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Chernóbil: la gran mentira es el comunismo

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La serie Chernóbil de la HBO ha resultado un éxito de audiencia que ha suscitado todo tipo de comentarios en medios y redes sociales. La magnífica serie televisiva narra la catástrofe sucedida en Ucrania en 1986 destacando la dimensión humana de sus protagonistas, con un tono de docudrama que la hace muy creíble. Al parecer, los guionistas se han inspirado principalmente en la obra de Svetlana Alexiévich, “Voces de Chernóbil”, que gracias a la emisión de la serie ha vuelto a estar en las listas de los libros más vendidos en España. 

El accidente en el complejo nuclear, que oficialmente se llamaba Vladímir Ilich Lenin, se produjo debido a varios fallos de diseño graves y a errores burocráticos. Unas pruebas de seguridad que debían haberse realizado antes de poner en funcionamiento el reactor nº 4 provocaron un severo sobrecalentamiento tanto del núcleo como del agua de refrigeración que hizo explotar el edificio, extendiendo los incendios y expulsando al exterior combustible nuclear y productos de la fisión nuclear.  Simplificando, el reactor quedó completamente expuesto, con un incendio de grafito, lo que permitió que los residuos contaminantes ascendieran a la atmósfera y fueran esparcidos por el viento.

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La serie nos guía por estos hechos a través de la figura del científico Legasov, personaje real, miembro de la Academia de las Ciencias de la Unión Soviética,  fijando su foco en las tragedias humanas: los bomberos que acudieron a sofocar el fuego de la central sin conocer la radiación mortal que les acechaba y sin apenas protección, los pilotos de helicóptero que sobrevolaban el reactor con niveles de 3.500 roentgens, más de nueve veces la dosis letal, la ocultación del desastre por parte de las autoridades soviéticas, las escenas de heroísmo resignado de tres trabajadores de la central eléctrica que se ofrecen como voluntarios para sumergirse en el túnel subterráneo lleno de agua radiactiva, el esfuerzo de los mineros que voluntariamente, por patriotismo y pundonor, excavan un túnel debajo del reactor,  la patética labor de los soldados exterminando mascotas en la zona contaminada, la impotencia de la técnica para limpiar el techo del reactor y la sustitución de robots inutilizados por la radiación por hombres que hicieron el trabajo por turnos de breves minutos, la farsa de juicio contra el ex director de la central, Viktor Bryukhanov, al ingeniero jefe, Nikolai Fomin, y al ingeniero jefe adjunto, Anatoly Dyatlov, chivos expiatorios del régimen…

Las reflexiones que ha suscitado la serie de nuevo se han centrado en la energía nuclear, su seguridad y los límites de la ciencia. Sin embargo, a diferencia de Fukushima, el desastre de Chernóbil no fue natural, ni se debió a un accidente técnico como en Harrisburg (Pensilvania), su última causa y extensión debe buscarse en las raíces mismas del modo de entender la sociedad por un concreto régimen político. 

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Desde el mismo triunfo de la revolución bolchevique, ajustándose al materialismo dialéctico de Marx, el régimen soviético consideró que la ciencia era indispensable para construir el comunismo, pero siempre considerado que la educación y toda la investigación científica estaba al servicio de aquellos fines políticos. De esta manera la investigación se llevaba a cabo no en universidades, sino en institutos que dependían de los diversos ministerios del Estado, de manera que existía un control absoluto propio de totalitarismo, pero además una gran burocracia que restaba eficiencia al desarrollo científico. 

Ciertamente la ciencia fue un factor crucial en el avance tecnológico de la URSS a partir de los años 30, unido a un período de rápida industrialización. A pesar de ello, la ciencia y la tecnología con posibilidades militares, fue mucho más privilegiada que la destinada a la solución de los problemas de la ciudadanía. Con la Guerra Fría los avances científicos entraron de lleno en la batalla de la propaganda, y si en materia nuclear los soviéticos siempre fueron a la zaga de Occidente, (de hecho, la URSS consiguió la bomba atómica no gracias al éxito de sus científicos, sino más bien gracias al espionaje) el éxito del programa espacial soviético supuso un gran impulso a la popularidad de la ciencia comunista, especialmente con el lanzamiento del Sputnik y el primer vuelo de Gagarin. A principios de la década de 1950, se creó la organización Conocimiento (Znanie), que contaba con miles de miembros y cuyo objetivo principal era promover el conocimiento científico. Znanie también publicó numerosos libros y folletos que ayudaron a aumentar el nivel de conciencia científica entre millones de personas y a difundir en Occidente la idea del alto nivel de la ciencia bajo las directrices comunistas. 

