YA NO CUELA

La commedia è finita

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Parece que la desoladora saga de ambición y traiciones no le enseñó que los juegos de poder no son nunca una revolución de las sonrisas ni Podemos era esa ‘máquina de fabricar amor’.

En su primer encuentro con el Rey como líder de Podemos, Pablo Iglesias le regaló un ejemplar de Juego de Tronos, esa popular obra de fantasía en la que los personajes van muriendo de formas horribles, todos, a medida que el lector les coge cariño. Para regalar a un monarca al que su churri y portavoza, Irene Montero, había deseado -por extensión- la guillotina en Twitter es un detalle muy significativo.

La afición al libro de J. R. Martin debería haber activado todas las alarmas, la antifascista incluida, y hecho entender a quien correspondiera que lo de Iglesias tiene mucho de cumplimiento de sueño infantil, un sueño que para una abrumadora mayoría sería una pesadilla bolivariana. Ni siquiera hacía falta llegar a leer ese whatsapp en el que se confesaba ante Monedero como marxista psicópata, expresión tan a menudo redundante, deseoso de azotar hasta la sangre a una popular periodista televisiva.

Pero parece que la desoladora saga de ambición y traiciones no le enseñó que los juegos de poder no son nunca una revolución de las sonrisas ni Podemos era esa ‘máquina de fabricar amor’ con la que, ‘more orwelliano‘, la definía Monedero, el del rap de la devastación.

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Errejón, el niño, le ha dejado por Carmena, y Pablo reaccionó de primeras con una carta abierta pasivo-agresiva en la que, en medio del sentimentalismo elegíaco, se veía brillar la nostalgia del piolet. Fue un ‘ya no te ajunto’ de manual, pero llegan los comicios madrileños y, viéndose perdido, tiende la mano a su pequeño Trotsky.

Van disfrazados, eso lo tengo dicho, y cuando alguno hace alguna declaración casi podemos leer en el libreto un «Entra Íñigo y se sitúa en medio del escenario. Pausa dramática».

Hay en Podemos un toque que, de no poner en horrible riesgo el futuro de todos, resultaría enternecedor y que, aun con él, entretiene bastante. Me refiero a que tiene mucho de función infantil o, por exagerar, de teatro aficionado adolescente. Se les ve recitando un papel, como en esos pésimos actores que hacen increíble el guión mejor hilado al pronunciarlo con el soniquete de un niño recitando la tabla del seis.

Van disfrazados, eso lo tengo dicho, y cuando alguno hace alguna declaración casi podemos leer en el libreto un «Entra Íñigo y se sitúa en medio del escenario. Pausa dramática». Quizá les han faltado ensayos, no sé, o el guión se ha quedado muy viejo, como ver unos cómicos vestidos de Zara llamándose de ‘vuecencia’.

Al sentirse morir, el emperador Augusto reunió a sus íntimos y terminó diciéndoles: «Si he actuado bien, aplaudid». Pablo se resiste, pero debería pedir lo mismo, aunque en lo suyo pegan más los abucheos que los aplausos.