YA NO CUELA

Las lágrimas de Pablo

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De todo tiene que haber en la viña del Señor, pero es que en Podemos, ni buscados con un candil.

Que Podemos era una trouppe de cómicos ambulantes sin especial talento lo vengo diciendo desde hace ya tiempo, pero cada día se hace más evidente. Un ambicioso profesor de Políticas vio en el manipulado descontento del 15M la ocasión de su vida, y reunió este deplorable casting de amiguetes bolivarianos y los compañeros de viaje más frikis que pudo encontrar en la geografía española.

El guion fue siempre disparatado, pero lleva siglos funcionando, así que se pusieron a representar su versión cutre y, afortunadamente, no musical, de Los Miserables, con todos esos visajes desmedidos que separan al histrión de feria del actor. Todos sus gestos, sus palabras, correspondían siempre a ese libreto fantasioso, de revolucionarios famélicos y heroicos luchando por el pan y la justicia en el seno de una tiranía.

Y a todos nos gusta una buena peli, y a muchos, especialmente quienes aún no han vivido mucho, protagonizar una romántica gesta, pero el sentido del ridículo se ha ido imponiendo como el despertar tras una noche de juerga etílica y ya solo quedan entre sus votantes los pescadores a río revuelto, y entre sus militantes y asesores una colección verdaderamente curiosa de personajes estrafalarios, como María Sevilla, la asesora para la protección de la infancia que protegía tan bien la de sus hijos que los mantenía alejados del mundanal ruido, sin escolarizar.

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Uno encuentra en las filas y cargos podemitas de todo, como en botica, con cierto predominio del tipo patibulario. De todo tiene que haber en la viña del Señor, pero es que en Podemos, ni buscados con un candil.

Y no es que el relato que representan sea suyo. Es el mismo que el del PSOE y, en general, que el de toda nuestra patulea cultureta, el que desgranan los premiados con los Goya o los ‘procesistas’ más entregados. Es solo que los líderes de Podemos están especialmente poco dotados para el noble arte de la interpretación teatral.

Ayer Pablo asistió a la exhumación de una fosa de la Guerra Civil, una de esas a las que obliga la Memoria Histórica y que, la mayoría de las veces, revela lo que no debería. Y Pablo lloró. No, en serio.

Parece ser que en esa fosa, en Paterna, podría -podría- estar enterrado un tío abuelo suyo. Naturalmente, el buen hombre llevaba muerto décadas antes de que su sobrino nieto naciera, lo que hace difícil creer que sus restos, si lo fueran, basten para arrancar lágrimas en un hombre adulto. Alguien capaz de llorar por el destino de un tío abuelo muerto años antes del propio nacimiento sería un continuo manantial de lágrimas en una vida normal.

Pero, ay, no es Laurence Olivier, y por lo que he podido ver más parece un cantaor arrancándose por soleares que un hombre vencido por la pena. Desde bambalinas, un alma caritativa debería soplarle a Pablo Manuel la triste realidad: “la commedia è finita”.