YA NO CUELA

‘A mí eso no me lo dice usted en la calle’

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Ignoro los efectos de la mirada de don José María en vivo y en directo. Pero si un presidente ‘pepero’ hizo méritos para que se acuñara la expresión “derechita cobarde”, fue él.

Otro vendrá que bueno me hará, reza un viejo refrán que en la política española se cumple como una ley de hierro y que, sumado a la amnesia selectiva del votante, envuelve a los líderes de antaño en una nube rosada.

Cada candidato, cada líder de partido, parece siempre un poco o un mucho peor que el anterior, del que pensábamos que había alcanzado una cota de incompetencia insuperable. Sánchez hace casi bueno a Zapatero; Zapatero convierte a González en un Churchill español.

El votante, así, acaba siempre mirando con nostalgia al que se fue y olvida cómo lo denostó en su día. González baja en contadas ocasiones del dorado Empíreo para posar como el añorado Maestro Yoda de nuestra democracia, y hasta Alfonso Guerra, hermano de ‘miemmano’, parece Solón cuando se digna a descender a la refriega partidista.

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Otro tanto sucede con Aznar, ese hombre. Aznar es el Batman de los populares, que llega cuando el partido en apuros proyecta en la luna la aznarseñal.

Y, desde luego, el partido está en apuros. Hace ya tiempo que el voto al PP es un misterio, un prodigio de irracionalidad. Que se siga votando a un partido que conserva amoroso todo el legado del PSOE sin romperlo ni mancharlo pudiendo votar directamente a los socialistas es intrigante, sobre todo porque lo hace diciendo previamente que va a hacer lo contrario.

Antes podía tener un vago sentido, porque ni el liberal progresista ni el soberanista tenían dónde ir, pero ese tiempo pasó. El primero tiene a Ciudadanos, tan progresista o más que el PP cuando gobierna, y el segundo a Vox, tan conservador o más que el PP cuando está en campaña.

Y ha llegado Aznar con su acostumbrada humildad: «Hago una llamada desde mi autoridad moral, mi historia, la que se me reconozca, desde mis años y mi experiencia como presidente, apelo a la responsabilidad del votante de centro derecha para que vote al PP y nada más que al PP». No vayamos a pensar que es un donnadie.

Pero la frase que ha copado la atención de los medios y las redes se la ha dirigido al ‘coco’, a Vox: “«A mí nadie me habla de una derechita cobarde mirándome a la cara porque no me aguantan la mirada».

Lo que viene a ser una apelación al viejo argumento de “a mí eso no me lo dice usted en la calle”.

Ignoro los efectos de la mirada de don José María en vivo y en directo; desconozco si tiene superpoderes, al modo de Medusa, con capacidad para convertir en piedra a quien le contemple directamente. Pero si un presidente ‘pepero’ hizo méritos para que se acuñara la expresión “derechita cobarde”, fue él.

No es nada personal, don José María. Nadie duda de su valor físico, que dejó demostrado después de que ETA hiciera estallar bajo su coche una bomba que no le mató por centímetros. Pero su cobardía política está en las hemerotecas, es perfectamente consultable y abundante.

En las redes le han recordado todas las bajadas de pantalones y traiciones a su electorado, señalando muy significadamente su pacto con los nacionalistas -incluyendo eliminar de las listas en Cataluña al equipo que más votos había dado al PP en la región-, pero en unos términos la mayoría de las veces que hace difícil citarles en una publicación para todos los públicos, no sé si me entienden.

El PP es seguidista, y así como siempre lo ha sido del PSOE, ahora trata de imitar las maneras de Vox. Pero ni siquiera imita bien, porque el gesto de Aznar, además de quedar como una chulería de bar, de ese bar que provoca mohínes en el actual candidato, deja a este a los pies de los caballos, como un líder débil que debe llamar en su auxilio a su primo de Zumosol cuando se le doblan las piernas.