de la que esta semana se ha cumplido el aniversario. Pero rebobinemos un poco en ese ‘Año del Milagro’ de 1989.

Bastó que el recién elegido líder soviético, Mijaíl Gorbachov, anunciara su política de ‘Glasnost’, Transparencia, para que el imponente edificio del comunismo, que entonces aún dominaba medio planeta, se empezara a resquebrajar a ojos vista. Fue un desplome que sorprendió a observadores, pensadores, periodistas y -lo más sorprendente- a las propias agencias de inteligencia occidentales, que contaban con que habría comunismo para mucho, mucho tiempo.

Suscríbete a nuestro nuevo canal

Y todo transcurrió a una velocidad difícil de creer para tan colosal aparataje: el contragolpe de Yeltsin en Moscú liquida definitivamente el comunismo ruso; desaparece, fragmentándose en una docena de países, la Unión Soviética, y en rápida sucesión todos los países del otro lado del Telón de Acero se deshacen de sus regímenes comunistas impuestos por un Moscú que ya no va a enviarles los tanques; cae el muro de Berlín y las dos Alemanias de la posguerra se reunifican. Cuando ese mismo año empiezan masivas protestas estudiantiles en China ante los ojos del mundo entero, ¿no es natural que detectáramos un patrón y supusiéramos que ahora le tocaba al gigante asiático abrirse a la democracia liberal, en un fantástico ‘fin de la historia’ a lo Fukuyama?

Después de todo, China se había adelantado en un sentido a la propia Unión Soviética, cuando el líder Deng Xiaopin hizo una ‘revolución desde arriba’ en lo económico y abrió China a la competencia internacional, al capitalismo desenfrenado y a la prosperidad, con su lema, desconcertante en un comunista, “enriquecerse es glorioso”.

Los liberales de todo el mundo nos explicaban con mucha paciencia y seguridad que China acabaría en breve por convertirse en una democracia liberal de corte occidental, porque la libertad política sigue a la económica como la noche sigue al día, de suerte que al gigante asiático solo le quedaban dos opciones: o mantenía la apertura económica y, con ella, abría la puerta a la liberalización política, o frustraba los intentos de apertura política, arruinando inevitablemente el naciente modelo capitalista y devolviendo al país a la pobreza tercermundista.

PUBLICIDAD

Y en estas llegó Tiananmen, es decir, la protesta masiva, multitudinaria de miles de jóvenes estudiantes chinos que pedían la democracia y el fin del control del partido comunista sobre el país. Las cámaras del mundo entero pudieron seguir la revuelta, cómo la enorme plaza pekinesa se convertía en un mar de cuerpos donde se organizaban turnos y servicios para aguantar todo el tiempo que fuera preciso.

En el partido parecían vacilar, se dividía en alas partidarias de acabar con la revuelta y otra más inclinada a negociar con los manifestantes. Al fin, los tanques empezaron a avanzar hacia la plaza, donde los estudiantes se juramentaban para resistir. La ‘película’ ganaba ritmo: los tanques estaban ya a unos pasos de la plaza, avanzando en columna; vimos todos, el mundo entero, a aquel tipo cuya fotografía se ha convertido en un icono, parando en solitario, con su inmovilidad como única arma a un metro del primer tanque, la columna entera, y entonces… Fundido en negro.

China cortó las comunicaciones, se hizo el apagón informativo, el país volvió por unos días a ser ese reino invisible para el mundo exterior que había sido con Mao. Pero pronto volvió a levantar el telón, y la escena era de tranquilidad después de la tempestad. Y hasta hoy.

¿Qué había pasado en Tiananmen? La palabra que ha circulado más ha sido la de ‘masacre’. Para los medios occidentales, el único modo en que podía acabar aquello, la calma posterior, era mediante una matanza de manifestantes. Las cifras empezaron a volar. Sir Alan Donald, el embajador británico en Pekín, telegrafió a Londres que las víctimas de la represión ascendía por lo menos a diez mil. Pero luego se supo que sus fuentes no eran precisamente neutrales, sino cercanas a los estudiantes. Hoy la horquilla comúnmente aceptada, aunque notablemente inferior, sigue siendo demasiado amplia, entre varios centenares y unos mil quinientos, y de estos muy pocos en la propia plaza, ya que había habido disturbios en fábricas de otras zonas de Pekín. ¿Cien, mil, diez mil? No hay modo de saberlo con precisión, no hay fuentes objetivas, no hay testigos fiables ni, por supuesto, pruebas. Por lo que sabemos con seguridad, las víctimas en la plaza podrían ser cero.

A treinta años de distancia, y con el beneficio de conocer lo que ha venido después, la narrativa popular se visto cuestionada por nuevas fuentes. Algunas hablan de que, al llegar el ejército a la plaza, utilizó para disolver a la ingente multitud, no las armas propias de una guerra, sino más bien las de cualquier cuerpo antidisturbios: cañones de agua, porras, pelotas de goma.

PUBLICIDAD

También hay voces que aseguran que no fue exactamente una película de buenos y malos, que los estudiantes llegaron a linchar, e incluso quemar vivos a algunos soldados capturados y que se hicieron con sus armas, provocando la reacción violenta de sus compañeros.

En definitiva, quizá nunca sepamos con exactitud y de forma indiscutible qué paso en esos escasos días en los que se ‘arregló’ la protesta de Tiananmen, para luego volver a alzar el telón sobre una situación de calma. Lo que sí sabemos es que todos los gurús, todos los profetas de Occidente se equivocaron: en China, el Partido Comunista no perdió el control, no abrió la mano, no permitió la libertad de expresión ni renunció a la censura. De hecho, hoy Xi Jinping gobierna con más poderes que sus predecesores, y solo en esa anomalía costera, Hong Kong, con su ‘sistema especial’, es escenario de protestas.

Por otra parte, eso no ha parado el desarrollo chino en absoluto. China es la segunda potencia económica mundial, avanza a velocidad de crucero, vende sus productos al mundo entero, le pone las peras al cuarto a la hiperpotencia americana en el Mar del Sur de China y en los mercados internacionales. Cualquiera puede señalar las debilidades del sistema chino, pero nadie puede dudar seriamente de que China es una potencia de primer orden que crece a una velocidad que asusta.

Masacre o simple dispersión policial, al cumplirse treinta años del fin de la revuelta, Tiananmen no fue ni la tumba del experimento del “socialismo con características chinas” ni el alba de una democracia abierta, sino, quizá, una mera anécdota en el desarrollo del gigante que pudo haber frustrado su marcha si no lo llegan a resolver… Como lo resolvieran.