TRIBUNA

Adolfo Marsillach: escenificar a los clásicos

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Adolfo Marsillach (1928-2002) creó y mantuvo al frente de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, de manera firme y apasionada, durante una década, un claro criterio estilístico con respecto al tratamiento de los clásicos en el escenario. Consolidó una forma nueva de entender la puesta en escena del teatro del Siglo de Oro español y aseguró las bases de una Compañía que lo acercó al público contemporáneo, convirtiéndolo en el elemento fundamental para refrendar una decidida personalidad profesional.

Mariano de Paco Serrano, director de escena y doctor en Literatura Española, recorre y analiza pormenorizadamente en ‘Adolfo Marsillach. Escenificar a los clásicos’ el trabajo del actor, autor dramático, director de teatro y escritor español aportando, además, una interesante documentación sobre su proceso de puesta en escena. Un trabajo que nace recuperando su tesis doctoral ‘Adolfo Marsillach Director de Escena: Montajes en la Compañía Nacional de Teatro Clásico’ y que, reconoce, ha sido un trabajo que le ha resultado muy gratificante, primero porque al estar vinculado a su profesión de director de escena le ha permitido continuar investigando sobre el gran director que fue Marsillach y luego porque es verdad que, en el mundo académico, tesis de práctica teatral hay bastantes menos, no hay estudios de análisis de escena: “Además, había algo que me seducía mucho a la hora de hacer el análisis de las puestas en escena y era, al igual que cuando trabajo como director quiero que el mensaje llegue de la manera más nítida al espectador, lograr ese paralelismo con el lector de teatro. Me apetecía que el lector de este libro pudiera hacerse rápidamente una imagen en su cabeza de lo que fue esa puesta en escena. Darle los datos suficientes para que pudiera vivir de alguna manera el teatro en su cabeza”. De Paco ha aplicado también una categoría que ha llamado ‘guión argumental para la puesta en escena’, “como un intermedio entre el texto escrito y el resultado escénico. De manera que sería la elaboración intelectual que hace el director de escena en su cabeza con vistas a ponerlo en marcha en los ensayos a raíz de los elementos que el propio director ha encontrado en el texto”.

Escenificar a los clásicos

De Paco realiza un recorrido que comienza desde la personalidad de Adolfo Marsillach, continua con la creación de la Compañía Nacional y analiza, detenidamente, las diez primeras obras el Siglo de Oro español incluyendo, aunque no sea Siglo de Oro estricto, La Celestina “porque es germen precedente de todo lo que viene”. Así, desde la introducción, cómo se gesta la idea de esa obra, los condicionantes, el análisis de la puesta en escena y respuesta a cuestiones como la iluminación, los colores del vestuario, el movimiento… Durante el recorrido descubrimos un momento importante y que define la personalidad de Marsillach: “Inaugura la Compañía en 1986 con El médico de su honra de Calderón y el último clásico español que sube a las tablas en el ‘94 es El médico de su honra. Repite el ciclo. Hace el mismo montaje, lo repite diez años después. Normalmente tiendes a añadir cosas o a quitar y él hace exactamente el mismo, sólo cambia los actores. A mí eso me parece un prodigio de sutileza y de claridad, de tener las cosas muy claras de lo que querías hacer desde el principio. ‘El médico de su honra’ fue modernísimo para su época. Es verdad que lo que hace Marsillach viene de lo que antes otros ya comenzaron, pero Adolfo es el que, de alguna manera, pega el golpe en la mesa y cambia un poco las tornas de la puesta en escena del teatro español”.

Creación y consolidación de la Compañía

Todo esto surge de aquellos primeros estudios de Derecho de Mariano de Paco, “cuando comienzo con la dirección de escena me apetece escribir y tratar sobre sus derechos de autor, que en España no están reconocidos. No es igual un ‘Don gil de las calzas verdes’, de Tirso de Molina o ‘El médico de su honra’, de Calderón, montada por un director que por otro. El director debe tener ese reconocimiento como creador. Luego la puesta en escena es el resultado de muchos creadores, iluminadores, escenógrafos… eso no quita para afirmar que el director tiene una propiedad intelectual, unos derechos”.

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La consolidación de una compañía estable y de repertorio, la entrega constante a la formación de actores y la utilización de personalidades de reconocido prestigio intelectual y literario para la realización de las versiones y adaptaciones de los textos conforman el sello personalísimo y el estilo de Adolfo Marsillach como director de clásicos y de la Compañía Nacional encargada de recuperarlos, conservarlos, revisarlos y difundirlos para el espectador actual: “La estructura de gestión que estamos viviendo actualmente en las Artes Escénicas la hizo Marsillach por encargo de José Manuel Garrido (el que fuera director general del INAEM y luego Secretario de Estado de Cultura nombró Director del Teatro Español a Marsillach). Garrido le hace el ofrecimiento a Marsillach en un festival de Almagro. Crear una Compañía Nacional de teatro clásico. Todo lo actual nace de allí. Fue un momento en el que la cultura también tenía un respaldo económico importante, es innegable pero, además, ese momento se encontró con una serie de gestores que apostaron firmemente por ella”.

