Investidura: viviendo en la incertidumbre

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Al embocar la carrera de San Jerónimo los alrededores del Congreso de los Diputados se encontraban ya poblados de una marea de medios de comunicación. Periodistas y curiosos acompañados del chirrido de los pájaros sobrevolando, un sonido muy de verano. Y, bajo un sol demoledor ya en una hermosa mañana de julio, ideal más para actividades triviales como un baño en las piscinas de los áticos de los edificios colindantes.  

Los diputados llegaban a cuentagotas. El ambiente era de decepción contenida entre la derecha si se confirmaba la negociación de estos días. Otros como Aitor Esteban o Gabriel Rufián evitaban a los periodistas. Imperaba la ley del silencio. Recordaba a aquello de Unamuno, si has leído algo de Historia, hablando en grupo antes de otra sesión de investidura de su época: “El panorama no me agrada. Sucede con los problemas políticos lo que con los enfermos sometidos a la inyección para evitar la crisis. Yo no soy partidario de los inyectables, y creo que si se quiere alejar la crisis ésta sobreviene en peores condiciones”. Susana Díaz sí utilizó el micrófono dispuesto en la puerta del Congreso y hablaba de paz y amor, “de amor por España”. Otras diputadas con más soltura como Laura Borràs hincaba el diente a un bocadillo de jamón, “el día va a ser largo” y Armengol huía cuando escuchaba “¡en directo para Al rojo vivo!”. ¡Con lo locuaces que son siempre!

Los preámbulos eran un sinfín de “yo creo…”, “yo confío…”, “yo supongo…”, pero certezas, ninguna. Pedro Sánchez llegaba dos minutos antes de las doce del mediodía acompañado de Iván Redondo. Subía al estrado sin pacto y eso no estaba en los planes del Gobierno. En 1931, al bajar del coche al llegar al Congreso el que sería proclamado presidente de la época decía: “Hoy es el día más emocionante y sería el más completo si no tuviera que hablar. De ahora en adelante todo será descenso” ¡vaticinando el discurso soporífero de dos horas del actual presidente en funciones! En la tribuna de invitados, Begoña Gómez coincidía en look con la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, chaqueta blanca y top negro, acompañada de los padres de Pedro Sánchez. Muy cerca, Iván Redondo, difícil de vislumbrar tras una columna. Albert Rivera, en 2016,  tenía a su novia en la última fila de la tribuna de invitados; ayer, ni rastro de Malú.  Suenan los timbres y los diputados ocupan sus escaños.

Pedro Sánchez comienza a desgramar su discurso. Reconozcámoslo, resultó un poco kafkiano. La cuadratura del círculo. Lo natural habría sido comenzar con “el qué” y “el cómo”, pero no…. Discurso gélido, árido, despegado de los intereses de España, plano, nada político.  De repente empezó a nombrar a la OTAN, América, África y hasta los datos que enviaban nuestras zapatillas al ciberespacio, pero de Cataluña, nada. Sobrevoló el independentismo en la frase  “una España diversa y unida  en una Europa diversa y unida”.  Un discurso lleno de verbos con  intenciones: “configuraremos”, “trabajaremos”, “propondremos”, “presentaremos”  pero falto de contenido. Tan poco comprometido con los temas de España que se metió inesperadamente en competencias del ayuntamiento de Madrid “¡nadie va a parar Madrid Central!”. Algunos diputados socialistas incluso salían y entraban del Hemiciclo viendo lo que quedaba aún del taco de folios del líder del PSOE. Sánchez se empeñaba en configurase como un delirante y eterno monologuista. Entonces eché de menos a Patxi López cuando, siendo presidente de la Cámara, Rufián le espetó: “Acabo enseguida” y  la respuesta contundente del socialista fue, “¡enseguida no, en diez segundos!”  Ni una alusión a Gobierno de coalición con Podemos, como si de verdad no quisiera tener su apoyo: “Sinceramente, no lo parece”, le decía Pablo Casado en la réplica. En la bancada de Podemos ni un gesto de aprobación ni de negación, Pablo Iglesias mostraba gestos de aburrimiento o ligera agitación acomodándose en su escaño. Con motivo. A Iglesias ya le escamaban las alusiones directas a la derecha exigiéndoles-implorándoles la abstención: “Señores de la bancada conservadora les pido que retiren las barreras para que España avance”. La tarde: Albert Rivera llegaba a las 16.02h, sobre el sonido de los timbres. Se libraba, también, la batalla por el liderazgo de la oposición.  Pablo Casado, centrado y directo. En realidad, el debate comenzó en ese momento;  lo de la mañana fue un tostón. Aun con refrigeración el ambiente cada vez era más caluroso, se iba caldeando, certificando que los debates existen en las réplicas y en las contrarréplicas. La vena en el cuello de Sánchez comenzaba a  hincharse a lo Patiño mientras exigía a gritos la abstención a Casado: “¡Porque tú lo vales!”, gritaba un diputado del PP. Entendemos que Sánchez prefiere enfrentamiento con derecho a roce con PP antes que contra Podemos. Y atacar (no se aguantan) a Ciudadanos mientras ruega a PP: “Si usted se abstiene, este debate se acaba aquí”. No sé cómo Pablo Iglesias no se levantó en ese momento y salió por la puerta  indignadísimo, dando un portazo, tras el ninguneo al que se supone es socio.

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Momento sudoku Iglesias-Sánchez

Dos  frases determinantes de Pablo Casado: “Usted pretende dirigir una nación que sus socios niegan” y “después de su discurso de dos horas y media y de dos contrarréplicas aún no sabemos con quién va a formar Gobierno”. Entonces vemos la imagen de la tarde: Pablo Iglesias se empieza a reír y a afirmar con la cabeza lo que Casado decía. ¡Quién quiere una comedia de enredo del Siglo de Oro teniendo este tremendo espectáculo en el Congreso! Por su parte, Albert Rivera hiperrevolucionado y acelerado se muestra excesivamente repetitivo en su discurso, incluso con algún “jodido” como dirigiéndose a seguidores millenials. Aquello ya era un “revele su propio rollo”. Un guirigay. Nadie se ceñía a lo que allí nos llevaba, el debate de investidura del candidato a presidente del Gobierno. Pablo Iglesias seguía bostezando porque sabía lo que se avecinaba. El momentazo. Recordemos que el líder podemita llega entre su supervivencia o su muerte política y lo está negociando con maestría. Y recuerden, también, que en la cabeza de Pedro Sánchez aún retumba que en 2016 reconocía “mi error fue no hacer el gobierno de alianza”.

Lo inesperado. Gran momento parlamentario. La tensión llegó a las 19:44 horas cuando Iglesias contesta indignado a la expresión “si no llegáramos a ese acuerdo…” de Sánchez y empieza a desvelar las negociaciones.  Todos nos miramos, el fragor de las conversaciones bajó y se hizo el silencio sepulcral en el Hemiciclo. Se mascaba la tragedia. El tira y afloja entre Sánchez e Iglesias se convertía en la verdadera reunión de negociación. ¡Por fin la luz y los taquígrafos!: “El mundo no empieza y acaba con usted”, suelta Sánchez. “No nos dejaremos humillar ni pisotear por nadie”, respondía Iglesias…

Si hay acuerdo el jueves será con gol de cabeza y en el último minuto. Es más, como leí en una ocasión a Ruiz Quintano, “para los futboleros que dicen que no entienden de política: salir investido en la segunda votación es una investidura en tanda de penaltis”.