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Ya no cuela

Colofón cantado

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Soy fácilmente intimidable en politiqueo nacional, del que sé bastante menos de lo que debería y que me aburre como un congreso de filatelia, pero aposté desde el principio que Pedro no le daría a Pablo ni agua, así que permitan que me pavonee un poco.

Caí, cuando la moción de censura, en el pánico generalizado en la derecha sobre un Podemos crecido que se iba a comer con patatas a un PSOE débil, a un Sánchez por cuya capacidad no dábamos un duro.

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Pero si Sánchez es un incapaz en muchos sentidos, en los que más pueden importarnos, tiene un instinto de poder prodigioso, y esta vez creía yo saber a qué estaba jugando. Cuando se hablaba de un gobierno a pachas, se me metió en la cabeza que no le daría a UP ni una dirección general, porque con el gabinete pasa como con el Dodge City de las películas del Oeste: no es lo bastante grande para los dos.

Pedro ha alimentado cuidadosamente, amorosamente, las esperanzas de Pablo y nuestros peores temores. Le ha llamado ‘socio preferente’, le ha dedicado más horas y más reuniones que a nadie, le ha hecho creer deliberadamente que la cosa, ese gobierno del Frente Popular, era cosa hecha, a falta de ponerle patas.

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Y eso no es casual, no crean una sola palabra de la versión oficial de que no ha podido ser, de que no se han puesto de acuerdo por esto o por lo otro, de que las negociaciones han fracasado y no se han podido llevar a buen puerto.

No, las conversaciones no han fracasado en absoluto, porque Pedro no tuvo nunca la menor intención de meter a los de Podemos en el gobierno. Pedro quiere, como es su obligación, destruir a Podemos y quedarse con los podemitas como votantes. Para eso era esencial todo este paripé dialogante que, por un lado, señalizaba su cercanía a esa izquierda radical y, por otra, exhibía ante los votantes de UP un Iglesias suplicante que, lejos del líder maximalista exudando testosterona que venía a por todas y no se confirmaba con menos, solo quería su trocito de poder.

El discurso de Adriana Lastra tras la primera sesión de investidura puso el marco de la narración que va a hacerse oficial y machacona: la ambición de Pablo impidió el acuerdo. Pablo es un traidor a la causa del progreso y las izquierdas por su mezquina ambición. Pablo llamaba “jarrones chinos” a los ministerios de los que más orgulloso debería estar un verdadero progresista.

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¿Qué viene ahora? O Pablo se achanta y vota a Pedro para no quedar como la chata de Pumarín ante los suyos, o vamos a elecciones y Pablo cosecha lo que Pedro le ha sembrado en su campo. En cualquiera de los dos casos, Pedro gana y Pablo pierde.