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Gratis y de lujo

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Es opinión aceptada que la guerra de Vietnam se perdió en Norteamérica más que en las selvas de Indochina. Había entonces en Estados Unidos servicio militar obligatorio, con lo que la guerra suponía que podían interrumpir la vida de tus hijos varones para mandarlos a morir en los remotos manglares. Eso propició un movimiento pacifista de lo más sincero que acabó por cambiar la política americana.

Pero cuando se abolió el servicio militar, el pueblo americano se volvió bastante más guerrero y permisivo con las ambiciones geoestratégicas de su política exterior, y las aventuras militares se multiplicaron. Si no tengo que preocuparme de que me envíen a mí o alguno de los míos a las trincheras, es fácil ser un general de sofá.

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Hay pocas cosas tan reveladoras como el pago. Cuando alguien paga por algo, está haciendo un ejercicio de sinceridad. Es la encuesta en la que no se miente, aquella en la que hay que sacrificar algo para probar una preferencia.

Y ese es el problema, que nuestras élites no tienen que pagar el precio de sus decisiones, sino que lo cargan exclusivamente sobre las espaldas del pueblo impotente mientras cosechan exclusivamente sus beneficios. Es lo que el profesor Quintana Paz llama en un reciente artículo “ideas de lujo”, es decir, aquellas que se puede permitir la élite porque no va a pagar sus consecuencias. Son todo ventajas sin ninguno de sus inconvenientes, que pagan otros.

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Ayer en el Congreso Santiago Abascal recordó todo esto en relación con la inmigración ilegal. Sencillamente esa palabra, “ilegal”, debería bastar para que todos los que estaban oyéndole, encargados de aprobar nuestras leyes, tuvieran la misma opinión. Pero no es así porque, una vez más, el consenso y la propaganda hacen que no tengan que pagar por las ideas que defienden.

Hasta ahora.

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