YA NO CUELA

La procesión

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Ir a contrapelo de la naturaleza nos ofrece una esperanza y un temor.

El laicismo es una excelente idea. Es, naturalmente, una idea surgida del cristianismo, de ese «dad al César lo que es del César y a Dios, lo que es de Dios», de la única religión que tuvo la interesante idea de separar el gobierno de la polis del de lo sagrado, algo hasta entonces impensado e impensable. Lástima que sea siempre muy peliagudo y, fuera de nuestra fe, imposible.

También habrá oído a menudo que no se puede hacer política sobre cuestiones morales. En realidad no se puede hacer política sobre ninguna otra cosa. El poder proyecta siempre una moral, una religión, una visión del mundo y del hombre que se hace obligatoria aunque no se proclame con un nombre especial ni aspire a la transcendencia, y el aquelarre de hoy es una de sus sagradas liturgias populares, una festividad de precepto, una procesión.

Decía Chesterton que todo hombre es por fuerza dogmático, y que la única división posible es entre dogmáticos conscientes y dogmáticos inconscientes, siendo estos últimos los más dogmáticos.

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El feminismo es un dogma, en el doble sentido de emanar de autoridades doctrinales y de postular una verdad indemostrable. Pero mientras los dogmas cristianos se refieren a realidades que no pueden comprobarse, a creer lo que no vemos, los de la moderna religión nos piden que creamos por fe lo contrario de lo que vemos.

Pretender que hombres y mujeres somos iguales en todo, idénticos en preferencias y aptitudes, es algo que vemos contradicho continuamente en la experiencia diaria, que ofrece en cambio una realidad enormemente rica y afortunada. Si el poder careciera de dogma en este sentido, bastaría hacer a ambos sexos iguales ante la ley y olvidarse del asunto, y que el común elija libremente lo que quiera hacer y cómo.

Eso está hecho, pero los resultados están lejos de lo que postula el dogma. Si hombres y mujeres son idénticos, en todas las actividades, funciones, cargos y circunstancias aparecerían representados más o menos al cincuenta por ciento, y no es así. Ante este hecho, un Cándido voltairiano sin ideas preconcebidas, viendo que la ley no pone traba alguna, deduciría que quizá ambos sexos, como conviene a la naturaleza, no sean idénticos sino complementarios, con inclinaciones, en general, distintas.

Pero como pesa un anatema sobre esa conclusión lógica, como el dogma público dice lo contrario, hay que encontrar otra explicación, aunque sea a costa de crear un ser mitológico que añadir al panteón, el Patriarcado. El feminismo es la congregación específica que se ocupa de conjurar ese invisible dios maligno, como las vestales se ocupaban de mantener el fuego sagrado.

Si alguien tiene interés en escuchar un sermón de Cuaresma de esta congregación, en su apartado ‘aliados’, haría bien en escuchar a Iñaki Gabilondo en la homilía diaria que recoge El País, ‘Yo también soy feminazi’. Gabilondo es un verdadero tesoro para los historiadores futuros; solo con él, sin acudir a ninguna otra fuente, podrán los cronistas del próximo siglo que estudien nuestro tiempo reconstruir al detalle el extraño culto de la sociedad occidental en su decadencia. Nunca, desde que le leo o escucho, ha dicho una sola palabra medianamente original o aventurado un pensamiento propio que se separe un milímetro del pensamiento oficial. Que este papagayo de voz engolada haya sido una de las estrellas mediáticas de la Transición lo dice todo sobre lo que se espera de un periodista áulico: docilidad e imagen.

Ir a contrapelo de la naturaleza nos ofrece una esperanza y un temor. La esperanza es que, siendo inviable, sabemos que no va a durar eternamente, que va a agotarse y a aniquilarse a sí mismo: la progresía es como el ouroboros mítico, la serpiente que se devora a sí misma; el temor es que probablemente se lleve por delante nuestra civilización.