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A mi no me ralles o la postmodernidad

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Recuerdo con nostalgia aquellos años 80 en los que se adjudicaba al hombre moderno la cualidad de necesitar, como Santo Tomás, de la prueba empírica para creer en algo… Fe y razón se encontraban constantemente en la reflexión de intelectuales y filósofos,unas veces para concordar y otras para proponer aparentes diferencias.

Hoy aquel “hombre moderno” ha quedado ya muy viejo y la evidencia empírica para este nuevo espécimen digital no es en absoluto un recurso indispensable para su conocimiento;es más,la evidencia empírica es muchas veces completamente irrelevante para su discurso o la elaboración de sus opiniones.

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Aquel hombre de los años 80 negaba que en el vientre de su madre se encontrara un verdadero ser humano y por eso, o al menos así lo explicaba, admitía que aquello que estaba creciendo pudiera ser eliminado con la sola decisión de la mujer. Cuando hoy es científicamente innegable que el ser humano crece dentro de su madre desde el primer momento de la fecundación del óvulo, el hombre del siglo XXI no se molesta ni en negar la evidencia, simplemente recurre a un acto de su voluntad para expresar su pretendido absoluto dominio sobre la realidad.

Este hombre Post moderno occidental construye su realidad más irreal que nunca en la historia negando su propia naturaleza y renunciando así al futuro y el de toda la especie. Como aquel periodista al que la realidad no podía estropearle un buen titular este nuevo ser humano no permite que lo real, es decir ,ninguna evidencia empírica,le estropee su esterilizante visión del mundo.

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Creer que toda esta forma de pensar y actuar procede de una natural evolución del pensamiento es una estupidez. Una minoría muy malintencionada y aviesa ha conseguido, a través de los medios de comunicación y una infectación cultural abominable, instalar en la opinión pública, es decir en el corazón y la mente de millones de personas poco informadas y peor formadas, la idea de que el ser humano es el Señor de la historia y ninguna ley natural debe limitar su voluntad.

Esa misma impúdica manipulación ha conseguido previamente desnudar esas almas de cualquier espíritu crítico y de la más mínima capacidad de reflexión.

Minorías poderosísimas y riquísimas que utilizan despiadadamente a mayorías ignorantes para fulminar y exterminar a otras minorías lúcidas y  cuerdas que sucumben al aullido arrollador de masas ciegas y sordas convenientemente domesticadas…Así el hombre en abstracto es el Señor de la historia mientras cada uno de los seres humanos en concreto no son más que impotentes esclavos de reyezuelos sin escrúpulos enfermos de pasión por el poder.

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El hombre moderno creía que con la razón podía alcanzarlo todo y resolverlo todo.

El hombre posmoderno rechaza la razón y la lógica enalteciendo exclusivamente sus vicios y sus deseos como únicos motores de los cambios sociales y de la marcha de la historia. La Fe quedó eclipsada por la supremacía de la razón y ésta ha sido aniquilada por la voluntad y el poder.La muerte de Dios que preconizaba Nietzsche no dio la victoria a la razón humana sino a la sinrazón de lo antinatural y el suicidio de la inteligencia.

La nueva esclavitud no es tan solo la de esas masas de “casi mileuristas” desprovistos de toda esperanza en lo material sino sobretodo la de millones de seres humanos inconscientemente deformados por una manipulación sin límites que les incapacita para reflexionar sobre su propia naturaleza y la construcción de su propio futuro en libertad. El Santo Tomás de esta postmodernidad no niega las heridas de Jesús,las mira encogiéndose de hombros mientras se da la vuelta para marcharse y murmura: “a mí no me ralles”.

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