YA NO CUELA

Hagan sus apuestas

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Ceder es ofrecer el cuello al depredador, sangrar en la piscina de tiburones.

La única razón comprensible para montar una moción de censura contra Rajoy era convocar inmediatamente elecciones, sencillamente porque un partido con 84 escaños en el Congreso no puede gobernar España con el apoyo de quienes pretenden que España es un odioso Estado opresor del que quieren escapar. No hace falta ciencia política alguna para entender esto.

Pero en la vida política lo imposible tiene la insidiosa costumbre de alargarse hasta el prodigio, y es lo que hemos visto con Sánchez. Ha dado a sus socios lo que podía y mucho de lo que no podía, pero está en la naturaleza del escorpión picar a la rana en medio del río, aunque el resultado sea que se ahoguen ambos.

En este siglo absurdo está muy extendida la idea de que la rendición aplaca al enemigo, cuando la historia toda, incluida la historia natural, está plagada de ilustraciones de que lo cierto es exactamente el caso contrario: la debilidad es una provocación. Ceder es ofrecer el cuello al depredador, sangrar en la piscina de tiburones.

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La cuerda se ha roto, se acabó el amor de tanto usarlo. Los socios de Sánchez rechazan sus presupuestos. El PSOE lloriquea que están rechazando un presupuesto «que mejora la vida de millones», como si ese dinero fuera la lotería, como si el Gobierno hubiera dado con la Cueva de Alí Babá, como si todos los presupuestos elaborados hasta ahora tuvieran la secreta intención de fastidiarnos la vida a los españoles.

Lo que queda ahora es motivo de apuestas. Enrique García Máiquez, en el Diario de Cádiz y en Twitter, apuesta por la permanencia. Sánchez aguantará, como sea, sin presupuestos. Hay algo terrible en el empecinamiento de los mediocres cuando llegan al poder, sobre todo si llegan por carambola. Precisamente porque saben que la fortuna que les ha llegado a las manos es de todo punto inmerecida y desproporcionada a sus méritos se aferran a ella con un ansia animal. Cada día que aguante en la Moncloa es un triunfo.

Por lo que sabemos del tipo, García Máiquez puede acertar. A Casado se le ve muy subido, abombando el pecho como el Tarzán de Johnny Weissmüller y pronunciando palabras que casan mal con su sonrisa permanente de Primera Comunión. Pero no ha pronunciado las únicas palabras necesarias, ‘moción de censura’, y sus balandronadas parecen las de un matasiete de bar.

Los más aterrados con la posible convocatoria de elecciones no son los nacionalistas, que sabían que la cuerda se acabaría rompiendo y solo esperaban conseguir todo lo que pudieran antes del momento fatal; es Podemos. Este Podemos dirigido desde un chalet de La Navata es un parodia triste de aquella primera parodia de revolución que parecía a punto de bolivarizar España hace unos años. Pero fue hermoso mientras duró, ¿verdad, Pablo?