YA NO CUELA

Bares, qué lugares tan gratos para conversar

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Cuando surge un grupo que dice que el rey está desnudo y recoge el sentido común de la gente común, lo que se ha pensado siempre, se dice de él, como Casado de Vox, que hace “política de barra de bar”

Probablemente nunca hayan oído hablar de Rawvana, y no se lo reprocho porque yo mismo me he enterado de que existía hace media hora, pero su historia, muy vulgar, es también muy instructiva. En realidad se llama Yovana Mendoza Ayres y es una youtuber gurú del veganismo de estricta observancia con dos millones de seguidores que la están haciendo de oro. O la estaban haciendo, porque la han pillado en vídeo en Bali comiendo alegremente animal muerto, y eso es su fin.

Naturalmente, ha tratado de explicarse, que si problemas de salud y tal, porque nadie pierde un negocio tan jugoso sin luchar, pero ya es poco probable que le queden sino ese puñadito de abducidos dispuestos a creer cualquier cosa.

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Rawvana me ha parecido una metáfora de Podemos, aunque realmente no hay escasez de timos de este tipo, de quienes en su beneficio defienden lo que no están dispuestos a vivir personalmente. De hecho, vivimos en un régimen -y aquí estoy englobando a todo Occidente- en el que el pensamiento dominante nos obliga a creer en cosas que no solo no viven quienes las predican, sino nadie en absoluto, salvo un puñado de frikis.

Y cuando surge un grupo que dice que el rey está desnudo y recoge el sentido común de la gente común, lo que se ha pensado siempre, se dice de él, como Casado de Vox, que hace “política de barra de bar”. Si yo fuera Abascal haría con esa muestra de desprecio elitista lo que Trump en campaña con ese “deplorables” que le lanzó Hillary Clinton: asumirlo y convertirlo en bandera.

Porque, sí, el bar es ya el refugio de nuestros samizdata, de nuestra opinión real, esa que disimulamos incluso en el anonimato de las redes sociales, y eso no es exactamente una señal de la fortaleza de la libertad de expresión en nuestra plaza pública.

Hay mucho que decir de los bares como último refugio de la sociedad civil y la libre opinión. En el bar es donde elegimos libremente estar, y elegimos con quién estar. No sé cuánto tardarán en intervenirlos.

Casado, por el contrario, no hace política de bar. Casado es líder del PP, lo que significa que hace, en campaña, política de encuestas y asesores, y, en el Gobierno, se limitaría -se ha limitado el PP, históricamente- a administrar apaciblemente el legado que el PSOE quiera dejarle, calentándoles la Moncloa hasta su vuelta.

Para Pablo, su ‘momento Rawvana’ llegó con la casa de Galapagar. También se buscó excusas estupendas, e incluso hizo el paripé del referéndum, pero ya sabemos que los true believers van a aferrarse a su fe en el Amado Líder haga lo que haga. Y, se siente, esos no llenan ni una sala de conciertos.

Tampoco es la de Podemos una política de bar, por mucho que hayan ensayado hasta el hartazgo el look de líder obrero. En un bar hubieran sido abucheadísimas las palabras de la podemita Ione Belarra dando la razón a López Obrador contra España, salvo que fuera uno de esos tugurios chic postmodernos disfrazados de bar, porque el español común es más bien patriota. De hecho, la clase trabajadora es patriota, para pasmo de Marx en su día y de intuición sobrevenida de Errejón, porque solo los ricos pueden permitirse no tener patria, que dijo alguien.

Tampoco Ciudadanos hace política de bar, porque Soros no frecuenta bares y lo que se habla en ellos ofendería los europeístas oídos de don Albert. No sé dónde leí, hace años, que solo en el barrio madrileño de Vallecas -ese que Pablo abandonó con el corazón ‘partío’- hay tantos bares como en toda Noruega. Rivera le ha lanzado un guiño preventivo a Casado, proponiéndole desde ya un alianza postelectoral, lo que suena a pánico. Las encuestas de verdad, esas que manejan los partidos a nivel interno, deben de ser desastrosas.

En cuanto al PSOE, si hace ‘política de bar’, es del bar de la Guerra de las Galaxias.