YA NO CUELA

Maduro es de Vox

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Para ser víctimas reales todo el mundo sabe que se necesita un certificado expedido por una fuente impecablemente progresista.

Ha dicho Sánchez, y recoge el PSOE en su cuenta oficial de Twitter, que «la izquierda nada tiene ver con Maduro, la izquierda es todo lo opuesto a Maduro en Venezuela». Un niño de 6 años sería capaz de completar el silogismo: lo opuesto a la izquierda es la ultraderecha; Podemos ha mostrado un entusiasmo obsesivo y de lo más práctico hacia la ‘revolución’ de Maduro, luego Podemos es ultraderecha. ¿Qué hace Sánchez gobernando con la ultraderecha?

La izquierda es una secta gnóstica, el grupo de los Elegidos, de los puros. Nada puede mancharles, y si alguien o algo se revela indisputablemente como ‘malo’, se decreta que no es izquierda, por mucho que se haya presentado así e incluso se haya saludado en sus orígenes como tal. No hace tanto que esa rémora que Iglesias se echó al cuello, Alberto Garzón, afirmó con tranquilo candor en una entrevista televisada que «un delincuente no puede ser de izquierdas».

¿Ven lo que hacen? Naturalmente, no se trata solo de que cualquiera puede comprobar que abundan los delincuentes de izquierdas; eso es lo de menos. Lo significativo es que el debate político deja de ser un intercambio de ideas, de proyectos de gobierno, de concepciones de la vida pública, sino una batalla entre la Luz y las Sombras. Porque si el espectro se trata de eso, de formas de gobernar debatibles y que pueden defenderse por sus propios méritos, entonces cualquier postura puede ser apoyada por buenos y malos y la democracia tiene algún sentido. Si, en cambio, una de las posturas representa, sin más, lo bueno, lo verdadero y lo bello, el que se oponga no está meramente equivocado, sino que es malvado.

Para su gran revolución, triunfante desde hace décadas, la izquierda se apoya en la amnesia del común, en la creciente incapacidad de la gente de retener su atención sobre cualquier asunto de la vida pública más allá de unos minutos, y de la desactivación del lenguaje de modo que sirva más para transmitir buenas o malas vibraciones que para transmitir conceptos objetivos.

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Un ejemplo. El Senado de Nueva York acaba de aprobar una ley del aborto que permite deshacerse del niño -matarlo, para entendernos- un minuto antes de que nazca. Siendo abrumadoramente espantosa la medida, no lo son menos los aplausos, gritos de entusiasmo y risas de éxtasis con la que ha sido recibida. Ahora, si a las 3:15 puedes deshacerte de un ser, el que sea, con todas las de la ley como si te estuvieras extirpando una verruga, y a las 3:16 es un sujeto de una gama de derechos inalienables en constante expansión, es que se está dando al parto cualidades verdaderamente mágicas.

Uno esperaría que un gobierno que aprobara un infanticidio apenas disimulado como ese lo hiciera, al menos, con una discreción nacida de la mala conciencia, pero el gobernador de Nueva York, Mario Cuomo (‘católico’, para colmo) lo ha hecho con una alegría desbordante, en medio de un ambiente de fiesta. Es lo que se llama ‘inversión de los valores’, y apenas han hecho falta unas pocas generaciones para lograrlo.

Es como lo que leemos en El País, de la pluma de una tal Pilar Álvarez en una columna titulada ‘El machismo asoma sin complejos’. Debe de ser terrible estar alertando constantemente del diluvio en medio de la sequía, pero aún más enloquecedor tener que escribir una y otra vez el mismo artículo, aunque lo que se dijera guardara alguna difusa relación con la realidad, y no es el caso. Cita Álvarez a uno de la miriada de olvidables popes de la modernidad afirmando que ahora los «hombres blancos enfados se sienten víctimas».

«Hombres blancos enfadados» es un neologismo que inventó la izquierda americana para demonizar a su enemigo. De hecho, puede ser negro, como el juez Thomas, o incluso mujer, como Sarah Palin. Y, naturalmente, no estar especialmente enfadados; de hecho, el enfado como arma política está del lado que todos conocemos, pero ya hemos insinuado que decir lo contrario de lo que sucede es ya una norma pilar de la izquierda. Pero es aún más significativo ese «se sienten» (expresión que en el artículo, no muy largo, aparece seis veces). Se sienten víctimas porque, naturalmente, no lo son. Para ser víctimas reales todo el mundo sabe que se necesita un certificado expedido por una fuente impecablemente progresista.