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TRIBUNA

Decepciones

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Hora del vermut. Gente en la cafetería que sólo bebe café. Sabios de esquina remilgados que devuelven el café al camarero porque distraídos, miraban absortos La 1 (?), no querían ese café en vaso de cristal, “tacita de loza, por favor”. Alguien corre por la acera porque en Hacienda le piden fotocopia “sellada y compulsada” y cierran a las dos. ¡Ya casi no existen fotocopiadoras! El de Hacienda se cruza con un amante que sale de un portal aún con aroma de cama. Señoras que jamás van a la peluquería y salen de la misma con un alisado japonés que jamás se habían hecho antes y con toneladas de laca paralizante. Repartidores encamionados colapsando la Gran Vía corriendo a dejar los pedidos de Amazon. Antes de que me tilden de snob incluso misántropa, ya me adelanto yo a lo Charles Simic: “Soy un miembro de esa minoría que se niega a ser parte de ninguna minoría declarada oficialmente”.

Parafraseando a María Vela Zanetti, “recorreremos caminos llenos de zarzas y cualquier día vamos a toparnos con el milagro de que vuelva el sentido común a las calles y demás escenarios crucificantes”. Haciendo de “sparring de la vida” no es extraño que me ocurra como a Dickens, que a la mañana siguiente de una noche malísima se sentía lo suficientemente perfecto como para enfermar otra vez. Aun así, escribo, como dice Chateaubriand (Diarios), “a la diabla”, entregada al pesimismo. Bajando por Serrano y Ramiro de Maeztu hasta el Retiro me esfumo en pleno escenario de escaparates y cafeterías huyendo de intelectuales que dicen, “lo que más me gusta de las ciudades son sus gentes”. Yo tiraría más por la personalidad que crea esa ciudad en cada persona…Y gracias. Esta tarde volveré al Prado, me chifla Velázquez. Creo que, como me contaba Juan Luis Cano (Gomaespuma) que le decía Santiago Amón, “después de Velázquez la gente ha pintado por entretenerse, pero no porque haga falta”.

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Sobre las naderías de este mundo empiezo a construir razones sabiendo que son limitadas, así las decepciones son más llevaderas. He quedado con Paco Román, líder de NEUMAN. Hablo, precisamente, de esto de las decepciones con el músico: “Por suerte, la música nunca me ha defraudado y sólo le debo la vida a ella. Sin la música no sé lo que haría. Supongo que sería pintor o escritor, es vital poder expresarme de algún modo, o quizás limpiaría cristales, pero lo haría por y con amor, como hago música”. Tal vez, en estas afirmaciones, su infancia cobra demasiada importancia y “el hecho de no haber sido muy ‘normal’ y haber vivido una niñez con algunas carencias relacionadas con el afecto y la figura de tus padres, quizás haya compuesto una personalidad enfocada a la falta de amor”, carencias que, con los años, se transformen en virtudes a la hora de expresarse. En plena gira de conciertos, “después de los acústicos, el cuerpo me pide energía”. No para de viajar, Madrid, Granada, Murcia…: “En Madrid están mi mejor amigo, mi hermano, mi sello discográfico, Subterfuge, gente a la que aprecio y sientes que es recíproco. Siempre son alegrías lo que llega de allí. Ahí tengo la maleta, casi siempre sin deshacer del todo”. Sin olvidar nunca que su vida tiene tres pilares fundamentales y los tres se alimentan uno del otro: “Mi familia, mi música y la amistad. En las dos primeras es fácil encontrar el equilibrio; en la última es más complicado. Así que, si me quieres hacer daño, sólo hazte amigo mío y luego defráudame”. De todas formas, “la música ha sido muy generosa conmigo”. Y, me recuerda, “soy feliz porque la música no me debe nada y yo le debo todo… Esperar algo más que tan sólo una satisfacción y escape personal de ella te hace mediocre”.

Observo el panorama con la mirada fría, tan fría como la cerveza que tengo en mi mano ahora mismo, y sería demasiado petulante no seguir luchando. Siempre algo te despertará una sonrisa optimista como ese final de El Apartamento, cuando Shirley MacLaine le dice a Jack Lemmon: “Calla y reparte”.