YA NO CUELA

El Show de Truman

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Simulaciones que apenas se tocan y en las que la realidad es optativa, y no me refiero solo al mundo en el que Pilar Rahola vio en ruso una película muda, El Acorazado Potemkin.

Leo en Materia, la publicación de Ciencia que montaron mis amigos de Público al cerrar Roures el papel y mandarlos al FOGASA, que «filósofos de prestigio, físicos reputados y tecnólogos millonarios están considerando la posibilidad de que nosotros y nuestro mundo pudiéramos no ser reales, sino sólo parte de una especie de videojuego, una simulación enormemente sofisticada».

Uno piensa en el Tlön borgiano, donde se catalogaba la filosofía como parte de la literatura de ficción, y es obvio que si de verdad esos filósofos y científicos se creyeran lo que postulan, su vida cambiaría de forma bien visible. Pero, en un sentido, apuntan y subrayan un alarmante fenómeno que afecta, al menos, a nuestra burbuja occidental, con simulaciones que apenas se tocan y en las que la realidad es optativa, y no me refiero solo al mundo en el que Pilar Rahola vio en ruso una película muda, El Acorazado Potemkin.

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Los laboristas británicos apoyan un segundo referéndum, y me pregunto muy en serio para qué pasar por este gasto, este alipori y esta pérdida de tiempo. El primer referéndum lo organizó un Gobierno hostil al «no», no solo con todas las garantías, sino con todas las fuerzas institucionales y la mayoría de las privadas y mediáticas alineadas contra el resultado. Se dijo infinidad de veces desde el 10 de Downing Street que lo que saliera era lo que contaba.

Bueno, no ha sido así. Pero si todos sabemos cuál es la respuesta correcta, si se va a anular el resultado de las urnas, si solo hay un veredicto aceptable, ¿qué les cuesta ahorrarse y ahorrarnos a todos el paripé?

Si algo nos han enseñado estos últimos años es que la gente vota mal, y no hay que hacerle demasiado caso cuando se pone tonta

El Brexit no se ha juzgado en los medios y entre la clase dirigente como un mero error. Se les ha llamado a los británicos desde débiles mentales a trogloditas. Todos los chistes iban en la misma dirección y todas las hipérboles estaban permitidas, exactamente como lo están con Trump. Porque si algo nos han enseñado estos últimos años es que la gente vota mal, y no hay que hacerle demasiado caso cuando se pone tonta.

Pensaba, y aún pienso, que las redes y la tecnología móvil han matado el monopolio de los grandes medios como guardianes de lo que pasa. Pero las élites, por su misma definición, disponen de los recursos, de los medios para llevar la voz cantante en la opinión pública, y si hasta hace poco las urnas eran veneradas como los altares de la nueva religión, ahora hemos aprendido que a la democracia le va a menudo mejor sin ellas, salvo cuando las respuestas posibles son todas adecuadas.

Hasta hace no mucho, los opositores podían denostar la propaganda contra ellos, quejarse de la desigualdad del campo de juego, pero nadie discutía el resultado. Y, bueno, en el caso del Brexit, siendo una votación organizada por el propio Gobierno con la asistencia de tantas grandes empresas en un país ultracivilizado, sería un poco tonto pretender que hubo fraude.

Pero en Estados Unidos ya se hizo, la trama rusa y todo eso, el recuento en dos estados. Ahora ya ni las urnas son creíbles, porque estamos alcanzando una singularidad, la agonía de un sistema, en que las facciones ya no debaten, ya no hay un campo común en el que puedan reunirse a discutir, no hay una realidad innegable sobre la que todas las partes estén de acuerdo. El otro lado no está simplemente equivocado: miente siempre, sin parar, y es malvado. Más que en la realidad, la gente vive encerrada en su propia narrativa.