Aunque la economía soviética y la de sus satélites se estancó en los años 60, y las innovaciones tecnologías, a diferencia de Occidente, no repercutieron en el aumento del nivel de vida de sus ciudadanos, la labor científica de la URSS gozaba de un gran prestigio, tanto interior como exterior. 

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Sin embargo, la realidad en los años 80 era que el bloque socialista se estaba quedando muy atrás en materia tecnológica respecto al bloque capitalista. El régimen comunista fue capaz de tener un programa espacial y militar puntero y, al mismo tiempo, ser incapaz de producir bienes de consumo de calidad como electrodomésticos o automóviles.

Con estos antecedentes es fácil entender por qué el Comité Central del Partido Comunista hizo todo lo posible para ocultar el desastre de Chernóbil, ya que dejaba en entredicho la calidad de la ingeniería nuclear soviética y su capacidad de gestión. Gorbachov ordenó cortar las redes telefónicas y prohibió a los «liquidadores» y a los trabajadores de la central contar lo que había ocurrido. La información se administró a tres niveles: uno para la población, otro para los aliados de la URSS y por último, una versión para Occidente. Toda mentira estaba justificada con tal de no perder prestigio en la batalla de la propaganda. La calidad de producción de la ciencia comunista era tan buena o más que la occidental y así debería seguir pareciéndolo. 

Siendo fidedigna, la serie no se ha atrevido a reflejar en toda su dimensión la culpabilidad del régimen soviético, diluyendo la responsabilidad en alusiones genéricas a políticos, científicos y militares.  Nadie puede evitar la empatía hacía el personaje de Legasov, aunque fue un científico parte del aparato del PCUS y en la vida real su lugar de trabajo fue un búnker debajo del edificio de la administración de Chernobil. Más polémica resulta la figura de Borís Shcherbina vicepresidente del Consejo de Ministros, designado por el Politburó como máximo gestor del desastre y que sale moralmente bien parado en la serie, cuando fue parte activa en la ocultación y el sacrificó de miles de personas por el interés del mito propagandístico del comunismo. Algo impensable si se tratase de un dirigente nazi, al parecer sigue operando la cláusula del totalitarismo más favorecido a que se refería Jean-François Revel. 

Dejando aparte los defectos técnicos en el diseño de los reactores soviéticos o la apresurada construcción de las centrales nucleares, prescindiendo de las garantías de seguridad que en Occidente se exigían, si acudimos a “Voces de Chernóbil”, el comportamiento de los líderes comunistas fue muy poco ejemplar. 

Podemos encontrar testimonios sobre diferencias de trato entre soldados y oficiales: “En la planta baja, donde se atendía a la tropa se servían fideos, conservas… Pero en el primer piso, donde estaban los jefes, había fruta, vino tinto, agua mineral. Manteles limpios. Y cada uno tenía su dosímetro (para medir la radiación). En cambio, a ellos, ni uno para toda la brigada”.

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También se recogen testimonios sobre los privilegios de los secretarios de los comités locales y regionales del partido comunista: “Dispongo de información de que ellos (las autoridades) sí que tomaban yodo. Cuando los exploró el personal de nuestro instituto, todos tenían la tiroides limpia. Algo imposible sin el yodo. También a sus hijos los sacaron a escondidas lejos del desastre. Y cuando iban a visitar las zonas ellos sí que llevaban máscaras, trajes especiales. Todos los medios que les faltaba a los demás”.

Tampoco es cierto que de entre los 600.000 y 800.000 hombres que se emplearon en las labores de limpieza la mayoría fuesen voluntarios, se ofrecieron contraprestaciones, desde dinero a coches, o hasta evitar el servicio militar en Afganistán. Las condiciones de aquellos que directamente trabajaron en el reactor fueron infames: “De modo que nos trajeron aquí. Llegamos a la central misma. Nos dieron una bata blanca y un gorrito blanco. Una mascarilla de gasa. Limpiamos el territorio. Un día trabajamos abajo escarbando y arrancando restos, y otro arriba, sobre el techo del reactor. En todas partes con una pala. A los que subían al techo los llamaban cigüeñas. Los robots no lo aguantaban, las máquinas se volvían locas. Nosotros, en cambio, trabajamos. Sucedía que te brotaba sangre de los oídos, de la nariz… Y marchábamos al trabajo en camiones descubiertos”. 

El régimen comunista arrojó a los hombres a la radiactividad de la misma manera que Stalin los había lanzado contra las ametralladoras del III Reich 40 años antes. La utopía comunista no repara en las personas, son siempre sacrificables por el bien del pueblo o por el bien del partido, es el Estado totalitario.