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TRIBUNA

La Iglesia también tiene que elegir

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La expulsión del sacerdocio del excardenal estadounidense Theodore McCarrick por sus abusos sexuales a menores ha venido a recordar las palabras del Pontífice Pablo VI, que después de finalizado el Concilio Vaticano II, afirmó que el “humo de satanás” se había infiltrado por alguna grieta en la Iglesia. Muchas son las teorías que se han barajado en torno a aquellas palabras, hoy, los escándalos de pedofilia que han salido a la luz sirven para asociarlas a lo que se ha denominado la “mafia lavanda”.

Lo cierto es que la crisis post-conciliar tuvo un efecto nefasto a todos los niveles en la Iglesia, los coqueteos con el marxismo y la teología de la liberación, las reiteradas sospechas de infiltración masónica en la jerarquía del Vaticano, con los escándalos de la logia P2 y el banco Ambrosiano, y ahora la mafia lavanda, son los casos más llamativos, pero pese al carismático Juan Pablo II o al docto Benedicto XVI, la Iglesia en Occidente no ha sido capaz de adaptarse a la posmodernidad y recobrar la conexión que siempre tuvo con el pueblo llano.

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En el caso de España los efectos de esa crisis post-conciliar son aún más graves. De ser uno de los países católicos más pujantes, en pocos lustros ha pasado a que la gran mayoría de los españoles no acepte los postulados de la Iglesia Católica ni vaya a misa (64,7%). Brutal contraste con Polonia, donde cerca del 70% de la población se declara practicante. Datos que deberían hacer reflexionar a la jerarquía eclesial española y el papel que en una y otra nación ha desempeñado la Iglesia como organización depositaria de valores morales.

Recientemente Jesús Laínz denunciaba que Antonio J. España Sánchez, Provincial de España de los jesuitas, había remitido una circular a raíz del comienzo del juicio penal a los golpistas catalanistas en la que instaba a mantener una equidistante postura entre unos y otros, para no pecar de dividir entre buenos y malos a los que quieren destruir la Nación española y a los que defienden su unidad. De todos es conocida la postura de la Iglesia catalana, que ha apoyado en innumerables ocasiones a los separatistas, llegando a prestar los templos sagrados para realizar actos políticos, o colgar lazos amarillos en imágenes de culto. Cáritas ha apoyado a la organización separatista Plataforma per la Llengua y los obispos catalanes se han pronunciado a favor del falso derecho de autodeterminación. En concreto los obispos de Tarragona y Barcelona en un comunicado oficial afirmaban que “conviene que sean escuchadas las legítimas aspiraciones del pueblo catalán, para que sea estimada y valorada su singularidad nacional, especialmente su lengua propia y su cultura». En cuanto a la Iglesia vasca, a su culpable papel en el nacimiento de ETA se une su repugnante equidistancia entre víctimas y terroristas, llegando a la indecente carta pastoral que rechazaba la ilegalización de Herri Batasuna porque podría traer “consecuencias sombrías que prevemos como sólidamente probables y que, sean cuales fueren las relaciones existentes entre Batasuna y ETA, deberían ser evitadas”.

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La importancia universal de la Iglesia católica no puede entenderse sin el concurso de España en la Contrarreforma y la evangelización de América. Por ello pedir que se implique en la defensa de la unidad de la Nación que tantos esfuerzos y sacrificios ha realizado a lo largo de su historia en favor de la religión católica no es pedir un pronunciamiento político, es un acto de justicia, verdad y agradecimiento, que la Conferencia Episcopal Española, cuando era presidida por el cardenal Rouco, ya comprendió: «La unidad de la nación española una parte principal del bien común de nuestra sociedad, que ha de ser tratada con responsabilidad moral. A ella pertenece necesariamente el respeto a las normas básicas de la convivencia, como es la Constitución Española».

La pregunta que se hacen muchos católicos españoles es por qué en estos momentos, cuando la unidad de España está más en peligro, esa misma Conferencia Episcopal no adopta una postura de valiente de testimonio en defensa de la comunidad nacional a la que tanto debe. Al fin y a la postre, no reiterar la exhortación que antaño se hiciera en 2006 sólo puede interpretarse como cobardía, un defecto poco edificante cuando hablamos de quienes más ejemplo de virtud, por encima de condicionamientos políticos o económicos, están obligados a dar. Pero hoy a nuestros obispos parece que les cuesta mucho repetir algo tan elemental y poco controvertido como: “Ninguno de los pueblos o regiones que forman parte del Estado español podrían entenderse tal y como es hoy si no hubieran formado parte de la larga historia de unidad cultural y política de esa antigua nación que es España. Propuestas políticas encaminadas a la desintegración unilateral de esta unidad nos causan una gran inquietud, por el contrario, exhortamos encarecidamente al diálogo entre todos los interlocutores políticos y sociales. Se ha de perseverar el bien de la unidad, al mismo tiempo que el de la rica diversidad de los pueblos de España”.

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