YA NO CUELA

La persistencia del nombre

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Al PP se le está poniendo una cara de UCD que no puede con ella

El bipartidismo es una constante política que siempre acaba imponiéndose porque la realidad es binaria: bueno/malo, bello/feo, verdadero/falso. Si los partidos tuvieran que reflejar fielmente lo que creen los votantes españoles, tendría que haber tantos como habitantes con derecho a voto, pero al final esto es un guerra sin sangre, y en las guerras solo hay dos bandos.

La situación que surgió de las últimas generales es, pues, anómala, y se irá deshaciendo. Pero el hecho de que el bipartidismo sea la tendencia no significa que vaya a estar necesariamente representado por los mismos partidos que, por lo demás, parecían ya -y no solo en España- un régimen de partido único con dos facciones.

El bipartidismo democrático más viejo de Occidente, el británico, se mantiene y, sin embargo, se quebró en su día. Durante siglos fueron conservadores contra liberales, en un pulso tan largo que se diría inmutable, y sin embargo los socialistas del laborismo lograron desbancar a los liberales hace ya un centenar de años.

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En España, los partidos del consenso, PSOE y PP, parecían agotados al comienzo de esta legislatura, pero ahora los socialistas reverdecen con el poder y con la debacle y rápida disolución de Podemos, del que ha vampirizado su retórica radical, mientras que al PP se le está poniendo una cara de UCD que no puede con ella. Aunque leo en estas mismas páginas que las apuestas dan favorito a Casado para presidir el Gobierno -y quien se juega su dinero no miente como podría hacerlo en una encuesta-, eso sería simplemente la prueba de que la racionalidad juega un papel muy pequeño en la política electoral, y que el peso del hábito y la lealtad tribal es gigantesco.

No hay un motivo racional para votar al PP, por decirlo deprisa. El liberal globalista que -como me recordaron recientemente- vota con el bolsillo, que aprecia las indulgencias progresistas pero teme cómo afecte a su economía las alegrías socialistas ya tiene a Ciudadanos, sin todos los lastres ‘peperos’. Y quien realmente quiera derecha, tiene Vox. Es divertido escuchar a tanto ‘pepero’ recalcitrante quejándose de lo que se queja Vox y defendiendo lo que defiende Vox, y votando luego al PP. La persistencia del nombre, qué cosa tan fuerte y sorprendente.

Pero es cuestión de tiempo, de poco tiempo. Casado lo sabe y por eso quiere que sus tropas entren a saco en el electorado como las rusas en Grozny: casa por casa. Porque en el momento en que su electorado natural, harto de ver su confianza traicionada una y otra vez, perciba que Vox ha dejado de ser un partido marginal, entonces votarles dejará de ser «tirar el voto a la basura» y se volverá la decisión inevitable. Y tarde o temprano -más temprano que tarde-, los últimos fieles advertirán que ‘dividir el voto’ es votar al PP.

En el otro bando, Sánchez se consolida en su partido, después de aplastar la oposición ‘susanista’. Sánchez es un aventurero megalómano que no duda en destruir su partido o, lo que es más importante, un país con siglos de historia gloriosa y trágica por unas horas más en la Moncloa. Y el electorado de izquierdas queda como su rehén, porque votar Podemos es ya algo difícil de hacer sin sentirse un poco ingenuo y viene el Fascismo por el sur.