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EEUU-IRÁN

¿Quién quiere una guerra con Irán?

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Donald Trump, con unos resultados económicos espectaculares y una oposición demócrata radicalizada y dividida, tiene unas perspectivas bastante decentes de lograr la reelección en las próximas presidenciales.

También tiene, si es lo bastante insensato para prestar oídos a halcones de su gabinete como John Bolton o Mike Pompeo y culminar la actual escalada con Irán en una intervención bélica, de decir definitivamente adiós a sus posibilidad. Ya puede despedirse de la Casa Blanca, adiós.

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Irán lleva en el punto de mira de la facción neoconservadora de Washington desde antes de que existiesen propiamente hablando neoconservadores, desde Jimmy Carter y la revolución iraní que derrocó al Shah y convirtió el país en una teocracia islámica.

En nuestro país, la crisis se conoce más bien de refilón, por la fragata Méndez Núñez que acompañaba de escolta a buques americanos, que se retiró del convoy cuando éste tomó rumbo al Golfo Pérsico, que muchos temen ver convertido en el Golfo de Tomkin.

La idea, como en todas las guerras que se quieren librar en la actualidad sin parecer el matón del patio geopolítico, consiste en procurar que el enemigo dispare primero o, al menos, pintarlo como si tuviera el dedo en el gatillo y con ganas de apretarlo.

Va a ser difícil que cuele. Irán no solo no tiene el menor deseo de liarse a tiros con el gigante americano -¿quién sí?-, sino que sabe que tendría todas las de perder, obviamente. En una aparición en la televisión estatal, el líder supremo, ayatolá Jamenei, disipó toda aprensión: “No habrá guerra”, dijo, añadiendo: “No buscamos la guerra, y ellos tampoco. Saben que no favorece sus intereses”.

Y es cierto. Los intereses del presidente, para empezar. Un tanto por ciento importante del voto que le aupó a la Casa Blanca se debe a su promesa de dejar de emprender guerritas imperiales para arreglar países remotos, y de liquidar las que todavía están en curso. En esto ha sido tan poco cumplidor como en su promesa de construir un muro en la frontera con México, ha bombardeado una base aérea en Siria, no ha devuelto a casa las tropas en países como Afganistán y ha usado el habitual lenguaje belicista, con un tono algo más barriobajero de lo habitual, en su línea.

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Pero, al menos, no ha iniciado guerras. Los que temían que entrara en la escena internacional como un marinero de permiso buscando bronca en un bar tienen que reconocer que, al menos en esto, no se ha comportado como el demente que temían, al contrario.

De hecho, no parece que él mismo haya cambiado mucho en este sentido; más bien da toda la sensación de que, de un modo u otro, ha perdido la batalla contra el estamento belicista y, rodeado en su propio gabinete con lo más exaltado de la jauría neocon, su papel es el de tratar de apaciguar a los suyos. Lo último ha sido escribir en su medio oficioso, la red social Twitter: “Con todas las Fake News Inventadas por ahí, Irán no puede tener ni idea de lo que está pasando de verdad”. La idea que parece querer transmitir es que, personalmente, él tiene tan pocas ganas de guerra con Irán como Jamenei.

Y hace bien, aunque las últimas presidencias dejan bastante claro que la política exterior americana va un poco por su cuenta, respondiendo a su propia lógica, sin que los presidentes puedan hacer mucho por cambiarla. Y los interesados en entrar en guerra con Irán, que no han dejado de intentarlo a la menor ocasión desde hace ya décadas, pueden acabar encontrando su 'casus belli'. Lo que sería totalmente desastroso para Irán, claro, y para las perspectivas electorales de Trump, naturalmente. Pero también para Estados Unidos.

De hecho, fuera del enrarecido ambiente de Washington, nadie quiere la guerra. El americano de a pie, que probablemente no pueda localizar Irán en un mapa mudo, está harto de tanta guerra con países remotos que ni remotamente plantean 'amenaza existencial' alguna a Estados Unidos.

Para empezar, un 'ataque quirúrgico' no les acercaría a su objetivo, el cambio de régimen; solo significaría dar una patada más a un avispero ya bastante revuelto.

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Para lograr el cambio de régimen tendrían que entrar en el país e invadirlo, lo que hicieron con Irak o con Japón en la Segunda Guerra Mundial. Pero Irán tiene tres veces la población de Irak y es bastante más grande. Y esta vez espero que nadie murmure la estupidez de que “nos recibirán como a libertadores”, que se ha demostrado en todos los casos una profecía nefasta.

Significaría dedicar muchas tropas y una ingente cantidad de dinero a una aventura con dudoso resultado y sin beneficios tangibles para ninguna de las partes, en un momento en que China gana la confianza suficiente para ponerse farruco en el Mar de China y en la guerra comercial, y el inescrutable Putin sonríe mientras acaricia un gato de Angora, murmurando a lo Montgomery Burns: “¡Excelente!”.