YA NO CUELA

El colchón

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En algún museo de provincias debería exponerse por los siglos el colchón de Sánchez, su símbolo y cifra.

Tanto que me he quejado de que la actualidad política es siempre igual, que siempre se trata de comentar idénticas añagazas y monótonas estrategias, y ni en un millón de años hubiera imaginado que hoy me tocaría tratar de colchones, y no de de barcos, lacres y zapatos, ni de reyes y repollos.

Un colchón fue el protagonista de la noche en las redes, un colchón del que no conocemos marca ni rasgos específicos, ni si es comprado en Ikea o viscoelástico o de agua, solo que este humilde pero imprescindible enser casero fue el objeto que marcó la primera decisión de Pedro Presidente, como narra el inicio del primer capítulo de sus memorias, Manual de Resistencia. No de Pedro Sánchez, el Guapo, mero mortal por más que favorecido por los dioses y amado de la fortuna, que ya sabemos por su vicepresidente Calvo que era otro, mera crisálida previa a la apoteosis que habría de transformarle en el presidente que España, ingrata, no se merece.

La primera decisión de Pedro Presidente fue cambiar el colchón de la Moncloa. Imaginamos que la autora del libro, Irene Lozano, quizá quiso hacer de la trivial anécdota el ‘Rosebud‘ de la historia, el ‘mcguffin‘ que la hiciera avanzar, la magdalena proustiana del personaje. Y no diremos que no sea López una insólita ‘negra’, de una prosa en todo acorde al personaje y a la época, pero creemos feliz esa imagen, esa identificación de Pedro con un colchón.

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Como Linus arrastraba siempre su mantita en las aventuras de Charlie Brown, así veremos siempre figuradamente a Pedro, llevando eternamente a cuestas su colchón. Y del mismo modo que queda del Cid la espada y de San Esteban la corona, en algún museo de provincias debería exponerse por los siglos el colchón de Sánchez, su símbolo y cifra.

Que la anédota sea, con toda probabilidad, mentira no resta un ápice de verdad al símbolo.

Un hombre que, al llegar al gobierno de España, al trono verdadero donde decidirá el destino de una nación grande y vieja, lo primero que piensa es en cambiar el colchón, ya se ha definido por los siglos, ya nos ha dicho de él más de lo que nunca podríamos pedirle. Es un hombre que ve en la autoridad no una agobiante responsabilidad, un terrible deber, ni siquiera una ambición grandiosa, sino un destino mullido y agradable donde soñar su mezquino mundo de espejos.

Que la anédota sea, con toda probabilidad, mentira no resta un ápice de verdad al símbolo. Leo por ahí que no había colchón que cambiar, que Rajoy lo donó con el resto de enseres a una ONG que luego subastó el lote. Quizá sí, quizá no. En Sánchez, después de todo, mentir se ha convertido, más que en un feo vicio, en una segunda naturaleza. La realidad es absolutamente opcional en su discurso y, nos tememos, en su cabeza.