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El virtuoso Foullon

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No quieren que comamos carne. La ONU y organismos asimilables están empeñados en que, mejor, comamos insectos.

Les habrá llegado, como a mí, por mil lados distintos. La excusa es, claro, el Cambio Climático, esa bendición universal que sirve a nuestros amos tanto para un cosido como para un zurcido. El Cambio Climático es el comodín del poder transnacional, la gran emergencia que no van a dejar pasar sin ordeñarla para aumentar al máximo su control sobre nuestras vidas.

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Del Cambio Climático no solo leemos lo razonable: polos que se derriten, glaciares que retroceden, desiertos que crecen, islas que se hunden en el océano, osos polares que se extinguen. Nada de esto ha sucedido, nadie acierta sobre cuándo va a suceder, nadie sabe si puede impedirse y cómo, exactamente. Pero son al menos consecuencias razonables de un cambio climático.

Pero les sabe a poco, así que nos cuentan que el terrorismo es consecuencia del cambio climático, como lo es -lo leí ayer mismo- el descenso del coeficiente intelectual o el machismo. No me digan que no es versátil el fenómeno.

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Todo eso lo convierte en el pretexto perfecto para afianzar su control sobre el común. Se dice que el ministro de Luis XVI Joseph Foullon, ante los desesperados lamentos de que el pueblo no tenía que comer, respondió: “¡Que coman hierba!”. La despreciable réplica podría hoy pasar por un virtuoso consejo nutricional, una invitación al veganismo.

Hoy el consejo abre la primera del diario de referencia. Se lo están tomando muy en serio, y las autoridades alemanas claman por que se suba el IVA sobre los productos cárnicos.

Pueden ustedes apostar cien contra uno que a los poderosos no les faltará jamás, salvo capricho dietético personal, su buen solomillo o su tapa de ibérico de bellota. Pero nada de eso sabe igual sin la consciencia de que la chusma está comiendo cucarachas y saltamontes.

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Pero nosotros tendremos tal maquinaria informativa y propagandística encima, ocupada en todo momento y desde todos los ángulos en modelar nuestra visión de las cosas, que consumiremos nuestro revuelto de larvas con la noble conciencia de estar contribuyendo al medio ambiente.

Foullon no tuvo la suerte de contar con nuestro formidable aparataje propagandístico, por lo que terminó colgado en una farola de París con la boca llena de hierba.