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El efecto Nadal

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Rafa Nadal gana su duodécimo Torneo de Roland Garros y se convierte así en consuelo de tanta miseria, en símbolo de tregua de una nación dividida, en victoria vicaria de millones, en distracción y alivio del cambalache nacional, en pretexto para ondear una bandera que avergüenza a tantos, de remozar un nombre colectivo que se ahoga en tantas gargantas antes de salir, siempre disputado, como el emblema de un partido, como un sucio secreto compartido.

La victoria empecinada de Nadal nos da una pausa para respirar, tiempo muerto en la triste pelea a garrotazos. Es deporte, es un juego, y así nos vale para proyectarnos sin sentirnos culpables ni casposos; es la victoria pura, sin remordimientos ni revisiones, sin víctimas. Sí, Rafa es el remedo del héroe que, sin ser víctima certificada ni oprimido registrado, podemos vitorear sin miedo.

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