YA NO CUELA

El voto del miedo

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Un político digno no solo debería negarse a apelar al voto del miedo: debería rechazarlo. Debería pedir al electorado que vote exactamente por el partido que desee.

“Proclama, en cambio, Westmoreland, entre mis tropas,

Que el que no tenga estómago para esta lucha,

Que se vaya; se le preparará su pasaporte

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Y se pondrán coronas para el viaje en su bolsa:

No quisiéramos morir en compañía de un hombre

Que teme morir en nuestra compañía”. (Enrique V. William Shakespeare)

Dice Javier Maroto en El Mundo que “si el voto de la derecha se divide, Sánchez se queda”, y no puedo estar más de acuerdo. Por eso no puedo entender que siga habiendo gente que vote al Partido Popular creyendo votar derecha.

En esta campaña, seamos claros, los populares no tienen otro mensaje que ese, el ‘voto del miedo’. Pero este particular pastorcito solo puede gritar que viene el lobo un número finito de veces antes de que la gente descubra, no que el lobo no vaya a venir, sino que está conchabado con el pastor.

Apelar al miedo es el mensaje electoral más indigno para cualquier partido, porque es dar por sentada la cobardía del votante; es pedirle al ciudadano que no elija la opción que prefiere, sino que vote por el ‘mal menor’, que rara vez es tan menor como se pretende. Pero, sobre todo, es delatar lo peor de uno mismo, es proclamar que uno está dispuesto a gobernar con cualquier cosa, incluso en nombre de alguien que no te quiere y que solo te vota para evitar una calamidad más grande. Un partido que está dispuesto a eso, a hablar del “mandato de las urnas” y de la “voluntad popular” cuando él mismo ha suplicado al elector que no vote según quiere, sino según teme. Es alcanzar una singular cota de vileza contar con votos que sabes que no son tuyos, que has pedido sabiendo que no lo son. El voto del miedo es lo que de verdad da miedo, es el canto del cisne de la democracia.

Un político digno no solo debería negarse a apelar al voto del miedo: debería rechazarlo. Debería pedir al electorado que vote exactamente por el partido que desee, porque lo contrario es una burla al principio mismo de la democracia, e incluso rechazar explícitamente los votos que solo respondan a ese sentimiento negativo.

Santiago Abascal no quiere ese voto, lo que le honra. «El que tenga miedo que vote al PP porque nosotros venimos a cambiar las cosas».

Y esa segunda frase es la clave, y esa la falacia que se une a la vileza en el mensaje obsesivo del PP y sus corifeos. Porque hablar de que “la derecha se divide” es pretender que Vox y PP, e incluso Ciudadanos, vienen a ser lo mismo con distintos matices, y ese es el terrible malentendido que se quiere imponer en el discurso. Optar entre PSOE, PP y Ciudadanos sí es dividir el voto, porque entre estos partidos las divisiones sí son verdaderamente de matiz. No tomen mi palabra en esto, miren lo que hacen, las políticas que aprueban, las iniciativas que conservan. Lo que se quiere ocultar con esa pretensión es que las próximas elecciones no enfrentan a PSOE y Podemos, por un lado, contra Vox, PP y Ciudadanos, por el otro, sino a Vox y todos los demás, todos los partidos del consenso, todos los partidos que aceptan y repiten idénticas consignas desde hace décadas.

El temor no es miedo. A veces se usan ambas palabras como sinónimos, pero no tienen nada que ver. El miedo paraliza y es mal consejero y nos hace sentir avergonzados después; el temor es la previsión de un mal y lo que nos empuja a evitarlo. En ese sentido, el temor sí debe entrar en nuestro voto, porque la gangrena se acelera y se acerca la hora en que no se pueda dar marcha atrás.