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Apología del plagio

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Dedica el diario ABC su portada a las acusaciones de plagio del presidente del Senado, al que hay que llamar así, “presidente del Senado”, porque por su nombre no se enteraría nadie, ya que a nadie le interesa gran cosa el Senado.

Tampoco, estoy convencido, le importa a nadie si plagió o no el presidente del Senado en un manual, lo que da una idea de lo ridículamente irrelevante que se ha convertido la prensa convencional. El supuesto ‘escándalo’ no mueve un solo voto en una dirección u otra.

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Personalmente, en cambio, el asunto me causa cierto sobresalto, porque estoy convencido de ser un campeón del plagio. Si alguna vez llegara a algo en política, seguro que algún rival podría encontrar en lo que he escrito decenas, cientos de plagios, de ideas ajenas y aforismos más o menos alterados que no he atribuido a su autor, o incluso de los que ignoro por completo al que los escribió primero.

Idealmente, de hecho, un periodista debería ser un plagiario de la realidad, y no hay tantas maneras adecuadas de transcribir determinados hechos, o siquiera ideas elementales. Si el sr. X murió atropellado por un camión, no veo muchas maneras de titular que el sr. X murió atropellado por un camión, salvo los añadidos que permita el espacio en el titular.

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El señor Sánchez, por ejemplo: yo no sé si ha plagiado su famosa tesis o si se la han hecho y, la verdad, el asunto no me quita el sueño ni creo que le altere el pulso a nadie. Pero le oigo hablar y veo su discurso tan trufado de plagios que es como si estuviera escuchando un ‘remix’ de soporíferos retazos de mil arengas progresistas, siempre idénticas a sí mismas en su absoluta vaciedad.

De hecho, estoy convencido de que la obsesión por evitar a toda costa las acusaciones de plagio -la obsesión por la originalidad- han hecho más daño al periodismo que los propios plagios. Porque, siendo las cosas como son y la verdad, una, y no habiendo infinitos modos correctos de expresarla sin equivocar u ofuscar, lo lógico sería que el modo de expresarla fuera lo bastante parecida en todos como para suscitar las sospechas de plagio.

El País de hoy, por ejemplo, saca a primera una historia en la que vuelve a esa cansina ‘trama rusa’ que, tras dos años de investigación exhaustiva, el ex director del FBI, Robert Mueller, tuvo que confesar que no existía. Pero como había sido muy útil a los medios para mantener al presidente Trump con un pie fuera de la Casa Blanca y, sobre todo, como casi todos los grandes medios la habían dado como cosa segura día tras día, ahora siguen moviendo el espantajo como pueden.

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La historia que cuenta El País es, además, entretenida si a uno le gusta el género. Pero contiene, por ejemplo, este delicioso extracto, en su párrafo final: “En este contexto, la sintonía que Trump muestra respecto a Putin ha causado estupefacción en Washington, tanto entre los rivales demócratas como entre los propios republicanos. El mandatario estadounidense llegó a dar la misma credibilidad al presidente ruso que a sus servicios de inteligencia en su cumbre de julio de 2018 —aunque luego matizó sus palabras— y mantuvo, para estupor de los viejos funcionarios de inteligencia, una reunión a solas con él”.

Cuánto estupor, cuánta estupefacción. La sintonía de Trump con Putin -algo que se celebraría con champagne si se hubiese tratado de un presidente afín- se ha traducido en consecuencias prácticas absolutamente nulas, y casi siempre paradójicas: Rusia sigue fuera del G9, Trump bombardeó a su aliado en Siria, arma a sus enemigos en Ucrania y ha aumentado las sanciones contra Moscú. Estoy seguro de que Putin estará abrumado por tanta ‘sintonía’. Dar más credibilidad al ruso que a sus propios servicios de Inteligencia, sinceramente, tampoco me parece muy sorprendente cuando se tienen servicios de Inteligencia que llevan maquinando contra él desde que puso un pie en la Casa Blanca, razón por la que tampoco es cierto que pueda causar “estupor” en nadie que se reúna a puerta cerrada con el mandatario de un país rival, lo que estoy seguro de que hicieron muchos de sus predecesores.

Y ahí lo tienen: entre la invención y el plagio, denme plagio cualquier día.

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