Amor a los Clásicos

Decía Marsillach que “todo amigo era un enemigo en potencia” y precisamente estas palabras las recordaba su viuda, Mercedes Lezcano, hace unos días en la presentación de las memorias del director: “Una leyenda negra siempre ha merodeado a su alrededor. Leyenda que sale de los que le envidian, que son unos cuantos. Viene de aquella época en la que fue nombrado director de la Compañía. Le acusaban de que no le gustaban los clásicos”. Y esa leyenda la desmonta desde el principio del libro De Paco abriendo con citas de Marsillach, “algunas del ‘75 en las que él toma postura sobre los clásicos, sobre el verso, nadie a quien no le gusten los clásicos puede hacer lo que él hizo. Marsillach podía, en esa época, hacer lo que quisiera. Estaba haciendo televisión, cine… con éxito y se dedicó al teatro clásico. No sólo le gustaban, sino que los apreciaba y los adoraba. Para empezar, sobre todo modernizó la forma de decir el verso, la prosodia del verso. Las estructuras del clásico se habían mantenido muy fieles a lo que algunos consideraban y terminaban fijadas, pero él tenía muy claro que el verso podía ser asequible para el gran público. Adolfo tenía un profundísimo respeto por el público y por los gustos del público además de por los textos. Él estableció el éxito de la Compañía en: tratar a los versos como obras de arte sin sacralizarlos, cambiar la forma de decir el verso, actualizarlo y acercar los espectáculos al público. Tenía muy claro que el teatro hay que hacerlo para el público. El concepto de la diversión, el ‘divertire’ latino, el teatro no lo debe perder nunca y eso Adolfo lo tenía clarísimo”.

Marsillach era un genio en sí polifacético, “todo lo que hacía en la Artes lo hacía bien. Era buen actor de cine, un guionista maravilloso, muy buen dramaturgo… él era un hombre de teatro y dominaba el ritmo del teatro. Independientemente de la altura intelectual que tuvieran algunos textos eran textos muy teatrales, de ritmo muy teatral”. A todos estos ingredientes se unía su profundísima ironía, “el análisis de su ironía daría para otro libro y ese es uno de los cambios sutiles basado un poco en esas tres premisas que señalé anteriormente. Sin banalizarlos, no hay que banalizarlo nunca, decía siempre, pero tampoco sacralizarlos y comenzó a hacerlos con humor”. Hasta ese momento tenía que ser todo muy serio, plúmbeo, “y Adolfo empezó a sacar lo que tienen los textos. La mayoría de ellos son comedias y escritas con doble sentido para burlar un poco la moral de la época etc. Él sacó el humor a los clásicos que hasta ese momento nadie lo había hecho”.

Sin olvidar que la Compañía, de la mano de Marsillach, también saneó sus cuentas: “Se está consiguiendo más de lo propuesto inicialmente. Yo pensé que los grandes éxitos se conseguirían a los cinco años de comenzar a trabajar, y resulta que a la segunda temporada ya los hemos obtenido. Es más positivo de lo imaginado”, señalaba. La compañía que creó e impulsó Marsillach caló en la sensibilidad teatral de la ciudad, sus casi 50.000 espectadores lo ratificaban, “porque la hicieron muy bien. La coyuntura económica se daba y los gestores, afortunadamente, decidieron que todo ese impulso económico iría dirigido a la Cultura. Cuando Garrido le ofrece la dirección, Marsillach dice que el teatro clásico debe ir en un espacio no convencional e idea lo que era exactamente hasta hace poco el proyecto de Matadero. Vamos a buscar una nave, decía”. A propósito de Matadero, De Paco apunta, “Matadero lo han destruido, lo han vaciado de sentido. Tenía público y le han quitado el teatro. Se hizo una inversión grande para conseguir unos teatros y espacios teatrales, los llenaron de contenido y de público y, finalmente, lo han vaciado de teatro, han perdido el público y han tirado el dinero. Adolfo señalaba que una de las cosas que él veía necesarias precisamente para contemporanizar la visión sobre los clásicos era hacerlo en espacios que no fueran espacios a la italiana y lo que explicaba y planteaba, como visionario que fue, era Matadero”. No se pudo llevar a cabo, “en aquellos tiempos no encontraron el lugar, no existía, había que hacer inversión grande y demás y alquilaron el Teatro de la Comedia y hasta hoy, pero ojalá hubieran conseguido llevar su idea inicial, un concepto de un teatro que no sea de ocho a diez, sino un sitio que esté permanentemente abierto, que se acerca más al concepto inglés”.

Indiscutiblemente, Adolfo Marsillach creó un nuevo modo de entender el teatro del Siglo de Oro consiguiendo en el público que llenaba el teatro su mejor aliado y el valedor indiscutible de su sistema de trabajo. Acercar el teatro a un público que se había alejado de él se convirtió en una prioridad para el director y su modo de hacerlo fue a través del establecimiento de una visión contemporánea de los espectáculos y un nuevo concepto de la definición de los clásicos.