TRIBUNA

Felicidad

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Saber que existe otra forma de vida y que discurre por caminos absolutamente diferentes de los que habitualmente recorremos por aquí

Hace unos días, Antonio Arco entrevistaba a Pedro Alberto Cruz, profesor, ensayista, poeta y (polémico) exconsejero de Cultura y Turismo en gobiernos del PP. En la charla, Cruz confesaba que suele llorar. Y, varias veces al día: “En pequeñas dosis. Para poderlo hacer en cualquier situación y sin que apenas se note. Para mí llorar es casi un acto de resistencia. Las lágrimas están mal vistas: son propias de nenazas, de débiles. Y yo nunca he aspirado a ser un héroe, ni un ejemplo de contención y racionalismo. Prefiero formar parte de los débiles, de los que viven a flor de piel”. Y, añadía que llora, “porque llevo pegada la muerte a mi piel, al pecho, a la yema de los dedos. Todo lo que amamos constituye un equilibrio tan precario y efímero que no puedo dejar de tener la sensación a cada instante de que me alejo de lo que amo. En realidad, lloro porque no le encuentro sentido a nada. Vives y, de repente, todo se acabó. A la mierda”.

En estos tiempos del polemiza que algo queda, del egoísmo, de la tibieza y del echar mierda sobre alguien y no tener la valentía de rectificar después, una desea tener toda una vida por delante porque te apetece ser feliz o lograr alcanzar un tanto de felicidad y que no se quede en una promesa. Porque no hace falta que nos lo diga Pedro Alberto; amigos, esto es un suspiro y se os olvida que hay que vivir como si tuviéramos una guillotina acechándonos a muerte a diario. Cosa que, por otro lado, es cierta. Estamos condenados a muerte. No os olvidéis (suena a todo volumen Como si fueras a morir mañana, de Leiva). Lo único cierto es que el mundo que nos rodea es maravilloso y la vida lo es también, a pesar de todos nuestros traspiés y de nuestras torpezas.

Entrevistando al psiquiatra Luis Valenciano me explicaba, “básicamente, me encuentro con dos perfiles: pacientes cuyos problemas en la personalidad dan lugar a síntomas muy ‘visibles’: se autolesionan, hacen intentos de suicidio, tienen problemas con la alimentación, algún consumo de drogas, estallidos de ira, cambios bruscos de humor, relaciones muy tormentosas con los demás, dificultades para mantenerse estables en un trabajo o en los estudios, dificultades para mantenerse en una pareja… Por otra parte, pacientes cuyos problemas en la personalidad son poco ‘visibles’, salvo para ellos mismos. Por fuera no se ve nada, pero por dentro se sienten aburridos, sin sentido, sin propósito en la vida, sin dirección, hastiados y eso hace que, con frecuencia, se les diagnostique de depresión y se les trate con medicación, pero no acaban de responder porque, si bien tienen síntomas depresivos, no tienen verdaderas depresiones. Muchas personas padecen estos problemas y, sin embargo, son difíciles de detectar”. Pero de esto no se habla. Esto no toca.

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Salgo a fumar a la calle. Otros han bajado antes y en grupo comparten risas entre los humos del jodío fumeque. Dentro era desolador ver a la compañera comer una ensalada y pechuga de pavo de tupper, sola, frente al ordenador. Saber que existe otra forma de vida y que discurre por caminos absolutamente diferentes de los que habitualmente recorremos por aquí, me hace preferir, en ocasiones, la vida de un jardín o de una playa solitaria. Ayer intentaba leer el periódico en el bar (sí, siempre se me olvida seguir al gran Azcona cuando decía aquello de “soy feliz todos los días hasta que leo la prensa”). Tanto ruido entre el choque de tazas, platos, vasos y cucharillas de café impedía el mínimo intento de intercambiar cuatro palabras con mi acompañante. Tampoco ayudaban las conversaciones entre madres de lengua afilada recordando la memorable cena pasada entre etílicas invitadas a las que los estimulantes (viperinas…) se les quedaban cortos. Supongo que esa felicidad que tanto pregonáis sería lo más parecido a la entrada de los antidisturbios a ese bar cuando llegaron los gritos de los niños de esas madres y los ajenos tomando selfies y grabando stories. Parecía que aquellas paredes fueran menguando por minutos y el limitado espacio a punto de derrumbarse.

La buena educación pasa por el respeto. Tan básico como ‘no tengo la obligación de compartir las ideas de los demás pero sí respetarlas’. Y saluda cuando llegues y despídete cuando te vayas. Obsesionada con el buen gusto, con la elegancia (llamadme pedante) y los pequeños placeres creo que, simplemente, tenemos que tener un grado de exigencia con todo. No vale cualquier cosa. Pongamos el listón de nuestras necesidades un poco más alto. Teniendo todo esto claro, concluyo como los ingleses, sigo “feliz en mis zapatos” agregándole un toque Carmen Maura, “soy muy positiva. Además, soy malísima con la memoria. He llegado a estar hablando con alguien y que me recuerde mi representante que me llevaba mal con él. Aunque bueno, lo mejor en ese sentido es que me olvido de lo negativo. Todo lo que sea negativo, no te viene nada bien”. Para los que aún confiáis, “la felicidad es un arte perdido” (Cyril Connolly). Y yo me he vuelto una implacable gestora de mi tiempo. Considero que es lo más valioso que me queda.