YA NO CUELA

El regreso del héroe

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Podemos podría definirse históricamente como la plasmación de un brote irresistible de narcisismo compartido.

La izquierda es un cúmulo de paradojas, tanto más estridente cuanto más radical. Así, habla de continuo del ‘pueblo’, de ‘la gente’; antes, del proletariado, la masa anónima y sin rostro, como verdadero protagonista de la historia. Pero en todos los regímenes socialistas, de Lenin a Chávez, el culto a la personalidad y la adoración al líder llegan al paroxismo.

En España, Pablo es el ejemplo perfecto, que aunque él se definiera en privado ante su amigo Monedero como un sádico marxista, hay otra debilidad que le define mejor: es un narcisista de manual de Psicología. De hecho, Podemos podría definirse históricamente como la plasmación de un brote irresistible de narcisismo compartido.
En un grado ligeramente menor, el narcisismo es un componente habitual, endémico en la política. Escribía Tolkien a uno de sus hijos que pocas tareas se compadecen peor con la naturaleza humana que decidir lo que tienen que hacer los otros hombres, de modo que en no pocos casos una visión exageradamente benévola de uno mismo sirve de motivación y acicate en tan peligrosa vocación. Pero cuando se superan los límites, el resultado es una sordera, una incapacidad para valorar de forma realista los escenarios, que resulta fatal.

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En su descomunal soberbia, el Amado Líder soñó que sus votantes tragarían con su traslado de un apartamento de protección oficial del que alardeaba a un chalet en La Navata con vigilancia pagada por todos las 24 horas del que no presume en absoluto. Y, sí, los true believers han tragado, pero su base electoral le ha mandado al guano.

Esa misma falta de oído inducida por la fatal arrogancia es la que ha llevado al partido a celebrar su vuelta con un cartel dominado por la sencilla frase «Vuelve ÉL». ¿De cuántas maneras es indeciblemente estúpido este mensaje? Enumeremos, sin un orden especial.

El hecho en sí de conmemorar su vuelta a la actividad política, para abrir boca. No ha vuelto del exilio, ni de la guerra, ni de una larga estancia hospitalaria. Ni siquiera lleva mucho tiempo en casa, ni tampoco puede decirse que haya dejado de meter la cuchara a la menor oportunidad.

No, Pablo ‘vuelve’ de una simple baja paternal a la que se acogió voluntariamente y a voces, como el fariseo que se hace preceder por un toque de trompeta cuando da limosna. Y la baja paternal no es tan común como desearían los ideólogos, pero tampoco es tan rara que haya que presentarla como una heroicidad. Pero Pablo es de esos para los que ninguna experiencia es verdaderamente real hasta que la viven ellos, y que llegado el caso se vuelve excepcional porque ellos las están viviendo, se diría que por primera vez en la historia.

En segundo lugar, ese ‘vuelve él’, sin necesidad de especificar el nombre del personaje, hace parecer que solo hay una persona que cuente en Podemos, y los demás son comparsas, casi atrezzo, ovejas cuya única función es adorar, aplaudir y votar. Vuelve ‘él’, el único ‘él’, porque todo lo demás es ‘ello’, la masa anónima, el rebaño. Parece indicar que cuando Pablo habla de ‘la gente’, ve una masa amorfa sin individualidades ni otra historia personal que la que sirve para generar anécdotario electoralista. Por último, la celebración a calzón quitado del macho alfa, con ese pronombre tan marcado, en vísperas de la hipermegaultra manifestación feminista roza la estupidez del que babea incontrolable. Cuando se celebra el ‘ella’, lo importante es que vuelve ‘él’.

Es tiempo de penitencia, y debemos apiadarnos de Pablo y lamentar el efecto que tienen sobre su alma estos excesos. Pero es imposible no alegrarse de que tanta arrogancia impida al hombre dar pie con bola y se cargue su nefasta y paródica formación.