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TRIBUNA

La izquierda y el nuevo orden ideológico europeo

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La izquierda en España no es anómala ni una nota discordante en el contexto europeo porque sigue la tendencia de desorientación y confusión en la que está sumida casi toda la izquierda

Al igual que en buena parte de la izquierda europea, la izquierda en España atraviesa una aguda crisis de planteamientos políticos y de fuerza social. Esta crisis general de la izquierda se ha hecho muy evidente en los últimos decenios, con la impotencia en la aplicación práctica de sus programas y proyectos, así como por la decepción y desconfianza de su propio electorado. En este sentido, la izquierda española no es diferente de sus compañeras ideológicas europeas. Los partidos socialistas y socialdemócratas europeos están sufriendo una severísima crisis, no sólo por la pérdida del poder, sino por el desafecto y desmovilización de sus bases tradicionales. Esto es muy patente en Francia, donde el Partido Socialista Francés (PSF) ha sido barrido electoralmente y se encuentra casi a punto de su extinción política. En Italia, lo mismo puede decirse de los partidos clásicos de la izquierda, comenzando por el Partido Demócrata (PD). En Alemania, el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) no termina de reubicarse en el nuevo panorama político y ha perdido muchísima influencia. El laborismo británico también está sufriendo una crisis de identidad, lleva casi una década fuera del poder, está dividido y no parece recuperarse.

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En ninguno de estos grandes países europeos gobierna ahora la izquierda. En España, el PSOE sí ha conseguido llegar al gobierno, a la mitad de una legislatura abrupta, mediante una moción de censura, pero su fuerza parlamentaria ya no es la de otros tiempos. Aunque pueda mejorar ligeramente sus resultados en las próximas elecciones generales, e incluso mantenerse en el poder gracias al apoyo, entre otros, de partidos derechistas, xenófobos e independentistas, como el PNV en el País Vasco y JXCat en Cataluña (cuyos apoyos de investidura no fueron ni serán gratis), parece improbable que alcance el lugar preeminente y referencial de otras épocas. En este sentido, la izquierda en España no es anómala ni una nota discordante en el contexto europeo porque sigue la tendencia de desorientación y confusión en la que está sumida casi toda la izquierda europea, situación que se refleja en la pérdida de poder de sus partidos tradicionales. La izquierda clásica está sufriendo una atomización y desgaste por la irrupción de grupos y movimientos heterogéneos y alternativos, a la izquierda también, pero más transversales y plasmáticos, con los que no obstante comparten gran parte de su corpus doctrinal dirigista e intervencionista.

El auge de los modelos de seguridad y previsión social contribuyó a la desactivación del izquierdismo más contestatario a lo largo de los años 50, 60 y 70, y fue finalmente demolido con el fin de la URSS

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La deriva crítica de la izquierda europea occidental trae causa de la disolución del marxismo materialista y revolucionario, tras la estabilización social producida en las décadas posteriores a la segunda guerra mundial. La construcción del Estado social europeo y la terciarización de la economía occidental fue neutralizando y vaciando progresivamente los ejes programáticos de esa izquierda dura y doctrinaria. El “proletariado” se fue aburguesando y el paulatino crecimiento del poder adquisitivo de los trabajadores y su incorporación a la sociedad de ocio y consumo fue aletargando los movimientos obreros, suavizando sus organizaciones sindicales. Con el tiempo, se fue abriendo una brecha entre los partidos y sus bases sociológicas, y en definitiva, entre su lenguaje y la realidad. Hay que tener en cuenta que a aquella situación se llegó en cierto modo como consecuencia de las cesiones que tuvieron que hacer las viejas oligarquías de Europa occidental, para evitar la implantación y pujanza del socialismo real durante la reconstrucción postbélica del continente. La edificación del Estado social europeo obedece, en este sentido, al temor de que la insatisfacción social y el riesgo de una pauperización general de la población constituyeran un caldo de cultivo para la propagación de una izquierda endógena fuertemente organizada que planteara transformaciones del statu quo e hiciera girar la política de Europa occidental hacia la órbita soviética. El miedo de las élites europeas proliberales y americanistas a perder el control social tras la segunda guerra mundial motivó la financiación y estructuración de un sistema amplio y denso de protección y seguridad social. Pero la dirección de estas políticas sociales no estuvo ni mucho menos controlada por la izquierda, sino más bien por grupos y dirigentes conservadores. De hecho, el auge de los modelos de seguridad y previsión social contribuyó a la desactivación del izquierdismo más contestatario a lo largo de los años 50, 60 y 70, y fue finalmente demolido con el fin de la URSS.

Desde entonces, la izquierda occidental más doctrinaria y ortodoxa ha quedado huérfana de referencias empíricas. El socialismo tuvo que transmutarse y reinventarse en uno metafísico o postmarxista para poder seguir siendo operativo en el nuevo escenario. En este sentido, la bipolarización clásica del juego político en las tres últimas décadas, aproximadamente, se ha ido forjando en torno a un consenso más o menos implícito: la derecha liberal-conservadora se quedaría con la gestión tecnocrática y económica del sistema, mientras que la izquierda acapararía la agenda cultural, mediática y educativa. Dicho de otro modo, la izquierda renunciaba a su activismo sustancial y también a la dirección técnica del propio binomio Estado-Mercado, reconociendo tácitamente la supremacía e inevitabilidad de la economía de corte liberal-capitalista. Además, tendría que abandonar la realización de sus anhelos de democracia directa y asamblearia, aceptando el parlamentarismo demoliberal. La derecha, por su parte, dentro de este pacto implícito, se limitaría a usufructuar la dirección y gestión de la gran empresa y de las altas burocracias administrativas del sistema, a cambio de entregar la agenda cultural, mediática y educativa a la izquierda.

