YA NO CUELA

Crítica literaria

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El drama del comentarista político al uso es que, para que tenga sentido su oficio y pueda seguir ganándose los garbanzos, tiene que hacer como que aún cree a personas que les han engañado una y otra vez y fingir enorme escándalo la siguiente.

Sucede que Albert Rivera, líder de diseño de un partido de diseño, ha dado a entender públicamente que podría, tras las elecciones, gobernar en coalición con el PSOE. Así, en ABC se lleva las manos a la cabeza Isabel San Sebastián comentando que «los propios dirigentes del partido bisagra han sembrado la confusión al introducir un matiz desconcertante en sus respuestas: «Con este PSOE, no». Como si hubiese otro».

Claro que hay otro. E incluso otros. Los partidos son, básicamente, maquinarias de conquista del poder y, como en cualquier máquina, si no sirve para su finalidad, se cambia tranquilamente. Y concluye San Sebastián, como si no llevara toda una vida viéndolos actuar: «Sería muy de agradecer, en beneficio de la claridad, que los portavoces naranjas se decidieran de una vez entre el demostrativo y el artículo, y lo hicieran todos a una, para facilitar al electorado la elección de la papeleta. Porque de la extensa horquilla que dibujan las encuestas la única postura dudosa es, hoy por hoy, la suya».

Entiendo. El beneficio de la claridad consiste en que nos mientan. Solo les pedimos eso, que nos lo digan todo muy clarito aunque no tenga la menor conexión con la realidad. Ese es el juego, ellos despliegan con meridiana claridad ante nuestros ojos sus mundos de Yupi y los opinadores de la cosa podemos aplaudirles o censurarles como si fuéramos críticos de literatura de ficción.

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Insiste Sostres en la misma idea: «Los electores tienen derecho a saber para qué va a servir su voto, y en estos momentos -como ha sucedido siempre con este partido- un voto a Ciudadanos puede ser usado para una cosa y la contraria: para un gobierno de derechas o para mantener a Pedro Sánchez, para gobernar con los del relator y la solución política para Cataluña o para el 155 profundo y duradero que quería el presidente Rajoy y que no pudo aplicar porque Rivera se negó a apoyarle bajo el prestigioso argumento de que «sería como entrar con un elefante en la cacharrería».

Tenemos derecho a saber, pero leyéndoles se diría que tenemos derecho a que nos mientan con claridad, de modo que podamos seguir tertuliando cómodamente sobre la calidad de sus mentiras, forma y fondo, como si tuviesen alguna sustancia.

Lo importante es que sean tan tajantes como lo fue Sánchez asegurando que solo llegaría a la Moncloa para montar elecciones inmediatas o… Bueno, cualquier otra frase que haya dicho entonces. Y que el PP nos anuncie triunfal que va a bajar los impuestos como si no hubiera mañana. Que luego aplique la mayor subida de la historia reciente es otro cuento, otro episodio, algo que ya se comentará en su momento, en el capítulo que corresponda de esta serie inconexa que es nuestra vida política.

Me da hasta vergüenza decir ahora lo que debería hacerse evidente para cualquiera que lleve algún tiempo siguiendo este espectáculo: Rivera pactará con el PSOE o se abstendrá de hacerlo, el PP de Casado subirá mucho o un poco los impuestos con absoluta y total independencia de lo que digan ahora.

La conexión es cada vez más tenue, a veces nula. En principio, un político que ganaba las elecciones sentía cierta necesidad de gobernar en un sentido vagamente similar a lo anunciado en campaña, a riesgo de darse el batacazo electoral en las siguientes. Pero ya han perdido el miedo del todo, viendo como ven que no pasa nada, que a nadie parece importarle demasiado y que hacer campaña y gobernar son dos géneros literarios diferentes.

Saben, incluso, que sus críticos literarios seguirán, después del último y colosal desmentido de todo lo que se dijo, tomarse en serio lo que digan en la próxima, juzgarles por ello y pesar y medir sus mentiras como verdades.