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TRIBUNA

Crear para el alma y los sentidos

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“El vestido debe ser una segunda piel, lista para sonreír cuando el que lo lleva sonríe”, señalaba Madeleine Vionnet. Dolce y Gabbana explicaban lo que para ellos es lo apasionante de la moda en esta frase: la moda es la no moda: “Es un juego de palabras, pero ejemplifica perfectamente esta época en la que todo vale, en la que se mezclan estilos, conviven tendencias y cada uno se expresa como quiere haciendo singular y único, con interpretaciones personales, algo tan popular y común, por ejemplo, como unos pantalones vaqueros”. Hace unos días, Modesto Lomba al hablar de España expresaba a Antonio Arco que no se cansa de decir, sin ningún rubor, que “somos, insisto, número uno en el mundo. Tenemos, con respecto a otros países, un complejo de inferioridad que no tiene fundamento, porque somos un país que cultural y geográficamente, y lo mires por donde lo mires, es una maravilla. Comemos fantásticamente, sabemos divertirnos, tenemos unos paisajes que te desmayas vayas donde vayas, e históricamente hemos demostrado una creatividad envidiable. Somos un país que tiene muchísimas cosas buenas, que nos unen; además, creo que éste es el discurso inteligente y el útil para levantarte todos los días. La lamentación y la queja sin más no van conmigo. ¿Por qué no reconocemos que es mucho mejor trabajar en equipo que dividirnos, que dedicarnos a mirarnos el ombligo? La moda, además, también te ayuda a tener una actitud más abierta a todo lo que sucede en el mundo. Una mirada más amplia”.

Muchos de los grandes diseñadores que han hecho historia en nuestro país, pese a las trabas, no han mermado la pasión y la energía con la que hace años decidieron abrir su pequeño estudio de diseño de moda. Afortunadamente, aún quedan unos pocos que pueden controlar lo que hacen, son propietarios de ellos mismos y eso les permite ser creativos al máximo en un mundo, el de la moda, que ha perdido mucha espontaneidad. La diseñadora de vestidos de novia Paula del Vas con una dilatada carrera, reconocida y recomendada por los estilistas de las grandes cabeceras de las revistas de moda y los críticos de la pasarela, confirma esta línea. El carácter intemporal es su clave: “No me gusta seguir la ‘moda’ porque lo que está de moda, siempre pasa de moda. Me gusta hacer una prenda que sea algo para toda la vida, que la persona que lo va a llevar dentro de veinte años diga: ¡qué bonito vestido me hice! No diseño una línea excesivamente moderna, sino que es un clásico renovado”. En definitiva, sigo con Vionnet, “los diseñadores hacen vestidos, los artistas hacen sueños”.

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Paula del Vas

Precisamente, charlar y pasar unas horas con Paula del Vas en su taller y entre sus diseños es echar una mirada atrás y soñar. Del Vas, alquimista de la transformación, mantiene íntegro su estilo sin imponer modas: “Incorporo la tendencia a cada personalidad”. Meticulosa hasta el extremo, el trabajo artesanal y el trato personal marcan las pautas: “Atiendo en primera persona desde el primer boceto hasta la última prueba. Soy afortunada por trabajar aún de forma artesana”, y que transmite con el savoir faire de sus tocados. La editora de moda, Isabella Blow, definió estos complementos como piezas esculturales con las que causar sensación. Así, Paula los enriquece con encajes, crinolinas, sisal, rafias, plumas y la incorporación de antiguos broches, propiedad de sus clientas, que aportan autenticidad y un punto de sofisticación. El inmueble, en una de las principales arterias de la capital, ocupa la que fuera una antigua notaría donde aún perviven el primitivo suelo de damero en verde y crema y ventanales de doble hoja de madera y cristal, en los que se aprecian las pompas del soplado artesanal. La estancia, dividida en tres ambientes unificados por el aroma retro y vintage, irradia una atmósfera intemporal a la que contribuye el selecto mobiliario proveniente de herencias familiares, otra forma de explorar los orígenes para llegar a lo clásico. En el despacho, el arte murciano es una constante con obras de Claudio Aldaz, Pedro Guirao y Manuel Cerezuela. Sobre el mueble, una fotografía en blanco y negro de la elegante madre de Paula: “Siempre está presente. Conservo el espíritu y capacidad que tenía para transformar cualquier prenda en una nueva” recuerda–; cerca, una mítica máquina de coser Singer de los años 30, dos sillones isabelinos y la colección de carteras de mano realzadas con la luz de una lámpara Tiffany. Una perfecta unión de piezas, estilos y épocas que recuerdan aquello de Kant y sus infinitas reflexiones. A continuación, el salón de pruebas, presidido por un exclusivo vestido de novia a base de plumetti de seda natural, da paso al taller donde cuatro trabajadoras dan forma a sedas, muselinas, mikados, organzas, guipur, cintas vintage bordadas a mano en plata y piedras semipreciosas; luego, los vapores de las planchas te sumergen en románticos tules inspirados en el pasado para vestir el cuerpo de nostalgia. Reflejos de una intensa actividad profesional que nació durante una visita al castizo almacén de mercería Pontejos, en Madrid, y una conversación casual con Catalina San José de Pedro cuya experiencia como maestra sombrerera en los 50 la zambulló hasta lo que hoy es esta arquitectura textil: “La fuerza de mi trabajo procede de Catalina y mi equipo, mis dos pilares”. Nace, entonces, una miscelánea de colores y geometrías hecha para el alma y los sentidos.