Ha sido un difícil equilibrio no exento de tensiones, pero ha permitido a cada facción política, a través de su parasitación estatal respectiva, extraer réditos en ambas dimensiones del sistema. La izquierda, desde la educación, los medios y la cultura, se creyó con el poder de conformar la conciencia social y su imaginario colectivo, pero su discurso estaba abocado a la contradicción radical por la imposibilidad de transformar las bases estructurales y productivas del sistema. Su utopía quedaba trabucada y en última instancia traicionada por su radical incoherencia interna. Ciertamente la intelectualidad orgánica de la izquierda, desde sus púlpitos, podía generar discursos, estimular la psique colectiva e imponer neolenguas con vocación performativa. Sin embargo, quedándose la socialdemocracia constreñida cómodamente en el marco de la economía de mercado, su poder fáctico devino ilusorio por la imposibilidad de una materialización real de su teoría, es decir, de una praxis consecuente. La derecha liberal-conservadora, por el otro lado, y aunque se disfrace esporádicamente de centrista, ha tenido que asumir teóricamente una parte de la carga y programación ideológica de la izquierda, para obtener las credenciales de la modernidad democrática que expide la propia izquierda dentro del juego político pactado. Ahora bien, las élites de la derecha siguen reservándose el control irrenunciable de la agenda económica turbocapitalista del sistema, cuya arquitectura es globalista y su antropología netamente individualista y, en consecuencia, erosiva de una moral comunitaria. Asimismo, a la derecha le vino extraordinariamente bien que la izquierda renunciase a la lucha de clases material y optara por hacérsela a las clases populares, contra sí mismas, a través de su fragmentación en pluralismos con reivindicaciones competitivas y contradictorias entre sí.

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Estamos asistiendo a la caída, también icónica, del mundo de Wall Street, a la caída del muro que soporta una arquitectura económica global, injusta e insostenible

La proliferación de pretensiones identitarias y la exacerbación de todo tipo de diferencias promovida por la izquierda dentro de su espacio de actuación han resultado ser una trampa que se ha hecho a sí misma y contra su pretendida base social, que en última instancia, ha producido la descomposición y dilución de una supuesta conciencia común de clase y de un discurso crítico efectivo en defensa de la igualdad material. Esto la ha incapacitado para instrumentar proyectos políticos unitarios y coherentes.

Las derechas y las izquierdas europeas tradicionales en cierto modo han cohabitado tranquilas en este escenario porque cada una estaba comprometida en explotar su negociado, respetando a su vez la esfera de actuación de su supuesto antagonista. Cada parte conocía los límites propios y los de su contraparte. Esto ha sido así hasta la irrupción de las nuevas izquierdas y derechas, populistas, informales y transgresoras con el referido consenso. Al igual que pasó con la caída del muro de Berlín, como imagen icónica de la falsedad del socialismo real, ahora, después de tres décadas de aquel acontecimiento, estamos asistiendo a la caída, también icónica, del mundo de Wall Street, a la caída del muro que soporta una arquitectura económica global, injusta e insostenible. Este panorama abre una ventana de oportunidades para la reconfiguración del espectro y de los ejes políticos. La crisis social actual, con sus brechas y desafíos, está perfilando un nuevo mapa político, con otras coordenadas y vectores.

La nueva izquierda y la nueva derecha están rompiendo los esquemas, retando frontalmente a las hegemonías del antiguo y arcaico consenso. Algunos sectores de la nueva izquierda parecen estar rescatando una parte de su esencia reivindicativa, enfocándose en aspectos nucleares con intención antisistémica, y recuperando banderas y valores que hacía mucho tiempo habían despreciado o subestimado. La France Insoumise de Mélenchon es un sugestivo ejemplo de una nueva izquierda, patriótica, que vuelve a resituarse en el tablero político francés yendo a las cuestiones y problemáticas medulares. Ello contrasta con el movimiento paneuropeo auspiciado por Varoufakis, DIEM25, con el que quiere desmarcarse de la izquierda sumisa encarnada en Syriza y en su líder Tsipras, y distanciarse de su pasado en el PASOK, al que contribuyó a aplastar. A pesar de su pretendido aire renovador, Varoufakis sigue anclado en la retórica utópica y en los dogmatismos transnacionales y globalistas, que a la postre hacen la perfecta comparsa de las políticas mainstream que generan defensivamente las propias estructuras oligárquicas del sistema, que son también transnacionales y globalistas, como las que representa Macron (o Ciudadanos en nuestro contexto español).

Por otra parte, la pujante nueva derecha se adentra en terrenos que anteriormente para la derecha clásica o conservadora parecían fuera de su alcance, y lo hace de forma desacomplejada, sin tibieza, aprovechando de forma muy efectiva los nuevos canales mediáticos y las redes sociales. Está marcando la agenda, los ritmos y el lenguaje a sus rivales, creando sus propias estructuras culturales y conectándolas con las preocupaciones y problemas concretos de las capas sociales abandonadas a su suerte por las clases políticas convencionales. La Lega de Salvini, en Italia, es en cierta forma un paradigma de esta tendencia, llegando al poder en coalición con el Movimiento 5 Estrellas, plataforma que no se define ni de derechas ni de izquierdas.

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Nos esperan tiempos convulsos, efervescentes, hasta que se fragüe un nuevo orden ideológico europeo que permita consensos institucionales alternativos que alumbren posibles reformas o proyectos transformadores más ambiciosos.