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Infierno de cobardes

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Hay un puñado de temas de los que siempre he odiado escribir, no porque no tenga opinión sobre ellos, sino porque se me antoja obvia; temas que parecen perder intensidad cuando uno trata de ir más allá de la tersa exposición de los hechos. Uno de esos es el terrorismo.

Ayer fue el aniversario de la muerte de Miguel Ángel Blanco, y la memoria vuelve a esos días de angustia en los que todo un país, con dolorosa consciencia, aguardaba la ejecución de un inocente mientras mantenía la absurda esperanza de que un destello mínimo de piedad le salvara la vida. Pero no: a Miguel Ángel, arrodillado y maniatado, le descerrajaron dos tiros en la cabeza y le dejaron, aún con un hilo de vida, tirado en un bosque, como un perro sacrificado.

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Ahora bien, la vida está llena de horrores, esto no es una excepción que vaya a dejar muda a la humanidad, que lo ha visto todo. Y si esto fuera lo único que pudiera decirse del asunto, tendría sentido dejarlo atrás, que se ocupen los historiadores.

Pero si tiene sentido volver a eso es porque del horror ha nacido un nuevo horror, que es olvidarlo, relativizarlo, traicionar a las víctimas. El horror de no sentir ya horror, de tener la sensibilidad social tan amortiguada y deforme que hacemos un mundo de mil absurdas ‘microagresiones’ y vemos normal, incluso loable y prueba de ‘madurez’, que los asesinos reciban homenajes y sus palmeros gobiernen aquí y allá e incluso el gobierno de España les corteje para lograr su apoyo político.

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Nos hemos convertido en una sociedad muy extraña, con la piel como papel de fumar para ofensas las más veces imaginarias, y de elefante para la violencia más brutal y arbitraria.

Quizá sea esta silenciosa cobardía la que acabe con nosotros; tal vez esté relacionada con todo lo que nos pasa, no sé, incluyendo la desoladora tasa de natalidad, porque, ¿quién quiere traer hijos a un mundo donde el horror se vuelve minucia y las minucias, horrores?

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