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CIS

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En la decadencia de las democracias hay dos tendencias que, unidas, resultan a menudo fatales. Una es la politización de todo. Todos los aspectos de la vida social, muchos de ellos tradicionalmente desvinculados de toda ideología; muchos, incluso necesitados para su buen funcionamiento de vivir lejos de todo contacto con la política, acaban repartidos en un bando u en otro; en el caso de Occidente, en la izquierda.

El poder es un dios celoso, que no quiere rivales, y como un virus voraz infecta instituciones que deberían existir para otros fines, para otra cosa. Esto hace que, con desprecio de la separación de poderes establecida por la ley, un mismo bloque controle directa o indirectamente toda la vida social.

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La segunda es la obsesión por el corto plazo. Esto, en puridad, no es un mal exclusivo de la democracia; parece serlo, más bien, del presentismo suicida que empapa nuestro tiempo, el omnímodo ‘carpe diem’ que ha precipitado una crisis demográfica de proporciones casi apocalípticas y favorece un endeudamiento de pesadilla. Pero los ciclos de gobierno en democracia imponen un horizonte máximo de cuatro años, lo que dura una legislatura, y solo parece importar lo que puede llevar a la reelección.

El CIS, por ejemplo, es una de esas utilísimas instituciones que, cuando se usan como arma política, acaban siendo un juguete roto del que nadie puede fiarse. El Centro de Investigaciones Sociológicas, a cuya cabeza debería estar un experto tan desideologizado como fuera posible, en manos de un lacayo del poder se convierte en una terrible arma de manipulación que queda inservible para su uso futuro.

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Acaba, por ejemplo, de publicar una encuesta de intención de voto que no tiene sentido alguno; al menos, otro que la presión y el aviso a navegantes. ¿Qué utilidad podría tener, tan lejos de unas elecciones por delante y tan cerca de cuatro por detrás? Solo el de avisar a Podemos que, o le apoya sin esperar a cambio cargo alguno, o está perdido, y a todos los rivales del partido en el gobierno, que no hagan demasiadas olas o perderán hasta la camisa.

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