PUBLICIDAD

Las palabras

|

Si hay un oficio que debería ser fácil de evaluar a toro pasado es el de profeta. Llegado el momento, se comprueba si las predicciones se acercaron más o menos a lo que acabó pasando y se puntúa. Por eso lleva tiempo intrigándome la veneración que tiene nuestro tiempo por George Orwell.

Orwell fue, naturalmente, un buen escritor, pero no se le venera hoy tanto por su destreza literaria como en su calidad de profeta, especialmente en su novela 1984, en la que, aparentemente, no dio una. Imagina para el año del título un planeta dominado hasta el último centímetro por el ‘socialismo real’, cuando al baluarte del comunismo le quedaba solo un lustro para venirse abajo; dividido en solo tres países, cuando en 2019 vamos por 194. En vez de una pantalla en cada casa desde la que el Estado nos vigila y adoctrina, tenemos una desde la que nos adoctrinan miles y nos vigilan las grandes empresas, y desde la que podemos responder. Comete, en fin, el error más común en los profetas: alargar indefinidamente lo que era tendencia en su propio tiempo.

PUBLICIDAD

Pero, ya ven, ni por esas. Sigue siendo el socialista más citado por los liberales y admirado por todos como presciente observador de la realidad. A veces, hay que reconocerlo, nos gustan más los profetas que nos dan la razón que los que aciertan, y si no Paul Ehrlich sería el hazmerreír del mundo académico en lugar de posar como un gurú tras sus catastróficas profecías.

Pero hay algo, probablemente más importante que las otras cosas, en las que Orwell no solo acertó de pleno, sino a lo que él mismo daba una importancia obsesiva: el lenguaje. Como Confucio miles de años antes que él, Orwell intuyó que una de las herramientas esenciales para construir un Estado totalitario es destruir el lenguaje, llevar la revolución al diccionario, hacer que, como Humpty Dumpty en Alicia en el País de las Maravillas, las palabras signifiquen lo que el poder quiera en cada momento que signifiquen, y sea imposible vertebrar argumentos de oposición porque, careciendo de términos claros, el pensamiento unívoco se hace imposible o suena ridículo.

Suscríbete a nuestro nuevo canal

En estos momentos, en nuestro país y en todo Occidente, son las palabras las que, en lugar de aclarar el mundo, lo oscurecen; las que están complicando y condicionando procesos que, con el lenguaje de un campesino de hace cien años, resultarían muy distintos. A Sánchez, por ejemplo, y a todo el andamiaje mediático al servicio de lo suyo, le basta dejar caer una palabra, ‘ultraderecha’, para que ningún otro grupo político quiera acercarse a Vox ni con un palo.

Podríamos seguir con todas esas palabras tapabocas, frecuentemente acabadas en -fobo/-fobia, creadas ayer por la tarde y tan eficaces para detener el pensamiento y activar un sentimiento instintivo de rechazo, que interrumpen debates sin necesidad de responder a los argumentos.

Lo propio de esta sección es que haga referencia a noticias concretas, pero en este caso no lo haré, sencillamente porque lo que digo es visible en cualquier discurso y domina hasta tal punto el ‘diálogo nacional’, por abusar de nuevo del lenguaje, que casi cualquier cosa vale y el lector sabrá suplir mi silencio sin el menor problema.

PUBLICIDAD